Capítulo 6 Carrie
Carrie
N ell tenía fiesta en la escuela el lunes, y Carrie había organizado sus turnos en el centro de ocio para no tener que trabajar hasta las cuatro de la tarde.
Eso les había brindado la oportunidad de quedarse una noche más con Harriet y Bill y de evitar los atascos de la noche del domingo.
Carrie no se avergonzaba de admitir que también había cumplido su propósito de mantener a Nell alejada de sus amigos indeseables durante veinticuatro horas adicionales.
Su hija se había pasado el fin de semana estudiando, o, por lo menos, encerrada varias horas en el estudio de Bill, así que Carrie esperaba que hubiera aprovechado el tiempo para repasar el temario.
Y estaba más que dispuesta a crear ocasiones para que continuase.
La noche de más también había senado para disfrutar de más tiempo con su propia madre. Después de salir a correr un buen rato por la mañana, se sentó a la mesa con Harriet mientras esta revisaba el correo, que consistía esencialmente en coloridos catálogos de semillas.
—Hay tanto que hacer en el jardín… —suspiró Harriet. Echó un vistazo a las páginas llenas de suntuosos arreglos de plantas perennes y caducas antes de centrarse en el siguiente sobre, que abrió, ojeó y dejó a un lado.
—¿Qué es esto? —preguntó Carrie.
Harriet le dedicó una mirada cargada de culpa.
—Nada, solo…
La llegada del padre de Carrie, que volvía de pasear al perro, interrumpió las palabras de Harriet y la conversación se fue por otros derroteros.
Carrie se levantó de la mesa para recoger sus cosas y las de Nell, que aparentemente estaban esparcidas por toda la casa.
Antes, preguntó si podía llevarse el cuaderno de dibujo de Sol.
—Claro —asintió su madre rápidamente—. También te daría el anillo, pero no sería justo para tu hermana y quiero tasarlo primero.
—Que se lo quede Jenny —respondió Carrie fingiendo magnanimidad e indiferencia.
Lo cierto era que le habría encantado quedarse el anillo, pero no quería que Jenny pensase que estaba reclamando como herencia un objeto de Sol del cual no tenía constancia y que gracias a aquello recibía más de lo que le tocaba.
—Ya lo hablaremos cuando sepamos qué valor tiene —contestó su madre sin perder la compostura.
No soportaba la enemistad que se tenían las hermanas, pero siempre se cuidaba de no juzgar ni involucrarse.
Carrie abrió la caja, que seguía en la estantería de la cocina, para echar otro vistazo a los brillantes diamantes y a la misteriosa inscripción que debía tener un significado especial.
No se trataba de una simple joya vieja, era una pieza clásica, elegante y que seguramente habían escogido con cariño.
El tipo de anillo que a Carrie le gustaría recibir.
Nunca había sido la clase de niña que sueña con el día de su boda, con un enorme vestido blanco, un novio de buena planta y numerosas damas de honor.
Nunca había dedicado mucho tiempo a la idea del matrimonio, pero había algo en aquel anillo que le hacía reconocer que sentía cierta pena por haber perdido la ocasión de casarse, pues ¿quién se lo iba a pedir a estas alturas, a su edad?
De todos modos, todavía no había conocido a nadie con quien quisiera pasar por el altar.
«Querías casarte con Jack», dijo una molesta voz en su cabeza con tono irritado. «Creías que te lo pediría. Te morías de ganas de que te diera un anillo como este».
Molesta, mandó callar a la voz. Miró el reloj y vio que tenían que irse en media hora.
Encendió el portátil para añadir más chicha a su nueva idea para un libro.
Cuantas más vueltas le daba, mejor le parecía: un misterio del pasado, una historia familiar real… Tenía que funcionar, debía tener éxito.
Carrie cerró los ojos un instante para bloquear la imagen mental de sí misma y Nell empaquetando las pocas posesiones que podrían llevarse y despidiéndose de su casita de campo para irse a Dios sabe dónde.
Se suponía que el legado de Sol brindaría seguridad al futuro de Carrie y de Jenny.
No se podía sacar de la cabeza la vergüenza por haber permitido que la oportunidad se les escapara de las manos.
Era la prueba de que era una inútil, de que su carrera había sido un desastre, de que no había conseguido juntar el dinero necesario para sobrevivir, había fracasado en la vida.
Carrie se llevó las manos a la cabeza en un gesto desesperado, apretando los dientes para reprimir la rabia y la sensación de culpa.
A la hora de partir, volvía a llover a cántaros.
Nell abrazó y besó a sus abuelos, se fue corriendo hacia el coche y se metió en el interior tan rápido como pudo.
Cuando Carrie se disponía a hacer lo mismo, Harriet puso un papel en la mano de su hija, que lo miró confundida.
Entonces se dio cuenta de que era un cheque.
¿Quién diantre usaba cheques en pleno 2024?
Carrie casi había olvidado qué aspecto tenían.
Pero era, en efecto, un talón por 600 libras.
Se exclamó al ver la cantidad, y todavía más al fijarse en la firma.
Jack.
Dedicó una mirada acusatoria a su madre y luego volvió a clavarla en la alargada hoja de papel. ¿De qué iba esto? No aceptaba dinero de Jack, todo el mundo lo sabía. Podía cuidar de Nell ella sola sin ayuda de nadie.
—Es para ti y para Nell —explicó Harriet con tono neutro—. Ha llegado con el correo de esta mañana. Me ha pedido que te lo dé.
Así que eso era lo que tanto había preocupado a su madre, además de los arreglos del jardín. Carrie llevaba media mañana dándole vueltas.
—Jack quiere que vayáis de vacaciones después de los exámenes de Nell —continuó Harriet.
La madre de Carrie había insistido desde el minuto cero que debía permitirle a Jack ser una figura presente en la vida de Nell.
No se había inmiscuido en los motivos de la ruptura pero, haciendo gala de su sensatez, Harriet había convencido a Carrie de que negarle a Nell el derecho de conocer a su padre podría provocar que, a la larga, la chica se sintiera resentida con su madre.
Lina tozuda y dolida Carrie había contraatacado diciendo que Jack había cometido un error y debía pagar el precio.
Pero Harriet había sido muy convincente al explicarle lo increíblemente dura que era la vida de una madre soltera, algo que Carrie pronto descubriría que era cierto.
Si Jack quería y podía ocuparse parcialmente de Nell, había dicho Harriet, seguro que sería una ayuda extra para Carrie.
Así es como, a regañadientes, Carrie había aceptado que Jack se hiciese cargo de Nell un fin de semana al mes y por lo menos una semana durante las vacaciones de Navidad y Semana Santa, así como dos en verano.
Jack viajaba mucho por trabajo y Carrie se había pasado todos estos años organizando los encuentros y cambiando sus planes para adaptarse a las necesidades de Jack.
Carrie se dio cuenta de que pensar en aquello era un intento de justificarse para aceptar el dinero.
No le gustaba estar en deuda con Jack, de hecho, lo odiaba.
Pero tenía que reconocer que su madre había tenido razón al obligarla a mantenerlo en la vida de Nell, por difícil que le hubiera resultado.
Jack mimaba a Nell de una forma apropiada, apoyaba su pasión por el deporte jugando con ella al fútbol, algo que Carrie nunca hacía, pues era incapaz de chutar una pelota más allá de un metro y siempre en la dirección equivocada.
Padre e hija gozaban con la serie norteamericana Las chicas Gilmore , con la que Carrie no se sentía identificada, y habían visto varias veces las siete temporadas.
En definitiva, tenían una bonita relación que, sin duda, era beneficiosa para Nell.
Sin embargo, Carrie no podía dejar de mirar el cheque con incredulidad.
No podía aceptarlo. Y si lo aceptaba, lo pondría en una cuenta de ahorros para Nell, para su futuro, no lo malgastaría en un viaje al extranjero.
Aunque quizá no era un derroche si la ayudaba a sacar adelante su proyecto literario.
Si se convertía en un bestseller , contribuiría a la estabilidad financiera de Nell.
Además, estaba su objetivo de encontrar respuestas en la historia de su familia, lo cual de por sí ya tenía un valor incalculable, aunque las facturas tenían prioridad…
Casi ni valía la pena pensar en la hipoteca: con la nueva tarifa, 600 libras no eran suficientes para pagar el equivalente a dos semanas.
Finalmente, Harriet zanjó el tema:
—Jack me pidió que me asegurase de que lo usáis para iros de viaje, para nada más. Especialmente, no para las facturas. Fue su única condición.
Los labios de Carrie formaron una línea horizontal defensiva y desafiante. No podía aceptarlo. Al verlo, Harriet frunció el ceño, sin duda buscando las palabras adecuadas:
—Sabe perfectamente lo duro que trabajas, Carrie, y todo lo que haces por Nell. Cógelo y disfrútalo. —Hizo una pausa antes de pronunciar sus últimas palabras al respecto—: Sin peros ni discusiones.
A regañadientes, Carrie dedicó al cheque una última mirada acusadora y se lo metió en el bolso. Ya pensaría que hacer con él. En el coche, Nell estaba concentrada en su móvil.
—¿Todo bien? —preguntó sin levantar los ojos de la pantalla—. ¿Por qué has tardado tanto?
Carrie sacudió la cabeza, por mucho que Nell no estuviera pendiente de sus movimientos.
—Nada —contestó—. No es nada.
Pero mientras encendía el motor y ponía el coche en marcha, ya visualizaba las paredes blancas de cal de Santorini engalanadas con extravagantes pétalos de buganvillas, el cálido sol en el cielo azul, una playa de arena negra besada por las suaves olas…
y, con la misma intensidad, a la mujer de ojos almendrados y pelo reluciente, y a su tío Sol, tan amable pero inconmensurable, que había hecho el delicado retrato con tanta traza.
¿Tan terrible sería usar el dinero como había decretado Jack, llevarse a Nell por primera vez de viaje al extranjero?
¿Qué podía descubrir Carrie en la isla si seguía los pasos de Sol?
Todo su cuerpo se erizó por la emoción que le causaba la perspectiva de descubrir las capas de misterio que lo envolvían.