Capítulo 5 Vassia
Vassia
— L o haremos. —La voz de Ianos sonaba tosca y áspera por la emoción—. Os daremos la comida y el agua que necesitéis. Mi familia preparará un paquete con provisiones y mi hija, Vassia, aquí presente, os lo va a traer dentro de una hora. Y os proporcionaremos guías.
Al oír la promesa de ayuda en boca de su padre, a Vassia le pareció que se le paraba el corazón.
Claro que iba a prestar su asistencia a aquellos hombres, pero mentiría si dijera que la idea no la aterrorizaba.
Nunca antes en su vida había hecho algo que la pudiera poner en tanto peligro, pero de repente la habían metido de cabeza en la boca del lobo.
Armándose de valentía, Vassia observó cómo su padre esbozaba lo que parecían mapas rudimentarios, dibujando líneas y marcando puntos clave con un grueso lápiz desafilado.
Vassia empezó a hacer una lista mental de todo lo que había en los armarios de la cocina y de platos que fueran fáciles de transportar y a la vez llenasen lo suficiente a los comandos.
Tenían dolmas y koulourakia , hojas de parra rellenas y galletas con semillas de sésamo; spanakopita y baklava , pastel salado con espinacas y feta y pastelitos dulces…
, los restos de la fiesta del santo de Ianos.
Qué suerte que hubiera coincidido con la llegada de aquellos hombres.
¿Cómo los había llamado Spyros? ¿Un escuadrón de barcos?
Algo así. Debían de estar aquí para atacar a los alemanes.
¿Pero cómo, si eran tan pocos, solo diecinueve?
Se concentró en la comida, era un territorio más seguro que las emboscadas y el sabotaje o lo que fuera que planease la banda de Spyros.
De momento se tendrían que conformar con comida fría, ya les prepararía algo caliente y se lo llevaría en la olla grande, si podía…
La voz de su padre interrumpió sus pensamientos febriles.
—Aquí se encuentran los barracones de Fira —explicó mientras empujaba uno de los mapas hacia el comando y clavando un dedo en el centro—.
Esto es la residencia del teniente Schwarz.
—Rebuscó entre los papeles hasta que encontró el que necesitaba al fondo de la pila—.
Y esto es la estación de radio de Imerovigli.
Vassia apretó los puños. Así que los infiltrados no solo tenían un objetivo, sino tres. ¡Qué osados! ¡Qué valientes! Ella nunca tendría el coraje de hacer lo mismo que aquellos hombres.
Con un gesto parecido a barrer la mesa, Spyros cogió los mapas y se los metió en bolsillo de la camisa.
—Debo irme antes de que se me haga tarde —dijo bruscamente—. Gracias por su ayuda.
Al levantarse, arrastró la silla con un desagradable chirrido por el contacto con el suelo de piedra.
—Antes del mediodía habré reunido a los guías —le aseguró Ianos—. Todos ellos serán gente de confianza, no se preocupe por eso.
Los hombres se estrecharon la mano y Vassia intentó adivinar a quién iba a encontrar su padre para encargarse del peligrosísimo pero crucial papel de ayudar a los soldados. Al cabo de un instante, llegó parte de la respuesta:
—Uno de ellos seré yo —afirmó—. Ahora, váyase y buena suerte.
Aquellas palabras provocaron en Vassia un sentimiento casi arrollador.
En el fondo, había sabido que su padre se ofrecería voluntario, pero ahora que las palabras se habían pronunciado de verdad, las recibió con el impacto apabullante de una violenta tormenta invernal.
Se mordió la lengua y se quedó parada mientras Spyros se iba, esperó hasta que sus pasos se hubieran perdido más allá de la puerta del patio antes de dirigirse a su padre.
—¡Papá! —gritó, incapaz de gobernar su ansia—.
¡Por favor, no lo hagas! —Y, consciente de lo poco que le gustaba a Ianos hablar de su salud, escogió con sumo cuidado las siguientes palabras—: Deja que se ocupen los jóvenes.
Ellos disfrutarán mucho más que tú de ganarse la gloria por haberse involucrado.
Para ellos es una oportunidad de demostrar lo que valen, cosa que tú, como alcalde, no tienes por qué hacer.
Su padre frunció el ceño, se llevó una mano a la frente y luego la dejó caer.
Vassia se dio cuenta de lo cansado que estaba, de que parecía mucho mayor que un hombre de cuarenta y cinco años.
Últimamente, su diabetes había empeorado y empezaba a notar que le fallaba el corazón.
Aunque hacía todo lo que podía para ocultar los síntomas y hacer como si nada, Vassia sabía que no se encontraba bien.
—Querida —respondió Ianos en voz baja y grave pero firme—, no puedo pedir a mis amigos, a mi familia, a los hombres del pueblo, que hagan algo que yo mismo no haría. Mi deber es guiarles y servir de ejemplo.
Vassia levantó los brazos en señal de desesperación y luego los dejó caer. Conocía a su padre, conocía aquel tono de voz. No iba a ceder.
—¿Qué le dirás a mamá? —Optó por preguntar.
Su madre estaría consternada, horrorizada, pero también comprendería la insistencia de Ianos.
Su padre abrió la puerta para contestar, pero las dos personas que entraron en la estancia lo interrumpieron. Thalia llegaba del interior de la casa, mientras que Andreas había cruzado el patio y entró por la puerta de la cocina.
Ambos se percataron enseguida del ambiente enrarecido.
—¿Qué ha pasado? —exclamó Thalia—. ¿Quién se ha muerto? ¿Qué ha pasado?
A pesar de todo, Vassia tuvo que contenerse para no sonreír. Su madre vivía en un estado de perpetua expectativa de que alguno de sus parientes mayores, de los cuales había un buen número, estirase la pata, aunque todos estaban fuertes como un toro y en un perfecto estado de salud.
En paralelo, la voz cargada de preocupación de Andreas preguntó:
—¿Por qué hacéis cara de haber visto un fantasma?
Ianos se dejó caer pesadamente en una de las viejas sillas de madera de la cocina. Indicó al resto de su familia que también se sentase y resumió brevemente los hechos de aquella mañana.
—¡Oh! ¡Oh! —gritó Thalia con la mano en el pecho, como si intentase evitar que su corazón palpitante huyese—. ¡Un soldado de las fuerzas británicas, en nuestra casa! ¿Lo ha visto alguien? ¿Qué haremos si lo han visto? ¿Cómo…?
—Chitón —interrumpió Ianos—, no hables tan alto. Tengo que pensar, tengo que hacer una lista de quién puede ayudar y luego escoger a los mejores, sin contarme a mí.
—Papá —lo cortó Andreas—, no puedes hacer esto. No estás lo bastante fuerte.
Era exactamente la misma protesta de Vassia, pero la brusquedad de las palabras de su hermano la hizo sonreír para sus adentros.
A su padre no le gustaba que le hicieran comentarios tan directos sobre su estado de salud, o más bien la falta de la misma, especialmente si venían de Andreas, para quien siempre había procurado ser un modelo de conducta.
—Y tú estás a punto de ser padre —contraatacó Ianos con calma.
Andreas se pasó las manos por los rizos oscuros.
Vassia sintió una repentina empatía por él, por su apuesto y aplicado hermano, que trabajaba sin descanso para proveer para su esposa y su hijo.
Estaba de camarero en un restaurante en Fira.
Aunque era un empleo seguro en aquellos tiempos inciertos, el dinero siempre escaseaba por muchos tumos que hiciera.
Las penurias económicas habían disminuido un poco recientemente porque el restaurante era uno de los favoritos de los soldados alemanes y, a su vez, Andreas se había convertido en un favorito del teniente Schwarz.
Vassia había coincidido con él en un par de ocasiones que la habían llamado con poco tiempo para cubrir alguna baja por enfermedad u otra calamidad.
Había odiado inmediatamente a aquel hombre, su mueca de desdén al dar órdenes, sus ojos despiadados.
Andreas sentía por Schwarz la misma simpatía que su hermana, pero el comandante había desarrollado un gran interés por el joven camarero, siempre le preguntaba por su familia y le dejaba una buena propina.
Vassia sabía, porque así se lo había contado él mismo, que Andreas tenía un conflicto interno: por un lado, estaba en una situación privilegiada, pero, por el otro, no soportaba aceptar el dinero nazi.
Pero lo hacía para que a Athena y al bebé que estaba en camino no les faltase de nada.
A Vassia le preocupaba que su hermano fuera el centro de tantas atenciones, pues sabía que las cosas se podían torcer en cualquier momento.
El mimado de hoy podía convertirse en el chivo expiatorio de mañana.
—Esto es irrelevante —protestó Andreas por el recordatorio de su inminente paternidad, aunque obviamente no lo era—.
Papá, el tema es que eres la persona de mayor rango en este pueblo.
Conoces a todo el mundo, tú deberías liderar esta operación.
Sin embargo, ¿es que no sabes que delegar es el arma secreta de la gente exitosa?
Andreas hizo una pausa, como si esperase que aquello diera tiempo a que sus palabras calasen hondo, antes de continuar:
—Además, conozco Fira mucho mejor que tú.
La capital estaba solo a dos o tres kilómetros de Vourvoulos, pero era cierto que Andreas, gracias a su trabajo, solía frecuentarla más que su padre.
—Conozco todos los callejones, todos los atajos. No solo les debemos nuestra ayuda a esos valientes soldados británicos, sino que debemos proporcionarles a los mejores. No puedes negarlo.
Ianos y Andreas ahora estaban frente a frente, ambos igual de tozudos y decididos. Al final, Ianos exhaló lentamente y cerró los ojos, sus párpados pesados y cansados.
Al abrirlos, Vassia vio que se sentía derrotado.
—De acuerdo —asintió su padre—. Puedes ocupar mi lugar, Andreas.
A Vassia se le hizo un nudo en el estómago. Estaba dividida entre el amor por su padre y el amor por su hermano. No quería que ninguno de ellos se arriesgara de una forma tan obvia, pero era la única opción, no había duda de ello.
Haciendo de tripas corazón, Vassia se puso a preparar una cesta llena de la comida que había encontrado antes.
Beber agua también era esencial, así que añadió dos jarrones de agua con tapa en la pila de cosas para empacar.
Después de tanto tiempo imaginando formas imposibles de deshacerse de los nazis, ahora, de repente, aparecía una oportunidad para actuar de verdad.
Por fin había llegado el momento de participar en las iniciativas de la guerra y no lo dejaría pasar, por peligroso que fuera. Nada la podría detener.