Capítulo 4 Carrie #2
El corazón de Carrie se encogió al oír aquellas palabras. Implicaban que Sol se había sentido solo, lo cual era especialmente triste para alguien que tan evidentemente disfrutaba de la compañía de los demás.
—Puede que nunca conociera a la mujer de su vida —sugirió Carrie.
A la vez, pensó que no debían de haberle faltado oportunidades: era un valiente soldado que había regresado de una pieza de su heroico servicio durante la guerra, guapo, generoso, inteligente.
¿Qué más se podía pedir? Seguro que un gran número de chicas habían estado más que dispuestas a convertirse en la señora de Sol Baker.
Harriet sonrió, pensativa.
—Puede. Tuvo alguna novia, eso seguro —dijo, confirmando las sospechas de Carrie—.
Me acuerdo de una con la que salió durante una buena temporada.
Jean, creo que se llamaba Jean. Era encantadora, bonita, alegre y simpática, y era obvio que adoraba a Sol.
Realmente creíamos que él daría el paso, pero nunca se comprometieron y, por supuesto, tampoco se casaron, así que ella, al final, desistió.
Rompieron y, según me enteré, ella se juntó con otro.
Se casaron a los seis meses de conocerse y tuvieron dos hijos.
En vez de sentirse celoso o de darse cuenta de que había perdido una oportunidad, Sol se alegró genuinamente por ella, incluso les mandó un regalo de bodas.
Nunca entendí por qué. —Se quedó con la mirada perdida en el té de su taza, como si la respuesta estuviera allí.
Luego, añadió—: Y antes de que me lo preguntes: no, no creo que fuera gay en secreto.
Estoy absolutamente convencida de que no se trata de eso.
Todos los sentidos de Carrie se pusieron en alerta al oír aquello y le vino a la mente el retrato de la joven. Se levantó, subió a su cuarto a por el desgastado cuaderno y la camisa hecha a mano, y los trajo consigo al piso de abajo para enseñárselos a su madre.
En cuanto vio el dibujo, Harriet soltó un grito de asombro y se llevó una mano al pecho.
—Vaya, qué belleza. —Buscó sus gafas de leer, se las puso y examinó a la mujer más de cerca—. Preciosa. Y qué bien hecho está el dibujo.
Carrie asintió.
—¿Crees que Sol estaba enamorado de ella?
Harriet hizo una pausa para reflexionar pero sacudió la cabeza.
—Es un pensamiento bonito, pero lo dudo.
No creo que tuviera tiempo para el amor.
Cuando sirvió en el SBS …, no sé gran cosa, pero sí que nunca estaban estacionados en el mismo sitio durante mucho tiempo.
Seguro que no lo bastante para una relación de pareja.
—Frunció los labios—. Como te he dicho antes, es un misterio.
—También he encontrado esta camisa —dijo Carrie—. Está hecha a mano, pero es bastante vieja y está desgastada. Sol la debió de conservar por algo.
Harriet frunció el ceño.
—Ni siquiera sabía que estaba en las cajas —murmuró, examinando la pieza de ropa—. Quizá la hizo alguien que para él era especial. ¿Quién sabe? Ahora todavía me siento peor por todas las preguntas sin respuesta.
Sacudió la cabeza como castigándose de nuevo por la negligencia. Luego, dio una palmada que sobresaltó a Carrie.
—¡Espera! —exclamó con una cierta urgencia en su voz—. Vaya, me estoy haciendo vieja. Olvido algo durante años y tic repente me viene a la cabeza. Acabo de recordar…
Se levantó y salió rápidamente de la estancia, dejando que Carrie intentase adivinar cuáles habían sido sus últimas palabras. Pero no se le ocurría qué podía haber excitado de aquella manera a su madre.
No tuvo que esperar mucho. No habían pasado ni cinco minutos cuando Harriet regresó al salón con una pequeña caja verde entre sus manos. La mujer se dejó caer en su silla y le dio a Carrie el pequeño estuche, como los que usan en las joyerías para los pendientes o los anillos.
—Esto era de Sol. Pero no estaba entre sus objetos personales, sino que me lo dio antes de morir. Me dijo que era un tesoro y que debía guardarlo y dártelo a ti o a Jenny. Lo había olvidado por completo, pero al pensar en él y al ver el increíble retrato de esa joven, lo he recordado.
Con cuidado, como si tuviera miedo de que mordiese, Carrie abrió la cajita y observó el anillo que había en su interior. Era un simple aro dorado con cinco diamantes incrustados, elegante en su sencillez, que era justo lo que lo hacía tan bonito.
—Es precioso —murmuró—. Me encantaría saber qué historia esconde.
Su madre entrecerró los ojos con una expresión de perplejidad.
—Creo… —dijo, pero se interrumpió antes de proseguir—: Dijo algo más —añadió, estrujándose el cerebro—.
Que debería habérselo dado a alguien pero que no pudo, que no tuvo la oportunidad o algo así.
No sé por qué se me había olvidado algo así.
Supongo que sucedieron demasiadas cosas de golpe en aquella época, entre su enfermedad, los trabajos y exámenes que teníais Jenny y tú en la escuela, y que el trabajo de tu padre tampoco iba muy bien…
Lo cierto es que no le presté mucha atención.
Carrie sacó el anillo de la ranura que sostenía el anillo en el interior acolchado de la cajita. Lo acercó a la luz y los diamantes brillaron y centellearon como los ojos de una persona enamorada.
—¿Crees que tiene algo que ver con la chica del retrato? —sugirió, poniéndose el anillo. Le quedaba perfecto—. ¿Que Sol lo compró para ella?
Harriet contempló el anillo.
—No creo que sea el caso por lo que te decía antes. Dudo que le diera tiempo de conocer a alguien tan íntimamente en Santorini.
Carrie se quitó la joya y la observó con más detenimiento.
—¡Mira! —exclamó, emocionada—. Hay una inscripción grabada en el interior. —Volvió a acercar el anillo a la luz y entrecerró los ojos para intentar descifrar las palabras—. No, no puedo —concluyó—. No está en inglés. Dame un papel y un bolígrafo —le pidió a su madre—. Intentaré copiarlo.
Meticulosamente, Carrie transcribió las letras tan bien como supo: πίστις, ἐλπίς, ἀγάπη
—Espero no haberme equivocado —dijo al terminar. Analizó las letras—. Creo que es griego, pero ni idea de qué significan estas palabras. Dudo que mi vetusto portátil sea capaz de pasar al alfabeto griego.
Carrie y su madre se quedaron un buen rato mirando la hoja de papel, como si el significado se fuera a revelar de repente al contemplarla mucho tiempo. Pero no.
—Ya se me ocurrirá algo —dijo Carrie, más para sí misma que a Harriet.
Sacó algunas fotos de la hoja en la que había escrito las palabras, y luego del anillo, que devolvió a su estuche, y cerró la tapa.
—Ahora todavía tengo más ganas de ir a Santorini —gruñó. Y rápidamente añadió—: Y no lo digo para que me vuelvas a ofrecer tu dinero.
—No te preocupes, no lo haré —contestó Harriet, sonriendo y sacudiendo la cabeza, antes de dejar la cajita en la estantería de los huevos y los jarrones de agua.
Carrie se terminó el café.
—Voy a trabajar un rato más en mi idea para el libro —declaró—. ¿Seguro que no necesitas ayuda con el almuerzo del domingo?
Su madre había insistido que no le importaba cocinar sola.
—Me gusta, me relaja —había dicho, lo cual para Carrie era incomprensible, pues ella detestaba cocinar.
Sentada en la cama de su habitación, bien acomodada entre las almohadas, abrió el portátil.
Leyó lo que ya había escrito y retocó un par de cosas aquí y allá, pero la idea ya no le entusiasmaba.
Ya no le parecía adecuada. Se puso las manos en la cabeza, intentando concentrarse. Pero solo podía pensar en Sol.
El retrato, el anillo y la camisa bailaban de forma tentadora entre sus pensamientos.
Aquí había un relato, Carrie lo sabía. Y de repente era tan obvio: el libro que quería escribir no trataba de una chica en el año 1600 a.
C., aunque seguro que sería interesante.
La historia de Sol era más absorbente. Una historia real, no inventada, que podría llegar a cautivar tanto a los lectores como había fascinado a Carrie.
¿Qué había pasado durante la breve estancia de Sol en Santorini? ¿Quién era la chica del retrato? ¿Por qué le había comprado el anillo y por qué no se lo había dado? ¿De dónde salía la camisa? ¿Cómo estaban conectados todos aquellos objetos?
Carrie quería, no, debía obtener la respuesta a todas aquellas preguntas.
Si las encontraba y las transformaba en una novela, quizá conseguiría salvar la casa y asegurarse de que tanto ella como Nell, con su corazón delicado y su intolerancia al frío, tendrían un techo sobre sus cabezas aquel invierno y todos los que habían de venir.
Ir a Santorini podía acercarla a esas respuestas. Solo le faltaba encontrar la forma de hacer realidad el viaje.