La joven de Santorini Capítulo 4 Carrie
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Capítulo 4 Carrie

Carrie

A la mañana siguiente, Carrie se despertó con el sonido de la notificación del móvil de que tenía un mensaje nuevo. Estiró el brazo para cogerlo y parpadeó un par de veces para ver con claridad. Era de Xanthe:

Disculpa por responder tan tarde. Me acaban de arreglar el móvil, se me cayó, ¡ups! ¿Puedo llamarte ahora?

Carrie se sentó en la cama y miró la hora. Las ocho de la mañana. «Un poco temprano para ser domingo», pensó, hasta que se acordó de que en Grecia iban dos horas por delante. Le respondió con el siguiente mensaje:

Dame cinco minutos, pero no me llames por FaceTime… ¡Todavía voy en pijama!

Armada con una taza de café, Carrie volvió al piso de arriba y se envolvió bajo la calidez del edredón para recibir la llamada.

Contestó en cuanto empezó a sonar el teléfono.

Las amigas estuvieron charlando un rato, poniéndose al día sobre el estado de salud de sus respectivas familias y de ellas mismas, hasta que Carrie le preguntó a Xanthe por su nueva pareja, Spencer.

—Es genial —dijo Xanthe entusiasmada—. ¡Nos llevamos tan bien! Lamentablemente, este verano tiene que pasar seis semanas en Estados Unidos, así que durante esa temporada tendremos una relación a distancia.

—Oh, qué lástima —se compadeció Carrie—. Lo vas a echar de menos.

—Pues sí —asintió Xanthe—. Pero, como últimamente me he vuelto una nómada digital, mientras él esté allí, yo voy a sentar mi base en Santorini.

Como te dije en mi postal, ¿sabes? En Atenas hace demasiado calor en verano, hay demasiada gente y contaminación, pero cuando estuvimos de vacaciones aquel fin de semana largo me acordé de cuánto me gusta la isla.

No sé por qué he pasado tanto tiempo lejos.

—Claro, si tienes la oportunidad de escaparte de la jungla de asfalto, ¿por qué no aprovecharla? —dijo Carrie, reprimiendo su envidia.

Debía ser maravilloso poder huir a una isla paradisíaca. Carrie podía oír la sonrisa de Xanthe a través del aparato.

—Ya te lo pregunté cuando te escribí, pero te lo digo otra vez: ¿queréis venir de vacaciones?

¿Tú y Nell? He alquilado un apartamento de una sola habitación en Fira porque me va mejor para trabajar, pero no hay nadie en casa de mis abuelos.

Igual te acuerdas, de cuando estuvimos hace años.

Es pequeña, pero el pueblo es encantador, además de auténtico y tradicional.

Sería idóneo para ti y Nell, podríais vivir como si fuerais de allí.

La sugerencia hizo que el corazón de Carrie diera un salto.

Casi podía sentir la calidez del sol de Santorini sobre su piel, probar la deliciosa comida griega y el vino, notar cómo se derretían la tensión y el estrés del día a día…

Sería una buena oportunidad para alejar a Nell de sus amigos indeseables, y quizá los característicos paisajes y la arquitectura de la isla le servirían de inspiración para los exámenes finales de Arte.

Era una idea maravillosa. Pero, como siempre, el problema era el dinero.

—Me encantaría, pero… —empezó a decir, pero Xanthe la interrumpió sin dejarla terminar.

—No tendrías que pagar nada, excepto los vuelos y los gastos de manutención mientras estés aquí —expuso con tono persuasivo—, o sea que no sería tan caro.

La oferta era tentadora. Carrie se moría de ganas de ir.

A mediados de junio, Nell ya habría terminado los exámenes, así que podrían irse antes de que empezasen las vacaciones escolares y, por lo tanto, los vuelos serían más baratos.

El viernes le darían la paga del centro de ocio; uno de sus compañeros llevaba varias semanas de baja y, como Carrie había acumulado tantas horas extras cubriendo su tumo, calculaba que podría juntar unas 450 libras.

Aun así, no era suficiente. Además, tenía pendiente el pago de la tasa municipal, sin olvidar que le quedaba arreglar el tema de la hipoteca, y solo Dios sabía cómo se las iba a arreglar.

Si Carrie perdía la casa por no poder pagarla, sería como traicionar a Sol, a su legado, como si no hubiera defraudado solo a su propia hija, sino también a su tío abuelo.

Había tenido tantísima suerte de heredar suficiente dinero para dar la entrada que ver cómo se esfumaba aquella buena fortuna le provocaba un sentimiento de culpa que la reconcomía por dentro.

Debía encontrar la forma de conseguir el dinero para salvar su casa. No había otra opción.

—Bueno, me lo pensaré y te digo algo —dijo para ganar tiempo e intentando no ofender a Xanthe ni dar la sensación de que despreciaba la generosidad de su amiga.

El caso es que los demás, sus amigos con buenas carreras y trayectorias y sin personas dependientes a su cargo, no tenían ni idea de las dificultades económicas que conllevaba salir adelante siendo una madre soltera atrapada en un trabajo mal pagado. No era una crítica, era un hecho.

—Vale —asintió Xanthe, dándose cuenta de que no conseguiría convencer a Carrie con esta llamada, y cambió de tema—: Bueno, cuéntame, ¿qué es de tu vida amorosa? ¿Qué se cuece?

A Carrie se le escapó un resoplido.

—Nada de nada —contestó en tono neutro—. El único amor en mi vida es Nell, y es más que suficiente por ahora.

El silencio de Xanthe decía más que mil palabras.

—¿Qué hay de aquel chico encantador con el que te veías en Santorini? —dijo finalmente—. Kyriakos. Estaba buenorro, ¿no?

Esta vez Carrie se rio involuntariamente.

—¡Venga ya, de eso hace un montón! —exclamó—. Casi me había olvidado de él.

Era una mentira descarada. Había pensado en él inmediatamente al recibir la postal de Xanthe, y varias veces más después de eso. Pero era algo que su amiga no tenía por qué saber. Carrie estaba convencida de que añorar un rollo de verano de hacía casi dos décadas la hacía parecer triste y patética.

—Puede que todavía te recuerde —insistió Xanthe—. Imagínate que os veis otra vez y se reaviva la llama. Sería divertido, ¿no?

Carrie se echó a reír a carcajadas.

—Estás fatal —le dijo a su amiga cuando se hubo recuperado—. Estás como una cabra.

Su madre la llamó desde el piso de abajo.

—Tengo que colgar —añadió—. Me ha encantado volver a hablar contigo.

—¡Cuídate mucho! —respondió Xanthe, y le mandó besos—. ¡Nos vemos en Santorini!

—Ojalá —murmuró Carrie cuando hubo colgado.

El olor a pan tostado y bacon que venía de la cocina la recibió mientras bajaba las escaleras. Se sentó a la mesa, cogió el periódico y lo hojeó con cierta desgana, sin fijarse realmente en su contenido. Harriet se percató de su estado de ánimo.

—¿Qué te pasa? Estás muy callada hoy. Parece que estés reflexionando sobre algo.

Carrie suspiró. Le habló de la conversación que acababa de tener con Xanthe y de su invitación a Santorini. Harriet también suspiró.

—Ay, Carrie, lo siento —dijo—. Ojalá pudiéramos ayudarte. Quizá tu padre y yo podríamos…

—¡No! —interrumpió Carrie—. Ni se te ocurra ofrecerme dinero ni disculparte por no poder prestármelo. Ya hacéis muchísimo por Nell y por mí, no pienso tocar vuestro plan de pensiones.

No mencionó su miedo a no poder afrontar los nuevos pagos de la hipoteca. Sus padres no necesitaban esa ansiedad en sus vidas, y además no era su responsabilidad, sino única y exclusivamente de Carrie.

Harriet volvió a suspirar.

—No tienes por qué hacerte la orgullosa, Carrie.

—No me hago la orgullosa, pero no necesito caridad.

Al decir aquellas palabras, se dio cuenta de que sonaban muy duras.

—Mamá —prosiguió—, os agradezco muchísimo todo el apoyo que me dais, pero vuestro dinero es para cuando os haga falta en el futuro. Por favor, no quiero que pienses que me debéis algo.

Harriet asintió en silencio, esparciendo mantequilla en su tostada con gesto contemplativo.

—Ojalá pudiera convencer a tu padre de ir a Santorini algún día —dijo con un tono nostálgico—.

Pero ya sabes cómo es. Para él, salir al extranjero es ir a Francia, quizá Suiza con mucha persuasión.

Siempre he tenido la extraña sensación de que un viaje a esa isla me ayudaría a entender a Sol un poco mejor.

—¿Entender qué, exactamente? —preguntó Carrie.

Harriet suspiró.

—Todos esos gestos raros que te contaba antes. Siempre me recuerda a una cita de Winston Churchill: «Un enigma envuelto de misterio dentro de otro enigma». Churchill se refería a Rusia, pero perfectamente podría haber estado hablando de Sol.

A Carrie se le escapó una sonrisa.

—Ahora que lo mencionas, me he dado cuenta de que, aunque Jenny y yo solo éramos niñas, yo sí que notaba que, bajo su carácter inquieto, había una sensación de ausencia.

No sé cómo describirlo. De vacío, tal vez.

Pasaba de reírse a carcajadas a quedarse en silencio de un momento a otro, con una expresión en el rostro como si el mundo se hubiera derrumbado.

—De pequeños, nos enseñaron a tratar con cautela a los héroes de guerra de nuestro alrededor —intervino Harriet.

Era casi una explicación para sí misma, además de para su hija—.

Nos decían que no les permitían compartir sus experiencias porque la ley les imponía mantener el secreto, y que, de todos modos, hablar de aquellos malos tiempos solo los haría empeorar.

Entonces, nadie entendía que enterrar el trauma puede tener consecuencias negativas.

Hacían como que no había pasado nada y seguían con sus vidas.

—¿Crees que estaba traumatizado? —preguntó Carrie.

Su madre suspiró.

—La verdad, no tengo ni idea. Si lo estaba, estoy segura de que nunca lo habló con nadie. No solo por lo que te acabo de decir, sino también porque, bueno, ¿a quién se lo iba a contar? No tenía una esposa que le hiciera de confidente, como era el caso para muchos hombres de aquella época.

Sí —asintió Carrie—. Toda la gente de su edad que conocíamos tenía pareja, incluso de niña me había preguntado alguna vez por qué no había una Sra. Sol.

Exacto. —Harriet sacudió la cabeza antes de proseguir—: Nunca entendí por qué no se casó.