La joven de Santorini Capítulo 3 Vassia
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Capítulo 3 Vassia

Vassia

E ra una mañana preciosa y luminosa, el ambiente se sentía ligero, lleno de esperanza, y una fresca brisa hacía bailar los vibrantes pétalos rosados de las primeras buganvillas de la primavera, que se desbordaban por el muro del patio. Se respiraba absoluta normalidad.

Si es que se podía hablar de normalidad cuando un ejército enemigo ocupa tu país.

Vassia se agachó, cogió una funda de almohada del cesto de la colada que tenía a sus pies y, pinzas en mano, se levantó para colgarla del tendedero.

A pesar de que seguía agotada de la fiesta del día del santo de su padre dos días atrás, se había levantado temprano y había decidido ponerse a lavar la ropa.

Siguió rítmicamente con su tarea de agacharse y tender hasta que una sensación extraña e insólita la hizo parar en seco.

Con los latidos del corazón acelerados, se quedó inmóvil para poder escuchar.

La abrumadora sensación de que alguien la observaba crecía por momentos.

Contuvo la respiración y esperó. No oyó ningún sonido ni percibió ningún movimiento.

¿Quizá detrás de ella? Apenas se atrevía a mirar.

No tenía motivos para sentir miedo porque, obviamente, no había hecho nada malo.

Pero todo el mundo estaba en alerta desde hacía tres años, desde el desembarco de las tropas italianas en la isla, a lo cual se juntaba la llegada de los alemanes el año anterior.

Parecía que la mejor estrategia era mantener la cabeza agachada, no llamar la atención y procurar seguir con el día a día.

Eso era lo que siempre habían intentado Vassia y toda su familia: su padre, Ianos; su madre, Thalia; su hermano Andreas y Athena, su esposa.

No había de qué preocuparse, se dijo Vassia a sí misma.

Se levantó con una funda de cojín húmeda en las manos, inspiró profundamente y reunió todo su coraje para darse la vuelta a un ritmo casi imposiblemente lento.

Sus ojos iban de un lado para otro a toda velocidad buscando el origen de la inquietante sensación de que no estaba sola.

Un mirlo trinaba con voz aguda y penetrante desde la pérgola cubierta de parra que protegía la entrada de la casa del sol.

Normalmente, la compañía del pájaro reconfortaba a Vassia, pero hoy su canto transmitía más alarma que alegría.

La joven desvió la mirada hacia las escaleras que conducían al tejado.

En cada escalón reposaban macetas con plantas aromáticas y geranios. Nada fuera de lugar.

En cada rincón del patio se respiraba la calma y serenidad de la salida del sol.

Finalmente, Vassia se dirigió hacia la puerta de color azul cobalto que daba a la calle.

No estaba cerrada con llave, como de costumbre, pero una sensación de pánico dejó helada a la joven cuando sus ojos se posaron en ella, pues se estaba abriendo.

Cada centímetro que avanzaba era como una tortura.

Vassia se quedó inmóvil, casi se le cortó la respiración al ver aparecer a un hombre de aspecto tosco y piel curtida.

Llevaba una pistola Luger en la mano y la apuntaba hacia Vassia.

Ella se llevó una mano a la boca y se le escapó un chillido ahogado.

El hombre se acercó a ella a zancadas y le hizo un gesto para que se callase.

Vassia, cuyas piernas temblaban, se mordió el labio y se quedó parada, esperando indefensa el siguiente movimiento del hombre.

¿La iba a secuestrar? ¿O a pegarle un tiro?

Aunque todavía no hacía calor y a esas horas de la mañana la presencia del sol era más bien temperada y amable, la frente y las palmas de las manos de Vassia empezaron a sudar.

El hombre dio un vistazo a su alrededor, se apartó del lado de Vassia y se puso a inspeccionar el exterior de la casa y el patio como si fueran suyos.

¡Qué desfachatez! La actitud de la joven se transformó por completo.

¿Quién se creía que era aquel tipo, entrando sin permiso en casa de los Kourakis?

Enseguida obtuvo la respuesta.

—Me llamo Spyros Papadopoulous —susurró el hombre, casi siseando.

Vassia inmediatamente reconoció que no era de la isla. Por su acento, supuso que vendría de Atenas.

—¿Vive aquí el alcalde, Ianos Kourakis?

Había un cierto apremio en su voz. Vassia dudó de cómo debía responder.

¿Y si era una trampa? ¿Debería revelar quién vivía ahí?

Pero parecía que el hombre ya lo sabía, y además llevaba una pistola.

La joven echó un vistazo cauteloso al arma que reposaba en la mano del desconocido pero que en cualquier momento podía usar para su propósito si así lo deseaba.

—Sí —contestó Vassia, y añadió con tono desafiante—: ¿ Para qué lo buscas?

Spyros sacudió la cabeza.

—No te lo puedo contar, solo necesito verlo. Entiendo que es tu padre, ¿no?

Vassia asintió. Entrecerró los ojos para inspeccionar al hombre con más atención.

No llevaba uniforme, parecía que no se había afeitado en una semana, pero tenía una presencia, un algo, que le decía a la joven que había venido con un propósito genuino y que se trataba de algo serio, así que podía confiar en él.

—Voy a buscarle —dijo, finalmente.

Al darse cuenta de que los muros del patio no eran particularmente altos y que cualquier persona un poco alta podía mirar por encima, añadió:

—¿Quieres entrar?

Pero Spyros no había esperado a que se lo preguntasen. Ya estaba avanzando hacia la puerta. Vassia lo siguió.

—Cierra las persianas —ordenó el hombre.

Obedecerle implicaba que la cocina se quedaría a oscuras, pero Vassia era consciente de que más le valía no oponerse.

—¿Quieres un café? —ofreció ella. Para los griegos, no era correcto invitar a alguien a su casa y no ofrecerle un refrigerio, casi se diría que era imposible—. ¿Agua? Debes de tener sed.

Se dirigió al fregadero, donde había un jarrón de agua fresca. Spyros le hizo un gesto con la mano para que se fuera.

—No. Vete a buscar a tu padre.

Mientras Vassia abandonaba la estancia, oyó el inconfundible sonido del agua en movimiento. Spyros se había llenado el vaso él mismo.

El padre de la joven estaba despierto y, por suerte, ya se había levantado.

Después de que Vassia le explicase en pocas palabras y entre susurros quién lo necesitaba y para qué, el padre rápidamente se puso una chaqueta y se dirigió a la cocina.

Con el presentimiento de que más le valía esfumarse, Vassia volvió al patio, a la colada.

La curiosidad la reconcomía por dentro. Estaba claro que era su padre, en su condición de alcalde de Vourvoulos, quien debía recibir a aquel enigmático desconocido, era lo correcto y lo más adecuado.

Pero Vassia se moría de ganas de saber qué estaba pasando, de qué iba ese encuentro tan inesperado y peculiar.

El tendedero ya estaba casi lleno del todo y Vassia se encontraba bajo la ventana de la cocina, buscando espacio adicional para colgar las últimas piezas de ropa.

A tan poca distancia, era imposible no oír el murmullo de las profundas voces masculinas que se colaba por las rendijas de las contraventanas.

«… llegado esta mañana en goleta…» «… misión…» «… comandos del Servicio Especial de Embarcaciones…» «… esta noche…» «… más absoluto secreto…» «… guarnición en Fira…».

Las palabras estaban cargadas de significado pero Vassia no lo conseguía descifrar. ¿Qué era el Servicio Especial de Embarcaciones? ¿De dónde venían los hombres? ¿Qué intenciones tenían, cuál era el propósito de su presencia en Santorini?

Desesperada por saber más, y dejando de intentar convencerse a sí misma de que no estaba cotilleando, se quedó debajo de la ventana de la cocina, pero el volumen de las voces bajó repentinamente y Vassia no conseguía entender ni una palabra.

¿Es que Spyros Papadopoulous y sus colegas habían llegado a la isla para liberarlos de los nazis opresores? ¿De qué iba todo aquello?

Mientras se esforzaba en vano por oír más, su mente vagó por los recuerdos de su infancia idílica, en la que se había criado con su hermano Andreas y sus cariñosos padres.

Pensar en aquella época era conjurar la perfección, una época en la que nada en el mundo podía preocupar a Vassia.

En verano, Andreas y ella pasaban horas y horas jugando, nadando y zambulléndose, riendo y salpicándose en las playas de arena negra.

Solían tener una pequeña barca que, cuando fueron lo bastante mayores, usaban para navegar por la costa, visitar cuevas secretas a las cuales solo se podía acceder por mar, o cruzar las oscuras y profundas aguas de la caldera hacia las otras islas del archipiélago.

A veces, la brisa traía el leve olor sulfúrico de los restos del volcán y Vassia y Andreas solían imaginarse que eran los últimos suspiros moribundos del monstruo que había causado tanta destrucción milenios atrás.

A veces llegaban los turistas, que en la década de 1930 eran algo esporádico.

Eran gente intrépida atraída por los rumores de la sencilla belleza de Santorini, su luz, sus aldeas de casas e iglesias construidas dentro de cuevas, los azules imposibles del mar y los ardientes colores de las puestas de sol.

Los hermanos solían reírse de sus rostros sudorosos y quemados, su ropa arrugada y desaliñada por la humedad, y luego se escabullían por las callejuelas empedradas que serpenteaban entre los edificios.

Cuando empezaban a soplar los fuertes vientos invernales, se acomodaban dentro de casa, se acostaban y se levantaban temprano y se dedicaban, simplemente, a vivir: ir a la escuela, estudiar o pasar tiempo con sus abuelos y sus numerosos tíos, tías, primos y primas.

La llegada de las tropas italianas les había arrebatado aquella vida en 1941, y los nazis les habían coartado todavía más la libertad.

Desde entonces, Vassia y Andreas a menudo se juntaban para planear formas de expulsar a sus ocupantes, desde envenenarles la comida hasta contaminar los depósitos de agua.

Pero, en realidad, no podían hacer nada.

Su padre, el alcalde, compartía su frustración y su sentimiento de impotencia.

La ocupación extendía su alargada sombra sobre todos los habitantes de la isla y ya hacía mucho tiempo que habían perdido la esperanza de que la situación mejorase.

En los últimos meses, la familia Kourakis se había distraído con buenas noticias: Andreas y su esposa Athena esperaban su primer hijo.

Todos habían recibido el anuncio del embarazo con gran alegría, pero ahora incluso aquello era un motivo de ansiedad, pues hacía dos semanas que la criatura debería haber nacido.

Athena se sentía enorme e incómoda, mientras que Andreas estaba rebosante de excitación por la inminente llegada del bebé y, a la vez, muerto de preocupación por la falta de señales de que el parto estaba empezando.

Una repentina y fuerte protesta que venía del interior de la casa interrumpió los pensamientos de Vassia sobre la infancia y su hermano, y la devolvió de golpe al presente. Se había distraído, ¿se había perdido algo? Se inclinó un poco más hacia los postigos de la ventana.

—Nos hemos refugiado en una cueva cerca de allí —explicaba Spyros—.

Somos diecinueve a las órdenes del capitán Andersen.

Como soy griego, me ha mandado a buscar vecinos de la isla que nos puedan ayudar.

Necesitamos comida y agua, así como guías que nos indiquen cómo llegar hasta nuestros objetivos.

Deben ser valientes, estar muy bien informados y, sobre todo, ser gente de fiar.

Una sensación de entusiasmo mezclado con aprensión recorrió el cuerpo de Vassia.

¿Guiar a las fuerzas aliadas en una misión para atacar y destruir a los nazis?

Sería increíblemente peligroso para cualquiera que participase.

¿A quién podía sugerir Ianos, de entre los aldeanos, si no eran más que simples granjeros, pescadores, productores de vino o trabajadores en la cantera?

Vassia contuvo la respiración mientras esperaba la respuesta de su padre.

Las voces volvieron a bajar y pasaron unos agonizantes minutos durante los cuales el cuerpo de Vassia se tensó como la cuerda de un arco. Y entonces escuchó pasos en el interior, el característico andar pesado de su padre, seguido de la repentina apertura de las ventanas.

—¡Vassia!

Su padre echó un vistazo al patio desde el otro lado de los postigos. Cuando sus ojos se posaron sobre su hija, levantó la mano y le hizo un gesto para que se acercase.

Presa de los nervios y la inquietud, Vassia lo siguió hacia el interior de la casa.