La joven de Santorini Capítulo 2 Carrie #3
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Capítulo 2 Carrie #3

Con un gesto distraído, los ojos llenos de lágrimas y la mirada borrosa, Carrie sacó otro libro y se fijó en la cubierta.

Esperaba que aquello la distrajera de los malos recuerdos.

Pestañeó rápidamente para volver a ver con claridad.

Se dio cuenta de que se trataba de un viejo y desgastado cuaderno de dibujo de tamaño A5 , más o menos, de papel grueso y con los bordes doblados.

Al abrirlo, encontró muchos dibujos: cautivantes imágenes de jóvenes, solos o en grupo, subidos a barcos, limpiando armas, caminando por paisajes hostiles con los ojos cansados y los rostros maltratados por el clima pero con un gesto de férrea determinación.

Carrie no tenía ni idea del talento artístico de su tío abuelo.

¿Pero quiénes eran esos chicos? ¿Otros soldados?

No llevaban uniforme, pero tal vez la brigada a la que había pertenecido Sol no estaba obligada a llevarlos.

¿Cómo la había llamado su madre? Servicio Especial de Embarcaciones, ¿no? Ya lo buscaría en internet más tarde.

Observando los bocetos, Carrie se imaginó qué tipo de misiones debían haber llevado a cabo, a qué peligros se habían enfrentado, arriesgando su vida todos los días o, mejor dicho, noches.

Hojeó un poco más el cuaderno hasta que un dibujo le llamó la atención.

Era completamente distinto a los de las páginas anteriores.

En este había una joven de preciosos ojos almendrados y pelo brillante y ondulado con su rostro enmarcado en forma de corazón.

El retrato era tan sorprendentemente realista que a Carrie le daba la sensación de que la mujer estaba a su lado bajo la luz tenue del polvoriento y mohoso garaje.

Se fijó en la inscripción en el margen inferior:

VK, SANTORINI, 1944

Harriet tenía razón, Sol había estado en la isla griega durante la guerra.

Carrie conjuró mentalmente la imagen de Santorini años atrás.

Quizá influenciada por la postal de Xanthe, recordó un pueblo de casas blancas posadas en los empinados acantilados que se levantaban frente al mar; los detalles de colores vivos esparcidos por el paisaje: el rosa y el morado de las buganvillas y el azul de las cúpulas de las iglesias brillando bajo el espectacular sol de Grecia.

A Carrie le dio un escalofrío. Mover las cajas la había hecho entrar en calor, pero volvía a llover y la temperatura había bajado de golpe en el oscuro garaje.

Estaba a punto de levantarse e irse a casa a buscar una bebida caliente pero decidió dar un último vistazo a la caja.

Había algunos libros más, tomos serios y pesados, entre los cuales la Historia de la decadencia y caída del Imperio romano de Edward Gibbon, y algún que otro cachivache.

Luego sacó una bolsa de tela, dentro de la cual había una áspera camisa de hombre de algodón marrón y botones que parecían hechos de madera.

Estaba desgastada por el uso y arrugada por haber estado tantos años doblada.

Carrie la abrió y la sacudió antes de examinarla más a fondo.

Estaba hecha a mano, se notaba en la uniformidad y la meticulosidad de cada una de las puntadas.

Alguien se había esmerado en la confección de esa camisa y, aunque era evidente que sus días de gloria habían quedado atrás, Sol la había guardado en vez de destinarla a la basura.

Por un instante, Carrie contempló la sencilla pieza de ropa preguntándose por qué su tío abuelo la había guardado con sumo cuidado en aquella bolsa durante tantos años.

Unos minutos más tarde, recogió la camisa y el cuaderno y se los llevó de vuelta a casa, donde todo estaba en silencio.

Nell aparentemente seguía enfrascada en sus libros en el estudio, mientras que sus padres se echaban una siesta en la terraza cubierta.

Carrie se hizo una taza de té y volvió a observar el retrato.

Ahora que la iluminación era mejor se dio cuenta de algo que no había visto en el garaje.

Alrededor del cuello de la chica había un diminuto colgante.

Carrie fue a la sala de estar a por la lupa de su madre y se fijó atentamente en la joya.

El colgante tenía el dibujo de un velero de mástiles altos histórico, algo que Carrie asociaba a las clases de historia, especialmente al capítulo dedicado a las batallas de la marina inglesa contra la Armada Invencible.

Abrió el portátil para buscar en Google «Francis Drake velero».

Varios resultados le mostraban el reverso de una moneda de seis peniques del sistema predecimal con el grabado del galeón Golden Hind .

Carrie volvió a mirar el dibujo de Sol. Era exactamente el mismo motivo.

Sus ojos se llenaron de lágrimas una vez más.

Su mente invocó la imagen de Sol sentado en la alta butaca del salón de sus padres, con la mirada perdida en el horizonte, su expresión jovial sustituida por otra ausente y melancólica, como si evocase un suceso indescriptiblemente triste del pasado.

¿Qué le había pasado por la cabeza en esos íntimos momentos de reminiscencia? La necesidad de saberlo quemaba en el interior de Carrie.