La joven de Santorini Capítulo 2 Carrie
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Capítulo 2 Carrie

Carrie

— E stá lloviendo otra vez —observó Nell, sentada en la mesa de la cocina, sin dejar de mirar la pantalla del móvil y metiéndose en la boca cucharada tras cucharada de cereales con un gesto mecánico del brazo.

—Sí, lo sé —respondió Carrie con un tono distraído mientras añadía algunas anotaciones a las páginas de su libreta llena de garabatos.

Todavía estaba dándole vueltas a su idea del libro sobre Santorini/la Atlántida, que aún no había cristalizado en algo lo bastante sólido para mostrárselo a su editora. El flaqueante éxito de los últimos años había minado su confianza en sí misma y ahora a cada paso la asaltaban las dudas.

Abrió su portátil, con la esperanza de que teclear la ayudaría a ser más productiva que escribir a mano, pero terminó mirando fijamente la pantalla sin añadir nada nuevo o que valiera la pena. Cerró la pantalla de golpe y le dijo a Nell:

—Bueno, en cuanto hayas terminado de comer, nos vamos, ¿vale?

Nell asintió sin mediar palabra ni despegar los ojos del teléfono.

Carrie sacudió la cabeza y la dejó sola mientras ella se iba a su cuarto para meter algunas piezas de ropa y artículos de aseo personal en una maleta pequeña.

Iban a casa de sus padres y se quedarían a dormir.

A Carrie le hacía ilusión; la casa de Harriet y Bill siempre era cálida, Harriet cocinaba infinitamente mejor que ella y Nell solía ser ligeramente menos recalcitrante en presencia de sus queridos abuelos.

Aunque, en realidad, se había comportado algo mejor desde que la habían expulsado de la escuela por vapear.

Carrie le había leído la cartilla por ello.

Pero quizá era justamente lo que necesitaba Nell, pues parecía haberse puesto las pilas con sus deberes.

Y justo a tiempo: los exámenes estaban a la vuelta de la esquina.

Al cabo de media hora, estaban listas para partir. Nell se arrastró encorvada por el pasillo, vestida con sus reglamentarios vaqueros tres tallas demasiado grandes y sujetados alrededor de la cintura con un cordón, y con un jersey que Carrie no le había visto antes.

—Bonito jersey —dijo, señalando la pieza con la mano—. En mi época este estilo era popular. ¿Se vuelve a llevar?

Nell le dedicó una mirada desaprobatoria.

—Es un top chaleco. Pero gracias. Lo encontré en una tienda de segunda mano por cinco pavos. Es de lana de merino y de cordero.

La forma despreocupada en la que Nell había dicho ese último concepto a Carrie le provocó ganas de reírse. Dudaba que su hija tuviera la más mínima idea de qué tipo de fibras eran. Pero, ¿cómo había llamado a la prenda? Carrie frunció el ceño.

—¿Top chaleco? ¿De dónde sale este nombre?

—Ni idea. —Nell se encogió de hombros—. Es un jersey sin mangas, o sea, un chaleco. Tiene sentido.

—Claro. O podemos llamarlo por su nombre: chaleco de punto —contestó Carrie con una sonrisa y poniendo los ojos en blanco.

Como era de esperar, Nell pasó de ella y la adelantó, arrastrando tras ella una pequeña maleta con ruedas. Carrie esperaba que estuviera más llena de apuntes que de ropa vintage y otras gangas.

Al cabo de poco más de una hora, acomodada en la terraza interior de casa de sus padres mientras la lluvia incesante repicaba sobre el tejado de cristal, Carrie le contó a su madre su idea para el libro sobre Santorini.

Harriet siempre había sido su mejor fan y sin falta le escribía excelentes reseñas y les hablaba a todas sus amigas sobre el increíble talento para la escritura de su hija.

No se reflejaba en las ventas, pero la atención era bien recibida.

—Santorini… —Harriet frunció el ceño como si buscara algo entre sus recuerdos—.

Fuiste de viaje con esa amiga tuya griega tan simpática, ¿no?

No me acordé hasta al cabo de un tiempo que tu tío abuelo Sol estuvo estacionado allí durante la Segunda Guerra Mundial, cuando formaba parte del SBS , el Servicio Especial de Embarcaciones.

Carrie dedicó una mirada inquisidora a su madre.

—¿En serio? ¿Por qué estuvo, o estuvieron, en Santorini? No tenía ni idea de que la guerra hubiera llegado hasta unas islas griegas tan pequeñas y remotas.

Harriet sacudió la cabeza.

—Sinceramente, no sé gran cosa sobre el tema.

Como muchos de su generación, Sol apenas hablaba sobre lo que hizo durante esa época.

Alguna vez se le había escapado el nombre de Santorini, pero entonces se comportaba de una forma bastante extraña, como si hubiera revelado un secreto por error.

Nunca nos dio detalles y yo no le pregunté.

Me daba la sensación de que insistir era como fisgonear, pero ahora lamento no haber insistido.

Hay muchas cosas de Sol que nunca entendí.

Carrie frunció el ceño con perplejidad.

—¿Como qué?

Pensó en su tío abuelo, al que tanto ella como Jenny, su hermana mayor, adoraban.

Recordó todas las horas que se había sentado con ellas y les había contado historias al lado del fuego, o cuando jugaba a sacarles monedas de la oreja y las asombraba con trucos de magia con cartas, cuyo secreto nunca conseguían descifrar.

En definitiva, había sido ese tipo de tío amable y gracioso que todo el mundo debería tener.

No solo eso, sino que el inesperado legado que el tío abuelo Sol le había dejado en su testamento fue lo que le permitió a Carrie juntar el dinero necesario para la entrada de su casita.

Lo cierto es que le debía muchísimo a su tío y se sentía inmensamente agradecida.

—Pues no sé —suspiró Harriet tirando de un hilo suelto en la manga de su jersey—.

Es difícil describirlo con palabras. Tenía un carácter alegre y risueño, pero a veces, y sin motivo, de repente se quedaba callado, taciturno, como si lo atormentara algo de su pasado, algo a lo que no quería enfrentarse.

Como una marca imborrable y que siempre estaba ahí.

—¡Vaya! —exclamó Carrie—. Qué misterioso. Ojalá supiéramos de qué se trata, qué le pasó y por qué lo afectó tanto.

—Tienes razón —dijo su madre—. Una vez dijo algo bastante críptico: «No dejes que la oportunidad te pase de largo».

No tenía ni idea de a qué se refería, pero nunca se lo pregunté.

Ojalá hubiera sido más atrevida para indagar más, ir más al fondo.

Pero ya sabes cómo son las cosas, esto solo se piensa cuando ya es demasiado tarde.

Hizo una pausa y adoptó un gesto melancólico, como si estuviera rememorando todas aquellas ocasiones en las que no se había dicho o preguntado bastante.

Y ya no era posible hacerlo directamente, pues Sol había muerto unos veinte años atrás.

En aquella época, Carrie estaba más ocupada con la escuela, sus grupos de amistades y su obsesión por la banda Keane, los problemas típicos de la adolescencia.

Aun así, había sentido profundamente su pérdida.

Su funeral fue uno de los primeros a los que había ido, la primera vez que vio un féretro y había asistido a un entierro.

Se preguntó cuántas muertes había presenciado Sol durante su servicio y sintió una irritación irracional hacia su madre por no haber mostrado más curiosidad por sus vivencias.

Casi toda la generación de la guerra había desaparecido, con lo cual parecía todavía más importante que nunca recuperar las historias de todos aquellos que habían estado involucrados, averiguar tanto como fuera posible sobre ellos.

—Todavía guardamos muchas cosas suyas en el garaje, de cuando vaciamos su casa —dijo Harriet al cabo de un rato—.

Yo era su única pariente viva, y él, mi último vínculo con el pasado.

Supongo que debería ordenarlo, o quizá tirarlo todo.

Quería hacerlo hace tiempo, pero lo fui dejando y todo se vino con nosotros cuando nos mudamos aquí, y ahí está…

Se le quebró la voz, como si la perspectiva de ocuparse de las cosas de Sol fuera una tarea demasiado agotadora para enfrentarse a ella.

La ansiedad se apoderó del corazón de Carrie.

Se había fijado que su madre, de casi setenta años, había empezado a deteriorarse y a aparentar su edad.

Pero Harriet no se podía apagar. No se podía morir.

Ni Carrie ni Nell serían capaces de soportarlo.

De repente, descubrir más cosas sobre el pasado de Sol le parecía indispensable tanto por su madre como por ella misma, para llenar los huecos de la historia de la familia, para completarla mientras tuviera ocasión de hacerlo.

—¿Podría echarles un vistazo? —preguntó Carrie, invadida por una repentina ola de nostalgia por aquellas reuniones familiares de su infancia que se caracterizaban por los trucos de magia de Sol y su carácter agradable.

Siempre mostraba interés por lo que hacían Carrie y Jenny, siempre estaba dispuesto a jugar con ellas al Cluedo o al Monopoly, siempre paciente y cariñoso.

Pero, ahora que su madre lo mencionaba, también recordaba sus silencios repentinos y cómo su mirada amable se tomaba ausente, observando algo que nadie más veía.

¿Qué le pasaba por la cabeza en esos momentos?

¿Encontraría Carrie alguna pista entre los objetos de Sol acumulados en el garaje?

—Puede que descubra algo que no sabíamos —añadió, intentando convencer a su madre.

—Por supuesto —respondió Harriet—, tú misma.

Almorzaron una sopa sencilla y pan hecho en casa. Luego, Nell se aposentó en el estudio de Bill para hacer los deberes y Carrie, impulsada por la curiosidad, anunció que iba a echar un vistazo en el garaje.

—Toma —le dijo Harriet, que le entregó una bolsa de basura negra—. Si encuentras algo que claramente se puede tirar, mételo aquí. Si tu padre o yo nos cayéramos, me sentiría mal por el trabajo que te daríamos. Así que cualquier avance por tu parte es bien recibido.

Carrie puso los ojos en blanco, fingiendo indignación.

—Ni se os ocurra estirar la pata antes de que todo esto esté limpio —repuso.