Capítulo 1 Carrie
Carrie
L a persistente lluvia golpeaba el rostro de Carrie y ardía sobre sus brazos descubiertos.
Se podría haber puesto una chaqueta, pero incluso la más resistente al agua en su colección no podía hacer nada contra un chaparrón de tales magnitudes.
Mejor acabar empapada que intentar correr envuelta en capas húmedas.
Era difícil ver a través del velo de agua que chorreaba frente a sus ojos y Carrie profirió un grito al resbalar con una piedra suelta, y luego se sintió aliviada por haber recuperado el equilibrio tan rápidamente.
Lo último que le faltaba era torcerse el tobillo; ya había tenido bastante mala suerte.
Al alcanzar su objetivo de correr siete kilómetros por la pista dura y llena de baches en los campos de Marlborough Downs, rodeada de granjas y de galopes de caballos, Carrie giró una mirada llena de agradecimiento hacia su casa.
Ahora la lluvia venía por detrás de ella, azotándole la espalda.
Hizo lo que pudo para evitar los grandes charcos que se habían formado en el camino, saltando por encima o alrededor de ellos.
Finalmente llegó a su casita de campo de dos habitaciones, situada en una aldea tan diminuta que solo había unas veinte residencias.
Carrie hurgó en su bolsillo buscando la llave de la puerta trasera y entró.
En el interior hacía algo menos de frío, pero la diferencia apenas se notaba.
Vivir en el quinto pino significaba que no llegaba el gas, así que la casita solo se podía calentar mediante fuel, combustible prohibitivamente caro.
Para racionarlo tanto como podía, Carrie solo encendía la calefacción durante una hora por la mañana para motivar a Nell, su hija de quince años, a salir de la cama, y dos horas al atardecer, antes de que Nell volviera de la escuela.
El resto del día, ambas se acurrucaban frente a la chimenea de la sala de estar o usaban mantas eléctricas y bolsas de agua caliente para no helarse.
Carrie estaba convencida de que el frío no podía ser bueno para Nell y su enfermedad cardiovascular, pero no podía hacer gran cosa.
Había comprado la casa estando embarazada sin poderse imaginar que la niña nacería con problemas de salud.
Aun así, a pesar de todos sus defectos y su falta de electrodomésticos y comodidades, Carrie sentía verdadera devoción por su hogar.
Era un refugio para ella, y para Nell, su santuario, la única certeza en su vida.
Pasase lo que pasase, por muy difíciles que se pusieran las cosas, por mucho que tuviera que luchar para ser una buena madre y llegar a fin de mes, Carrie había sido capaz de mantener el techo sobre sus cabezas.
A veces le parecía que era lo único que había conseguido.
Empapada como estaba, Carrie se sacudió violentamente frente a la cocina.
Se quitó los zapatos y los calcetines y subió corriendo al baño, donde gastó el agua caliente que quedaba para ducharse.
Luego bajó, preparó una cafetera, se sirvió una taza y, mientras esperaba a que se enfriase, cogió el correo, que había quedado en una desordenada y húmeda pila sobre el felpudo.
Entre los folletos y catálogos se encontraba una carta de aspecto oficial.
Al verla, se le hizo un nudo en el estómago: inmediatamente se dio cuenta de que era la factura de los impuestos municipales.
Al abrir el sobre, no solo confirmó que tenía razón, sino también que la cantidad que le pedían estaba muy por encima de sus capacidades económicas, igual que la última vez que la había visto.
Lo había ido ignorando pero esto era un último aviso, así que no le quedaba más remedio que reaccionar.
O, mejor dicho, tendría que ampliar el descubierto en su cuenta para poder pagar.
En un sobre blanco y sencillo había otra carta de aspecto inofensivo.
Sin prestarle mucha atención, Carrie lo abrió para poder descartar su contenido rápidamente a la papelera de reciclaje.
Sus ojos escanearon la página. A primera vista, las palabras carecían de sentido, pero, de repente, se hicieron más claras.
La rehipoteca que había pedido en plena pandemia del Covid con un tipo de interés bajísimo terminaría en pocos meses.
La nueva tasa era mucho más alta que la actual y triplicaría los pagos mensuales.
Las cifras bailaban y giraban ante sus ojos. No podían ser correctas. Carrie cogió su móvil, abrió la aplicación de la calculadora e hizo un par de sumas rápidas.
Los números no mentían.
Sin poder dejar de mirar la hoja, una espantosa sensación de terror recorrió su cuerpo y se asentó en un nudo en el estómago.
Qué desastre. Una situación catastrófica.
Estos nuevos pagos se pulirían casi todo el sueldo que ganaba como subdirectora del centro de ocio local, incluidos los extras que se sacaba haciendo el turno del sábado por la noche en el gastropub .
Había aceptado un segundo trabajo con la intención de abrir una cuenta de ahorros para que Nell pudiera ir a la universidad, pero esta carta acababa de rematar esa idea.
Ni siquiera le quedaba la opción de cambiar a una hipoteca con la que solo tendría que pagar los intereses, pues ya la tenía.
Presa de una desesperación absoluta, Carrie tiró el correo encima de la mesa.
Luchó contra las ganas de llorar porque, al fin y al cabo, ¿qué ganaba llorando?
, se bajó las mangas en un intento de ganar un cierto grado adicional de calor y agarró su taza de café, de la que tomaba algún sorbo de vez en cuando.
Ser infeliz, pasar frío y estar sin blanca era horrible, pero normalmente conseguía salir adelante solamente por el bien de Nell.
Pero ahora se alzaba imponente ante ella la fantasmagórica amenaza de perder la casa, de convertirse en una sin techo, con la indignidad, la incertidumbre, la inseguridad que ello comportaba.
Nell se vería obligada a abandonar la escuela.
Carrie intentaría mantenerse positiva mientras vivían en algún cuchitril mohoso de forma temporal, tal vez en un B el clima, perfecto, aunque hacía bastante viento; el vino local, excelente; y su nuevo novio, encantador.
Además de relajarse en la piscina o en la playa, también estaban descubriendo la historia de la isla, concretamente la idea de que tal vez se trataba de la mítica ciudad hundida de la Atlántida.
Por un breve y vergonzoso instante, los celos se apoderaron de Carrie.
¿Por qué no era ella la que disfrutaba de un fin de semana largo en un lugar idílico y rico en cultura con un hombre guapo?
Luego, dejó estos pensamientos crueles a un lado.
Se alegraba sinceramente por Xanthe, una bellísima persona tanto por fuera como por dentro, y que deseaba más que nada conocer a alguien para sentar la cabeza y formar una familia.
Quizá esta breve visita a su tierra la había acercado a su sueño. Por lo menos, eso esperaba Carrie.
Imaginarse la preciosa y cálida luz del sol de Santorini le provocó un escalofrío.
Bebió un poco más de café y empezó a buscar en sus recuerdos de hacía más de quince años, a recordar la época universitaria en la que ella y Xanthe, junto con dos amigas más de las que Carne había perdido el contacto, habían pasado las primeras (y, para Carrie, las últimas) vacaciones de verano saltando de isla en isla entre el Dodecaneso y las Cicladas.
Volvió a observar la postal, absorbiendo la belleza, la incandescente luz y los cielos azules infinitos, recordando aquellos embriagadores días de juventud y libertad, la sensación de que todo era posible, de que la vida era bella y solo iría a mejor, de que nada podía mancillar la perfección.