La joven de Santorini
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Prólogo
Prólogo
Vourvoulos, isla de Santorini
L a habitación está a oscuras, apenas un atisbo de luz del sol se cuela por las rendijas de las contraventanas.
En condiciones normales, la joven sentada junto a la tosca mesa de madera habría recibido la mañana abriendo las ventanas de par en par.
Pero hoy, no. La tarea en la que se encuentra absorta requiere discreción absoluta.
Escribir esta carta es extremadamente peligroso pues, si cayera en las manos equivocadas, habiendo escrito su nombre en la hoja ha firmado su propia sentencia de muerte.
Ahora hay más soldados en la isla y no dejan de llegar refuerzos.
Los nazis están enfurecidos por los últimos acontecimientos, lo cual no es sorprendente, y el miedo se cuela por todos los rincones, erigiéndose entre los callejones, proyectando su sombra por el pueblo, recordando a todos que deben vigilar.
Por un instante, este pensamiento congela la sangre de la joven.
Levanta la pluma del papel y la mantiene sostenida en el aire, paralizada por un repentino terror.
Y entonces se muerde el labio, humedece la punta con un rápido movimiento con la lengua y, con determinación, vuelve a escribir.
Se toma su tiempo, reflexionando con cuidado sobre cada palabra.
Es indispensable que lo haga bien, que todo se entienda a la perfección.
Cualquier malentendido podría provocar un desastre. Cualquier error podría ser letal.
Un sonido repentino del exterior la sobresalta y la impresión recorre todo su cuerpo.
La pluma cae al suelo y se escabulle ruidosamente entre las baldosas.
Sin moverse, escucha. ¿La están espiando?
No sería descabellado. En una isla ocupada, las paredes tienen ojos y oídos y nadie está a salvo.
Hace tiempo que se siente observada. Que hasta ahora no haya pasado nada no significa que no pueda suceder.
En cualquier momento podría ser descubierta, capturada, torturada.
Durante unos minutos se esfuerza en captar cualquier sonido, pero se relaja al no oír nada. Tiene que seguir adelante, pase lo que pase. Echarse atrás no es una opción.
A él, al amor de su vida, al hombre que adora, no puede dejarle morir.
Por fin, termina de escribir la carta. Sus pupilas se contraen cuando abandona el tenue interior de su casa y sale al exterior, a la brillante luz del sol.
Ve a su pequeño primo y a sus amigos jugando a la pelota en la plaza.
Se les ve tan inocentes. No deberían estar envueltos, pero ¿qué otra opción tiene?
Llama al mayor de ellos para que se acerque.
Tras prometerle una recompensa, pone discretamente la carta en sus manos y le dice a dónde debe llevarla.
Nadie sospecharía de un chico de diez años, ¿no?
Si lo ha puesto en peligro, si le pasa algo, nunca se lo perdonará.
Ahora que el chico se aleja corriendo por el polvoriento camino, lo único que puede hacer la joven es esperar a que la oscuridad lo cubra todo para poder poner en marcha la siguiente parte de su plan.
Espera, pero piensa en el hombre, tan guapo, tan tranquilo, tan fuerte.
Es vital que se escape mientras tenga la ocasión.
El futuro de la guerra depende de gente como él, y ella es la única que puede ayudarle, la única que puede garantizar su supervivencia.
Incluso si esto la pone en peligro de muerte.