La Jefa Epílogo
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Epílogo

Sarah Penske

—¡Sarah! —me grita James en la oscuridad. Es difícil oírle por encima de la lluvia torrencial que cae en el bosque que nos rodea. Tiemblo de frío mientras el agua me golpea el cuerpo.

—Estoy aquí —respondo a mi novio en la oscuridad. Está casi todo en penumbra. Apenas puedo ver lo que tengo delante.

—¡He encontrado una cueva! —grita él.

Mi cuerpo se sacude mientras camino hacia su voz, intentando no tropezar con los arbustos y la hierba alta bajo mis pies.

Jamás habría pensado que mi vida podría llegar a un final tan repentino, a los veinticinco años, solo porque acepté ir a una estúpida caminata con mi novio.

James me convenció para salirnos del sendero. Ese fue el error número uno.

Quería caminar unas cuantas horas para llevarme a esa preciosa cascada de la que siempre me hablaba.

De niño, se pasaba todo el tiempo en estos bosques.

Era uno de sus lugares favoritos para hacer senderismo en su infancia.

Dijo que conocía un atajo para llegar a los saltos de agua. Ese fue el error número dos.

He perdido la cuenta de los errores que siguieron. Aceptar caminar por una zona sin cobertura de móvil fue otro. No decirle a nadie a dónde íbamos fue aún peor. Han pasado casi dieciocho horas desde que empezamos y no tenemos ni idea de dónde estamos.

Con la lluvia golpeándonos y sin estar preparados para el duro clima otoñal, ¿cuánto tiempo más podremos aguantar?

¿Quién nos encontrará? ¿Nos encontrarán?

Nos vamos a morir de frío aquí fuera. Solo es cuestión de tiempo.

James me coge de la mano. —Todo saldrá bien, Sarah —me dice. Pero sus palabras no me sirven de consuelo. Es su maldita culpa que esté metida en este lío. Fui lo bastante tonta como para aceptar esta caminata. Tenía la loca idea de que me pediría matrimonio delante de la cascada.

Hemos estado hablando de casarnos cada vez más, y hoy pensaba que por fin me iba a demostrar que hablaba en serio.

Me frota los costados con las manos, intentando calentarme. —Date prisa —dice—. Estaremos mejor en la cueva. —Me ayuda a subir con fuerza por una colina y finalmente veo la abertura.

Una vez dentro de la cueva, me estremezco aún más. Pensaba que al dejar de llover me sentiría mejor al instante, pero casi tengo más frío.

James está tan empapado como yo, temblando en la cueva. Me abraza con fuerza e intenta calentar mi cuerpo con el suyo. Titiritamos juntos en la oscuridad mientras miro a mi alrededor.

—¿Y si hay osos? —pregunto.

Le castañetean los dientes mientras se ríe. —¿De cuántos avistamientos de osos has oído hablar en esta parte de Ontario? No pasará nada. —Busca en los bolsillos de sus vaqueros mojados y saca el mechero. Lo acciona hasta que, por suerte, prende con una pequeña llama.

—Solo tengo que encontrar algunas ramas secas —dice, agitando el mechero a nuestro alrededor—. Podemos hacer una hoguera. Quitarnos la ropa mojada.

—Nos vamos a morir aquí fuera —digo, incapaz de saber si la humedad que rodea mis ojos es por la lluvia fría o por las lágrimas.

—No —dice para tranquilizarme—. No, vamos a estar bien. Recordaremos esto dentro de unos años y nos reiremos de lo terrible que fue.

Suspiro, con ganas de gritarle, pero reprimo mi rabia.

¿De qué sirve estar enfadada ahora? Nos necesitamos el uno al otro, sobre todo si pensamos sobrevivir.

Espero que tenga razón. Espero que algún día recordemos lo de hoy y nos riamos de lo cerca de la muerte que creíamos estar.

Quizá esto incluso nos una más como pareja.

Eso será después de que lo mate por ser tan estúpido.

Me suelta y empieza a adentrarse en la cueva. —¡James! —grito.

—No pasa nada —dice—. Quédate ahí. Vuelvo enseguida.

Tiemblo de forma incontrolada mientras le veo desaparecer en la oscuridad, solo pudiendo adivinar dónde está por el tenue resplandor del mechero.

Por miedo, me entran ganas de gritarle que deje de usarlo. Podría gastar todo el combustible antes de que hagamos fuego. Si eso ocurre, no sobreviviremos a la noche.

Antes de que pueda decírselo, James grita: —¡Oh, Dios!

—¿Qué? —James no responde. Camino hacia la llama. —James, ¿qué pasa?

—¡No! No vengas aquí.

—¿Por qué? —grito, confundida, intentando calentarme con mis propias manos. En la penumbra, veo a James al lado de algo grande—. ¿Qué es eso? ¿Un animal muerto? ¿Un oso muerto?

Al ponerme al lado de James y ver lo que ha encontrado, le agarro la mano con fuerza, conteniendo el aliento.

Frente a nosotros, apoyados contra la roca, están los restos óseos de una persona. Quedan trozos de carne seca en algunos de los huesos, recordándome que en algún momento fue un ser humano. Es su destino, un recordatorio de lo que seguramente será el mío.

—Mira —dice James, alzando el mechero hacia la roca, por encima de los restos.

Grabada en la roca hay una frase.

—Que tengas un día maravilloso.

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