Capítulo 32
Los inspectores abren la otra sala de interrogatorios y veo a Evan tras una mesa, con los brazos estirados y bostezando.
El hombre no parece tener ninguna preocupación en el mundo.
He estado a punto de sufrir un ataque al corazón durante las últimas horas mientras Evan está sentado a una mesa, bebiendo un refresco.
No sé quién es la persona que tengo enfrente, pero no parece mi marido. No parece estar tan asustado como yo tras las preguntas que he respondido.
Cuando Evan me ve a mí en vez de a la policía entrando en la sala, se levanta de inmediato. —¡Alice! —dice, confundido—. ¿Qué estás... estás bien?
—¡No! —grito—. Me has estado mintiendo.
—¿Qué?
—¿Mataste a un hombre?
Evan mira alrededor de la sala vacía. —Alice —dice, bajando las manos como si intentara que baje la voz—. No deberíamos hablar de esto aquí. Deberíamos esperar a que intervenga el abogado.
—Mataste a alguien —repito.
—No es lo que piensas.
—Fuiste a prisión por asesinato. ¡Nunca me lo dijiste! ¿Cómo has podido? ¿No crees que habría sido importante decírselo a tu mujer en algún momento de nuestra vida juntos? ¿Ibas a decir algo alguna vez? Tú lo hiciste. ¡Tú mataste a Nicole! ¡Dímelo ahora mismo!
Evan vuelve a mirar alrededor de la sala. —Para, Alice. Están escuchando. ¿No lo sabes? ¿No ves lo que están haciendo?
—¡No me importa lo que esté haciendo la policía! No me importa lo que se esté grabando. Has matado a alguien. —Pienso en Nicole—. ¡A dos personas!
—¡No! —responde él gritando—. Fue un homicidio imprudente. Aquel hombre.
Suspiro con incredulidad. —¿Ni siquiera recuerdas su nombre? ¡Qué psicótico eres!
—Me sé su maldito nombre, Alice —dice con severidad.
Cuando se da cuenta de su tono, se calma—.
Steve Moore. Por aquel entonces estaba prometido con Nicole.
Estábamos en un bar. Ese tipo, me refiero a Steve, estaba borracho y agresivo.
No paraba de coquetear con Nicole justo delante de mí.
Yo estaba acalorado, pero lo dejé pasar.
Tommy también estaba allí. Quería pelearse con él por mí, pero hice que se retirara.
Después me quedé al otro lado de la barra.
En un momento dado, sin embargo, Nicole volvía con unas bebidas en la mano y Steve le dio un azote en el culo.
Ella soltó las bebidas y le gritó. Yo intervine de inmediato.
Nos peleamos. Le pegué fuerte. Al caer, se golpeó con el lateral de un taburete. Y...
—Murió —digo, terminando la frase.
—Me arrestaron esa misma noche —dice, respirando hondo—.
Me metieron en una sala, como esta. —Mira a su alrededor—.
Respondí a cada pregunta que me hicieron los policías.
A cada maldita pregunta. —Una lágrima empieza a asomar en su ojo derecho—.
Y pasé un año en la cárcel después del juicio.
Nicole me dejó casi inmediatamente después de que me arrestaran oficialmente.
Aspiro profundamente. —¿Por qué no me lo dijiste?
—Estaba embarazada —continúa él, bajando la cabeza—. Nicole. No estaba bebiendo, pero quería venir al bar con Tommy y conmigo. Estaba embarazada de cuatro meses. Nunca debí dejar que viniera al bar. No sé en qué estaba pensando. Después de que matara a aquel hombre, esa noche ella abortó.
Evan respira hondo. —Nicole me dejó después de aquello.
Fue mi abogado quien me dijo que ella nunca más quería saber nada de mí.
No volví a verla hasta que estuve en tu despacho...
Después de un año en prisión, quería irme.
No podía quedarme en Ontario. Cuando me fui de Toronto —dice entre respiraciones profundas—, quería dejar todo esto atrás.
Lo que pasó con Nicole, Steve... ni siquiera podía mirar a Tommy de la misma forma después de lo que hice.
—Me mira fijamente, con las lágrimas rodando ya por sus mejillas—.
Maté a aquel hombre. También tenía una hija.
Esa niña seguirá adelante para siempre sin su padre por lo que hice.
No podía soportarlo. No podía volver a quererme a mí mismo. Me mudé. Y entonces te conocí a ti.
—¡Deberías habérmelo dicho! —grito, golpeándole el hombro—. Merecía saberlo.
—Lo sé —dice él—. Te lo mereces. Ojalá lo hubiera hecho.
Pero si te lo hubiera dicho en nuestra primera cita, me habrías dejado.
Si te lo hubiera dicho poco después, también lo habrías hecho.
¿Y si estuviéramos prometidos? Habrías cancelado la boda, igual que hizo Nicole.
Eres lista, igual que ella lo es... era.
—Baja la cabeza—. Me habrías visto como el perdedor que era y también me habrías dejado.
No te culparía. Maté a alguien. No hay vuelta atrás de algo así.
Todo el mundo te trata diferente cuando se entera.
¿Sabes lo difícil que fue encontrar un trabajo alguna vez?
Le miro, entornando los ojos, atando todos los cabos ahora. —¿Por eso nunca trabajaste?
—Quería ser profesor, como Tommy —suspira—.
Ese sueño murió la misma noche en que...
—Se interrumpe antes de completar la frase—.
Encontré unos cuantos trabajos que me gustaban, pero al final querían que rellenara información, o a veces se enteraban de mi pasado.
Y eso era todo. Hora de seguir adelante.
El dinero que tenía para los estudios, para ser profesor, era inútil en aquel momento.
Pensé que había una forma rápida de convertir ese dinero en un éxito.
—Empezaste a jugar —digo.
Él asiente. —Eso solo empeoró las cosas, mucho peor, pero a veces, cuando estaba en las mesas, ganando, me sentía en la cima del mundo. Pensaba que volvía a tener el control de mi vida. Hasta que se acabó todo el dinero. Y entonces casi te pierdo a ti también.
Bajo la cabeza, intentando comprenderlo todo. Es un exceso de información. Aunque no puedo entender cómo, ahora todo cobra sentido.
Vuelvo a mirar a mi marido, con mis propias lágrimas cayendo ahora por mi rostro. —No tenías por qué matarla. A Nicole. Podríamos habernos ido. No tenías que matarla por nosotros. Por eso lo hiciste, ¿verdad? ¿Para que nos dejara en paz?
Se detiene un momento, mirando alrededor de la sala. —Deberíamos esperar al abogado.
—¡Dime la verdad! Esta vez, nada de mentiras. ¡Me lo merezco!
Él relaja los hombros y tarda unos instantes antes de responderme.
—Yo no maté a Nicole. Lo juro por todo lo que me importa.
No te hablé de mi pasado porque no quería que me dejaras.
No te hablé del juego porque es de lo que me serví después de matar a aquel hombre para volver a sentirme íntegro.
Aunque ahora no puedo evitar que te vayas.
—Hace una pausa un momento—. No voy a volver a la cárcel. ¡No puedo! Yo no lo hice.
Sus ojos brillantes se vuelven gélidos.
Se acerca a mí y la puerta de la sala de interrogatorios se abre. Los dos inspectores se plantan frente a mí mientras Evan grita: —¡Yo no lo hice!