La Jefa Capítulo 30
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Capítulo 30

—¿Qué ha pasado? —grito, mirando hacia abajo, a la desordenada pila de color carmesí que mancha el cemento.

Evan se tapa la boca, sin responder.

—¿Qué narices ha pasado? —le increpo.

—¡Ha saltado! —responde él—. Se ha suicidado.

—Oh, no, no —digo, intentando recuperar el aliento. Me siento casi mareada. Al mirar desde tanta altura, siento como si estuviera a punto de caerme yo también.

Evan me agarra del hombro.

—Se lo ha hecho ella misma —repite.

El mundo me da vueltas. ¿Cómo ha podido ocurrir esto?

—¿Por qué? —consigo preguntar por fin.

Evan vuelve a llevarse una mano a la boca y regresa al dormitorio. Se queda mirando un gran retrato sobre la cama de Nicole sentada en su escritorio de la oficina.

—Estaba alterada, supongo, no lo sé. —Camina de un lado a otro hasta que se detiene y me mira—. Me negué a seguir con el plan. Le canté las cuarenta. Sabía que esto no sería el final de lo que tenía planeado para ti, para mí... para nosotros. Esto era solo el terrible comienzo.

Oigo el sonido de sirenas de policía a lo lejos. No hay duda de a dónde se dirigen esos vehículos de emergencia. Lo que queda del cuerpo de Nicole está debajo de nosotros, desparramado en la acera.

—O sea —digo, asimilando la situación—, ¿la rechazas y ves cómo salta?

Él me mira, confundido.

—Sí, así es.

Exhalo aire.

—¿Y cuándo has hecho esto? —Saco mi teléfono móvil y le enseño la foto que Nicole me envió de su brazo amoratado—. ¿Has sido tú? No estás contando todo lo que ha pasado. ¿Por qué, Evan?

—¡No la he tocado! —grita—. No lo he hecho.

—Entonces, ¿se ha hecho esto ella misma?

Él hace una pausa y me mira.

—No lo sé. Después de que la rechazara, me dio un portazo con la puerta de su habitación. Llamé a la puerta para que abriera.

—¿Por qué no te fuiste sin más?

—Tenía miedo. Por lo que fuera a hacernos ahora que me había negado. ¡Quería que parase! Que nos dejara en paz, ya sabes.

—¿Has hecho esto por nosotros? —pregunto, señalando hacia el balcón.

—¡Te he dicho que no! —grita él—. No la he empujado ni la he tirado por el balcón. Ella cerró la puerta. Cuando la abrí, ya había saltado.

—¡He creído entender que habías dicho que la viste saltar!

—No lo sé. Todo ha pasado muy rápido. Me ha parecido verla en el balcón, gritando antes de saltar. —Sigue dando vueltas por la habitación—. Dios mío, esto tiene muy mala pinta. Deberíamos... irnos sin más.

—¡Qué! —grito—. No podemos irnos así. El hombre del vestíbulo me ha visto y probablemente también te haya visto a ti.

—Esa maldita cámara —dice él—. Nicole tiene una cámara en su propio pasillo.

La imagen del brazo amoratado no se me quita de la cabeza.

—No entiendo la foto que me ha enviado. ¿Cómo ha podido hacerse esto ella sola?

—¡No lo sé! —vuelve a gritar Evan. Me agarra con firmeza—. Nunca quise venir aquí esta noche. ¡Lo he hecho por ti! ¡Por nosotros! Debería haber dicho que no a este estúpido plan.

El sonido de las sirenas está ya más cerca, y oigo que vienen más. Muy pronto, la policía estará aquí. Salgo al balcón y me quedo mirando las luces rojas y azules que parpadean abajo y la multitud, mucho mayor ahora, que rodea la escena.

—¿Qué hacemos? —grita Evan—. ¿Qué hacemos?

Vuelvo al pasillo y veo la cámara que Evan ha mencionado. Está orientada hacia la puerta principal y me mira directamente. Inspiro profundamente, observando la luz roja que parpadea debajo de ella.