La Jefa Capítulo 23
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Capítulo 23

—Veinte mil dólares —repito. Evan camina de un lado a otro por el salón de nuestra casa, esa que no nos podemos permitir—. ¡Evan! —grito—. ¿Te has pulido veinte mil pavos apostando? ¿Cómo has podido...? ¿Cómo ha pasado esto?

—Cuando volvimos a Ontario, empecé a ver a Tommy más a menudo. Quería ir a jugar un poco al blackjack, como hacíamos antes. Como en los viejos tiempos. Él no sabía que yo tenía problemas con eso. Nunca se lo conté a mi familia.

Asiento. Esa parte tiene sentido. Ya sabía todo eso.

Sintió mucha vergüenza después de acumular diez mil dólares de deuda.

En aquella época también tuvimos muchos problemas en nuestra relación.

Prometió que no volvería a jugar. Ideamos un plan de pagos con el banco para devolver el dinero que había sacado de su línea de crédito.

Me dolió en su momento que aquel dinero fuera para sus estudios.

Se suponía que iba a usarlo para matricularse en el grado de Educación y ser profesor.

Ese era su propósito. En lugar de eso, se lo gastó en las cartas, sin ganar nada. Perdiéndolo todo.

Nunca fue a la facultad. No tenía dinero. Y, como su novia, yo no estaba dispuesta a ayudarle. Pospusimos la boda por ello. Necesitaba que me demostrara que hablaba en serio. Tenía que demostrar que podía saldar la deuda y dejar el juego.

Ese fue el periodo más largo que le vi trabajar.

Finalmente lo pagó todo y las cosas mejoraron, hasta ahora.

—Ya sé todo eso —le digo a Evan—. ¿Entonces la culpa es de Tommy?

Niega con la cabeza. —No lo es. Él no lo sabía. No sabía lo que había pasado. No se lo dije. Pensé que por una partida no pasaría nada, y me sorprendió que, cuando fuimos, me sentía capaz de controlar mis impulsos. En menos de una hora, ya ganaba mil dólares más de lo que llevaba al entrar.

Respiro hondo, sabiendo lo que va a salir de su boca. —Y, por supuesto —digo, adelantándome—, no te fuiste y lo perdiste todo.

Niega con la cabeza. —No, me fui. Invité a Tommy a comer a un asador.

Volvimos a casa y estuvimos toda la noche trabajando en las reformas.

—Se ríe con amargura—. Luego empecé a ir solo.

Discutimos por eso. Vio cómo me ponía en las mesas al día siguiente, cuando le exigí que volviéramos.

Estaba casi hipnotizado. Al momento, empecé a perder.

En una hora, había perdido casi tres mil dólares; los dos de mi bolsillo y el que había ganado el día anterior.

—Dos mil dólares de nuestro dinero —repito—. Nuestro dinero no, mi dinero. Tú no has estado trabajando, Evan.

Levanta una mano, suplicándome que le deje terminar.

—Y luego recuperé ese dinero, pero me quedé a cero.

Tommy quería irse. Tuvimos una pelea. Él se marchó.

Yo me quedé. Me quedé un buen rato. Empecé a perder más y más.

Igual que la última vez, pensé que podría remontar.

Volver a como empecé, como mínimo. No lo hice.

Se esfumó todo. Cuando fui a tu oficina la semana pasada, quería decírtelo.

Decidí no hacerlo. Estabas teniendo un mal día.

—¡No me eches la culpa a mí! —grito.

—No, tienes razón. Debería haber dicho algo.

Tenía miedo de lo que dirías. Entonces vi a Nicole.

Casi me muero al verla. Fue como un fogonazo del pasado.

Luego me di cuenta de que era tu jefa. Lo odié, pero no había mucho que pudiera hacer.

Fui al bar esa noche, pensando en cómo iba a contarte lo que había hecho.

Cómo había perdido nuestro... tu dinero.

—Baja la cabeza, inspirando profundamente—.

No sabía cómo hacerlo. Tenía miedo. Miedo de que me dejaras, como dijiste que harías si volvía a pasar.

No estábamos casados entonces, pero, si hubiera sido yo, me habría ido.

Tuve suerte de que te quedaras conmigo. A pesar del pedazo de mierda que fui, lo hiciste.

Esta vez, no estoy seguro de si lo harías... de si lo harás.

Bajo la cabeza. Cuando la levanto, sus ojos castaños me miran fijamente, examinándome para ver si estoy a punto de estallar de rabia o de romper a llorar. —Entiendo por qué no querías decírmelo, pero estamos casados. Se supone que somos un equipo. No puedes mentirme, ni seguir mintiendo.

—Debería habértelo contado antes.

—¿Por qué contactaste con Nicole y quedaste con ella en el bar? Aquella noche llegaste tarde. ¿Qué hiciste?

—Yo no contacté con Nicole. Estaba allí, en el bar, simplemente.

No sé cuándo llegó. Me había tomado unas cervezas y ella vino a sentarse a mi lado.

Dijo que estaba allí con otra persona y que me había visto.

Desesperado, le pedí dinero. Un préstamo.

Algo para reponer lo que me había gastado.

No para apostarlo. Para arreglar las cosas.

Dijo que sí, pero con una condición, y esa condición... ya te imaginas cuál es.

—Volver a tenerte.

Evan asiente. —Me enfadé mucho. Me fui. Ella empezó a llamarme. Le colgué varias veces.

—Creo que también me está llamando a mí —digo—.

Se queda respirando al otro lado del teléfono.

—Recuerdo un momento en la oficina en el que Nicole estaba cerca de mí, y alguien llamó y se limitó a respirar al teléfono.

Así que, si es Nicole quien me llama, ¿quién fue aquella vez?

—. O quizá no es ella, sino otra persona.

Alguien a quien ella le pide que me llame.

Él espira profundamente. —A mí no me ha hecho eso. Siempre es muy directa, diciéndome que me reúna con ella para hablar de un préstamo. Supe que cometí un error esa noche en el bar incluso al dirigirle la palabra a alguien como Nicole. Es terrible. Manipuladora. Vengativa.

—¿Qué hacemos? —pregunto.

—No lo sé. Lo siento.

Me siento en el sofá y me froto la cara, deseando poder despertar de esta pesadilla. —Sabía quién era yo cuando me contrató. Esa persona fuera de nuestra casa... creo que también era ella.

—Quizá no —dice Evan—. No creo que llegara tan lejos. Aunque, después de lo que ha pasado esta noche, estoy empezando a cambiar de opinión. Siempre ha estado mal de la cabeza, pero esto es diferente.

Levanto la cabeza. —Podríamos... vender la casa y volver a Vancouver.

Podría recuperar mi antiguo trabajo. Estaríamos endeudados por los dos traslados, los honorarios de la inmobiliaria y lo que has perdido apostando.

—Niego con la cabeza—. Pero podríamos salir adelante.

Tú vuelves a trabajar, y lo digo en serio.

—Por supuesto —dice—. Haré lo que sea necesario para arreglar esto.

¿Cómo puedo ser tan estúpida para pensar que mi marido será alguna vez algo distinto de lo que es? Una persona capaz de actuar a mis espaldas y jugarse nuestros ahorros.

—Vas a tener una cuenta aparte —sentencio—.

Una asignación, para que no puedas gastar más de lo que ganes.

Ni una tarjeta de crédito a tu nombre nunca más.

Lo digo en serio, Evan. —Fue algo de lo que hablamos la última vez que pasó esto, y a Evan le fue bien así.

Solo cuando empecé a confiar en él y dejar de preocuparme, las cosas empeoraron—.

Se acabaron las cuentas o créditos conjuntos. Volvemos a como estábamos antes.

Él asiente. —Claro. Lo que haga falta. Solo... no me dejes.

Suspiro. —Hablaré con mi antiguo jefe mañana por la mañana. —Miro fijamente a Evan—. ¿Todavía tienes el número de la inmobiliaria? ¿La que nos ayudó a comprar esta casa?

—Lo tengo —dice.

—Bien. Habla con ella. Averigua cuánto se tardaría en volver a poner esta casa en el mercado y por qué precio podríamos venderla. —Pienso en la figura sombría frente a nuestra casa la semana pasada—. Solo llámala. Que no venga por aquí. No podemos arriesgarnos si Nicole nos está vigilando.

Evan suspira. —Conozco a Nicole. Si no hacemos lo que quiere, te lo pondrá difícil volver a conseguir un buen trabajo. Si volvemos a Vancouver, lo mejor a lo que podrás aspirar es a tu antiguo puesto, quizá ascender allí, pero ya estabas casi en la cima.

Suspiro. —Toda mi carrera se va a ir al garete por tu culpa.

—Miro a mi marido, incapaz de ocultar mi rabia—.

Es lo que siempre has querido, que renuncie a mi sueño.

Mientras tanto, tú no das un palo al agua en tu vida.

Te quedas en casa... ¿y para qué? ¡No para hacer reformas! Para jugarte mi dinero.

Evan baja la cabeza y se sienta en el sofá. —No sé qué decir. Debería callarme la boca. —Toma aire—. Podría simplemente... hacerlo.

—¿Te refieres a acostarte con Nicole? —Siento que me sube la tensión—. Tú... deberías callarte la boca —concuerdo.

Levanta las manos. —No sé qué hacer.

Intento serenarme. Que Nicole sea como es no es culpa de Evan, me recuerdo.

Ella es la que nos está haciendo esto. Evan jugó, sí, pero eso no es culpa de Nicole.

Estoy furiosa tanto con mi marido como con su ex prometida.

Ambos me están causando un estrés insoportable.

Casi me entran ganas de levantarme y gritar que se merecen el uno al otro y marcharme dando un portazo.

En lugar de eso, me quedo sentada pensando.

Es difícil dar con un plan que no termine con mi carrera arruinada, conformándome con Vancouver o en divorcio.

Me dije en el pasado que, si alguna vez se le volvía a ir de las manos el juego, no me quedaría con él.

Se ha portado tan bien durante años... Vuelve a Ontario, sale con su hermano y ya está otra vez con las andadas.

No fue culpa de Tommy, me dice. Resulta difícil no odiar a ambos hermanos Walker en este momento.

—¿Qué hacemos? —repito las palabras de Evan.

—Me gusta lo que has dicho. Podemos volver a Vancouver. Vender esta casa. Yo trabajaré. Y no seré estúpido. Haré todo lo que se espera de mí. Nos alejaremos de Nicole, muy lejos.

Y al hacerlo, renunciaré al sueño que he tenido desde que era una niña.

Recuerdo lo que ha dicho Nicole en el restaurante esta noche. —¿Qué más tiene contra ti? —le pregunto—. Tienes cadáveres en el armario. Tienes que contármelo todo, ahora mismo.

Mira hacia abajo. —Solo intenta comernos la cabeza aún más. Trata de ponernos el uno contra el otro. Así es ella. Así ha sido siempre. Esa mujer es una vengativa.

Me levanto del sofá, con las manos a los lados de la cabeza, frotándome por un dolor de cabeza que en realidad no tengo. Aunque no me duela, siento que me va a estallar el cráneo en cualquier momento. Empiezo a subir las escaleras lentamente sin decir ni una palabra a mi marido.

—¿A dónde vas? —pregunta él.

—A la cama. No puedo más por esta noche. Necesito descansar. —Evan empieza a seguirme, hasta que le pongo una mano firme en el pecho—. Duerme en el sofá esta noche.