La Jefa Capítulo 22
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Capítulo 22

Alice

La miro sin saber qué decir, con la respiración contenida. Al mirar a mi lado, veo que mi marido, por suerte, tiene una expresión similar.

¿De verdad está preguntando lo que creo que está preguntando?

—Está bien, Alice —dice Nicole, suspirando—. Digamos que veinte. —Se queda mirando a Evan—. Todo por el trabajo de una noche. Será lo máximo que puedas ganar jamás, Evan. —Le dedica una sonrisa maliciosa a mi marido.

Los ojos llenos de rabia de Evan se intensifican mientras se agarra al borde de la mesa. —Déjanos en paz de una vez. Estás tan loca como cuando éramos jóvenes.

La sonrisa de Nicole se desvanece. —No vuelvas a llamarme eso. No después de lo que pasó. ¡Tú no tienes derecho a decirme eso, nunca! Recuérdalo.

Sigo intentando recuperar el aliento, pero siento que la cara se me va a poner azul. Estoy mareada y podría desmayarme. Quizá sería mejor que lo hiciera. Podría despertarme en una situación que tuviera más sentido que lo que estaba ocurriendo.

Nicole se ríe. —Alice, eres mejor negociadora de lo que pensaba que serías… Cincuenta mil dólares. Cantidad final. —Le sonríe a Evan—. Pagaderos tras los servicios prestados.

—Salgamos pitando de aquí —dice Evan, tirando la servilleta sobre la mesa—. No voy a seguir escuchando esto.

Nicole vuelve a mirarme intensamente. —La despedirán. No podrá trabajar en ninguna parte, al menos no otra vez como ejecutiva. Recuerdo que durante nuestra entrevista hablaste mucho de cómo querías ser, bueno, como yo algún día. Incluso me lo dijiste el otro día.

—Eso fue… antes —digo, logrando por fin encontrar las palabras—. Antes de descubrir quién eras.

Ella se ríe. —No sabes nada de mí. —Su aura de felicidad se desvanece cuando se gira para mirar a Evan—. De hecho, ni siquiera sabes mucho sobre él, ¿verdad?

—¿A qué te refieres? —pregunto confundida. Miro a Evan, que parece desinflado en su silla, y vuelvo a mirar a Nicole—. ¿Qué significa eso? —repito.

Nicole pasea la mirada por la sala. —Por favor, no montes una escena. Al fin y al cabo, esto es un restaurante elegante, Alice. —Mira a Evan—. Bueno, para empezar, ha vuelto a jugar.

Evan parece sorprendido.

—¿Cómo lo sabes? —pregunta él, confundido.

Ella vuelve a reírse. —Te conozco, Evan.

Te conozco. En cuanto te juntaste con tu hermano, supe que ibais a buscaros problemas.

A buscar una mesa en alguna parte. Una vez, Evan se gastó más de diez mil en una noche al blackjack.

Casi pierdo los papeles con él. Primero, porque nunca ganaba dinero.

Segundo, porque tu hermano, Tommy, siempre te empujaba a gastar más.

Vuelvo a contener la respiración y la suelto, dejando escapar una ráfaga de aire.

Miro fijamente a Evan. —Me dijiste que no volverías jamás. ¿Fuiste a un casino? —Como Evan no responde, pienso en lo que dijo sobre los materiales que pagó para las reformas de la casa—. El dinero que tenías para la casa. ¿Te lo has gastado? ¿Cuánto? ¿Cuánto has apostado?

Evan no responde. Vuelve a mirar a Nicole. —¿Cómo lo has sabido?

Nicole me lanza una mirada reconfortante. —Algo me dice, Alice, que probablemente se lo ha gastado todo. Al igual que para encontrar trabajo, Evan tampoco fue nunca bueno en las mesas de juego.

Se me abren los ojos de par en par. Confié en él para las reformas. Me dijo que había pagado un montón por los materiales y supuse que así era. No le pedí los recibos.

—Cuéntale lo del bar también —dice Nicole. Mira hacia la mesa más cercana. Una pareja de ancianos disfruta de su pasta, ajenos a los momentos desgarradores que estoy sufriendo.

Miro a Evan. —¿Qué has hecho?

Evan vuelve a agachar la cabeza. —Basta, por favor.

—Oh, podría seguir, y seguir, y seguir —dice Nicole con una sonrisa diabólica. Me mira a mí—. Hay mucho que saber sobre Evan. No es el marido ejemplar que crees que es. Tiene esqueletos en el armario. Más que deudas de juego.

—¡Basta! —dice Evan, subiendo ligeramente el tono de voz.

Un camarero se acerca a la mesa. —¿Desean la carta? —pregunta.

Nicole responde por mí. —Quizá una botella de su mejor tinto, por favor, para empezar.

Gracias. —El camarero sonríe y se marcha.

Nicole vuelve a dirigirse a nosotros. Casi puedo sentir lo poderosa que debe de sentirse sobre ambos.

Mi marido es de voluntad fuerte, bullicioso.

Ahora lo miro y parece débil. Se ve tan frágil que, si estuviera de pie, se desplomaría al suelo al intentar dar un paso, y todo es por culpa de Nicole Barrett.

¿Qué más sabe de él? ¿Cómo sabía que Evan había ido al casino si él no se lo había contado?

De repente caigo en la cuenta.

—Nos has estado siguiendo, ¿verdad? —le pregunto.

Nicole me mira, confundida. —No me hace falta seguiros para saber lo que hacéis.

—Las llamadas telefónicas, esa persona fuera de nuestra ventana la semana pasada. —Miro a Nicole—. Eras tú, ¿verdad?

Ella suspira. —Nos estamos desviando mucho del tema ahora.

He venido aquí para haceros la oferta de vuestra vida.

Cincuenta mil. Una noche. —Señala por el gran ventanal—.

Estoy en el edificio más alto, justo ahí.

Última planta. Es el edificio más lujoso de Toronto.

Evan se reúne conmigo en mi edificio. El viernes a las diez de la noche en punto.

Recordamos viejos tiempos. —Le sonríe a Evan.

Vuelve a mirarme a mí—. Y tú consigues lo que quieres, Alice.

Ese puesto de vicepresidenta es tuyo. Lo anunciaré el lunes para que todo el mundo lo sepa.

Miro a mi marido, sin saber qué decir ni qué pensar. —¿Tanto quieres a Evan que harás todo esto? ¿Por qué?

—Ya te lo he dicho: recordar viejos tiempos —dice ella—.

Evan tiene una cierta habilidad, una forma de consolar a la gente cuando lo necesita.

Yo lo necesito ahora mismo. Si yo consigo lo que quiero, tú conseguirás lo que quieres.

Un puesto de alta ejecutiva. Quédate en LBS el tiempo necesario para conseguir lo que te haga falta para ser presidenta en otro sitio.

Con una recomendación entusiasta de mi parte de propina…

Ni siquiera tendrás que mudarte de despacho, Alice; ya estás en el sillón de la vicepresidencia.

Es tuyo si estás dispuesta. Y Evan podrá pagar su deuda. Es un ganar-ganar-ganar. —Sonríe.

—Sabías quién era yo antes de contratarme —afirmo, conociendo la verdad—. Me has estado siguiendo. Llamándome.

—No sé nada de eso —dice ella—. Lo que sí sé es que, si consigo lo que quiero, os dejaré en paz. No volveré a molestaros. Será como si hubiera desaparecido por completo de vuestra vida personal.

—¿Lo prometes? —dice Evan en un susurro.

—Soy una mujer de palabra —dice ella con confianza.

—No podemos hacer esto —digo—. Es una locura.

—A las diez el viernes, en mi casa —repite Nicole—. Si Evan está allí, tendré mi respuesta. Si no está, lo sabré. No volveré a hablarte de esto, Alice. No querría que grabaras mis palabras. —Se ríe.

Niego con la cabeza. —¡Maldita seas.

Ella me mira severamente. —Algún día, cuando mires atrás, me agradecerás la vida que tienes.

Tu estilo de vida. Tu mansión. Tu precioso coche.

El estilo de vida de clase alta y sin preocupaciones de tus futuros hijos.

Todo será gracias a esta decisión. Ellos no tendrán que vivir en la miseria como tú, Alice.

No necesitan la vida en la que tú creciste.

—Me lanza una mirada de preocupación, arqueando una ceja—.

Ellos pueden tener algo mejor, y tú también.

Pero, si él no está en mi casa, os haré la vida un absoluto infierno.

Si intentáis putearme y hacéis esto público, os arruinaré por completo.

—Me mira—. No podrás conseguir un trabajo ni de supervisora en un restaurante de comida rápida en ningún lugar de Norteamérica.

Llega el camarero con una botella de vino tinto en la mano. Nicole le sonríe.

—Château Nigril, 2005 —dice él.

Nicole le da las gracias mientras él sirve tres copas de vino antes de marcharse. Evan y yo observamos a Nicole mientras coge su copa y brinda por nosotros.

—Y feliz aniversario.