Capítulo 18
No le he contado a Evan lo de hoy. Sé lo que dirá.
—Déjalo.
Debería hacerlo. Lo sé. Si lo hago, estaré renunciando a todo lo que siempre he querido.
Nicole no solo me ha amenazado con lo de dejar el trabajo, básicamente me ha dicho que arruinará mi carrera si lo hago.
Nada de esto es legal. Una jefa usando su poder sobre una subordinada para conseguir lo que quiere. ¿Y qué es lo que quiere?
Eso también está claro. A mi marido.
Mi jefa está completamente desequilibrada.
Menos mal que dejó a Evan cuando eran más jóvenes, o de lo contrario la vida de él sería peor de lo que me siento yo en este momento.
Como empleada, puedo desconectar del trabajo.
Imagina estar casada con ella. Tener que estar cerca de una persona tan terrible todos los días.
Eso sería verdaderamente un infierno.
¿Cómo pudo Evan llegar a prometerse con alguien como ella?
Me tumbo en la cama, pensando en mi reunión en su despacho. No he podido evitar reproducirla en mi cabeza una y otra vez.
Ha sido tan grosero. Sin andarse con rodeos. Entrégame a tu marido, o si no...
Unos golpes en la puerta me sobresaltan. Evan entra con un cuenco y un vaso de agua.
—Te he hecho sopa —dice—. Aunque solo teníamos latas de sopa de tomate en la despensa. —Pone una mueca de disgusto.
Le sonrío mientras deja mi cena en la mesilla de noche. Miro la sopa y me asombra que la haya decorado con un poco de parmesano, como a mí me gusta. Le miro y siento náuseas por dentro, sabiendo lo que Nicole quiere.
Evan se sienta en la cama al lado de mis piernas, acariciándome el costado. —Oye, ¿al final no me has dicho qué tal el trabajo hoy?
Cojo el vaso de agua y bebo un sorbo. El trabajo y Nicole son lo último de lo que quería hablar.
—Bien —digo. Quiero contárselo. Sé que Evan, por supuesto, se pondrá de mi parte, pero podría empeorarlo.
Él es directo y agresivo. Si se lo dijera, irrumpiría en LBS directo al despacho de Nicole y la mandaría al infierno.
¿O no lo haría? Recuerdo la cara que puso cuando vio a Nicole por primera vez en mi trabajo.
Era como si hubiera visto un fantasma. Estoy empezando a estar tan aterrada de Nicole como él.
—¿Crees que es solo un virus? —pregunta—. ¿Sea lo que sea lo que tengas? —Niega con la cabeza—. Uf, por favor, no me lo pegues. Quizá deberíamos cancelar nuestra reserva de mañana. Lo último que quiero es que mi mujer esté enferma en nuestro aniversario.
Le miro por un momento. Siento que la sangre me hierve. Eso sería exactamente lo que Nicole habría querido. Voy a celebrar mi aniversario con mi marido.
—No, estaré bien —digo—. Ya me encuentro mejor. Creo que solo necesitaba descansar.
—¿Te está estresando el trabajo?
Más bien el trabajo es lo único que me está estresando.
—Algo así —respondo.
Evan me pone la mano en la frente. —Bueno, no pareces tener fiebre. —Vuelve a poner una mueca—. Quizá debería dormir en el sofá. No quiero pillar esto, sea lo que sea.
Me doy la vuelta, dándole la espalda. —Haz lo que quieras.
Él hace una pausa. —Oye, ¿estás enfadada conmigo? Solo es que no quiero ponerme enfermo. Nada más.
Una parte de mí está enfadada, y no sé por qué. Estoy enfadada porque mi jefa sea alguien con quien él estuvo prometido. Estoy enfadada porque su ex me esté volviendo loca. Estoy enfadada conmigo misma por no haber dimitido de inmediato.
¿Vale la pena esto por mi sueño de ser algún día una mujer al mando?
No dejaré que Nicole Barrett me arrebate eso.
—Simplemente me siento fatal —digo—. Duerme en el sofá. No pasa nada. No quiero que se te pegue esto. —Más bien no quiero que sienta la ira de Nicole. Tengo mis currículums preparados. Es hora de empezar a usarlos. Mañana empezaré a enviarlos.
—Buenas noches —dice, levantándose. Se inclina hacia mí y me besa la frente—. Llámame si necesitas algo. Estaré trabajando en el dormitorio del final del pasillo unas cuantas horas más.
—Gracias —respondo, sin darme la vuelta. No puedo mirarle. Si lo hago, sabrá que estoy hecha un desastre. Si le miro a esos ojos preciosos, le abriré mi alma.
Me quedo en la cama un rato, pensando más en Nicole y en lo que debería hacer mañana.
Una imagen de mí irrumpiendo ante ella y dándole una bofetada con todas mis fuerzas me hace sentir mejor, pero por supuesto no es realista.
Dimitir es una opción mucho mejor, y una que no me llevará a terminar esposada.
Mi móvil vibra bajo las sábanas y contesto. —¿Diga?
De nuevo, me responde el silencio. Sé que hay alguien ahí porque puedo oírle respirar.
—¿Quién es? —pregunto—. ¿Por qué sigues llamando? —Me viene a la cabeza la imagen de Nicole con mi información personal de emergencia—. ¿Nicole? ¿Eres tú?
Oigo que su respiración se vuelve más ruidosa. Alejo el teléfono de mi oreja y veo que el número es privado. Vuelvo a ponerme el teléfono en la oreja y la respiración al otro lado es tan fuerte que retiro el oído del teléfono. Cuelgo y lo suelto sobre el colchón.
Salgo de la cama y miro afuera, hacia el cielo oscuro, y pienso en la persona que estaba en mi jardín la semana pasada. Me quedo mirando los arbustos donde la vi. Esta vez, todos los arbustos se mueven con el viento de forma normal.
Mi teléfono vuelve a vibrar en la cama. La pantalla se ilumina, alumbrando la habitación oscura, mostrando que el número privado vuelve a llamarme.
Esta vez no contesto. Me limito a observar cómo sigue vibrando hasta que se detiene y la habitación vuelve a quedar completamente a oscuras. Me quedo mirando el móvil, esperando a que se ilumine de nuevo por la llamada.
Contengo el aliento cuando no sucede de inmediato. Miro también por la ventana y, aunque estoy alerta por lo que pudiera haber fuera, no veo nada.
Entonces oigo sonar el teléfono otra vez, solo que esta vez no es el mío. Se oye débil, pero viene de fuera del dormitorio. Se detiene poco después, y abro ligeramente la puerta del dormitorio, escuchando los sonidos casi susurrados de mi marido.
—No, no lo haré —dice con intensidad—. Me parece bien. Corto la llamada. No me importa lo que hagas. —Doy unos pasos fuera de la habitación y las viejas tablas del suelo crujen, alertando a mi marido—. Buenas noches.
Camino por el pasillo y asomo al dormitorio de invitados donde está trabajando Evan. Ya ha colgado el teléfono. Se gira hacia mí y sonríe.
—¿Te sientes mejor? —pregunta.
Asiento. —Supongo. ¿Quién era?
—Tommy —dice—. Viene mañana. Le he dicho que venga cuando quiera.
Me quedo mirándole, sabiendo que eso no era lo que había dicho. —Has dicho que no te importa lo que hicieran.
Evan me mira inexpresivo. —Exacto. Ha dicho que quería pasarse sobre el mediodía. Me parece un poco tarde, pero quiero decir, es ayuda gratis. Quién soy yo para decirle a qué hora tiene que venir. A cualquier hora me va bien. No me importa.
Asiento. —Alguien me ha estado llamando al móvil últimamente. No dicen nada, solo respiran al teléfono.
Evan se levanta del suelo, sacudiéndose la suciedad de los vaqueros. —¿Cuántas veces?
—Empezó hace un tiempo. No lo sé. Normalmente me limito a colgar. Empieza a darme miedo. Y además estaba esa persona fuera de casa la semana pasada.
—He mirado fuera. Quienquiera que fuera, se ha marchado. Como dijimos, probablemente era un vecino. Alguien que vive cerca. Quizá tengan curiosidad por saber quién vive ahora en esta casa.
Asiento de nuevo. —Ya. No lo sé. Es que estoy preocupada.
—¿Por qué? —pregunta. No le respondo. Evan me coge la mano con suavidad y me la besa—. Estoy aquí. No tienes nada de qué preocuparte. —Vuelve a besarme la mano.
—Sabes, creo que me encuentro lo bastante bien para un beso de verdad.
Me sonríe y me da un beso suave, sin lengua, pero por supuesto no puedo culparle por eso.
Le devuelvo la sonrisa. —¿Puedes dormir conmigo en la cama esta noche?