La Jefa Capítulo 13
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Capítulo 13

Cuando abro los ojos, el sol brillante que entra por la ventana de nuestro dormitorio es casi cegador. Normalmente cierro las persianas, pero con los nervios de estar sola casi toda la noche ayer, se me olvidó.

Me giro para mirar el despertador de la mesilla de noche y casi me da un síncope al ver que las luces parpadean. Miro hacia fuera y me doy cuenta de que hay demasiada luz para ser las seis de la mañana. Cuando cojo el móvil y miro la hora, por poco grito al ver que pasan de las siete.

La tormenta debió de cortar la luz anoche, y también mi alarma. Suelo poner también la del móvil, pero anoche se me pasó. También podría culpar a la desaparición de Evan de eso.

Salto de la cama y Evan se despierta tranquilamente, estirándose entre las sábanas. — ¿Qué hora es? —pregunta.

—¡Llego tardísimo! —exclamo histérica. Corro al baño y me preparo lo más rápido posible.

Evan entra en el cuarto de baño y levanta la tapa del inodoro, vaciando su vejiga llena de alcohol procesado.

—¿Quieres que te lleve al trabajo? —pregunta bostezando.

No le respondo. A pesar de ser un hombre tan varonil, Evan es un poco lento conduciendo.

Yo estoy acostumbrada a conducir por la ciudad en Vancouver.

Puede que sea una profesional de los negocios muy educada, pero cuando estoy en la carretera, especialmente de camino al trabajo, soy de todo menos amable. Hay que ser implacable.

Hoy no es día para que mi marido, tan respetuoso con las normas, me lleve; llegaría aún más tarde.

Bato mi propio récord arreglándome para el trabajo. Para ser una directora ejecutiva en una empresa de cosméticos, hoy doy auténtica pena. No es precisamente la imagen adecuada para alguien en mi puesto.

Desde luego, no está siendo un «día precioso» por ahora.

Beso a mi marido mientras se cepilla los dientes, poniendo una mueca cuando entro en contacto con su pasta dental mentolada.

Dice algo inaudible hasta que escupe en el lavabo. — ¡Que tengas un buen día! —grita mientras salgo corriendo por la puerta.

Me enorgullezco de llegar al trabajo temprano, o puntual. Rara vez llego tarde, a menos que esté enferma o muriéndome. Con el error de haberme perdido la reunión de ayer y llegar tarde hoy, no estoy dando muy buena impresión.

Ahora que sé que Nicole y Evan fueron novios en el instituto, me pregunto cómo cambiará eso la dinámica de nuestra relación laboral. ¿Será ella aún más crítica conmigo o ayudará nuestra conexión mutua con Evan?

Pienso en ello mientras serpenteo entre el tráfico y aporreo el claxon, intentando navegar por las intensas calles del centro de Toronto. Por suerte, consigo llegar al aparcamiento en un tiempo récord, pero llego treinta minutos tarde.

Corro todo lo que puedo hacia mi edificio y, cuando entro, saludo con la mano al guardia de seguridad antes de pulsar frenéticamente el botón del ascensor.

En mi antiguo trabajo habría subido por las escaleras, pero eso sería un poco difícil ahora estando en la planta treinta.

Cuando las puertas del ascensor se abren, entro y recupero el aliento, retocándome el pelo antes de darme cuenta de que no he pulsado el piso al que tengo que ir.

Mientras el ascensor sube, pareciendo más lento de lo habitual, respiro hondo intentando calmar los nervios. Saco el móvil y abro la cámara, mirándome para colocarme los pelos sueltos del moño rápido que me he hecho al saltar de la cama.

Odio no ducharme por la mañana. Me siento sucia yendo a trabajar sin estar aseada. Las veces que no lo he hecho, me ha preocupado que de algún modo la gente sepa que no me he duchado, y he sentido que apestaba aunque mi perfume ocultara el poco olor que pudiera tener.

Cuando las puertas del ascensor se abren en mi planta, salgo con calma, tomándome mi tiempo para saludar a algunos compañeros mientras pasan a mi lado.

Al pasar por delante de Leigh, le doy los buenos días y ella hace lo mismo. Miro hacia el despacho de Nicole e inmediatamente me invade la alegría al ver que no está detrás de su escritorio.

Ya llego cuarenta y cinco minutos tarde, pero Nicole no está en su despacho para notarlo. Con un poco de suerte, quizá ella también llegue tarde.

Me pregunto hasta qué hora estuvo trabajando anoche. Llegó justo cuando yo me iba. Quizá se ha tomado la mañana libre y vendrá más tarde.

Mis sueños se hacen añicos cuando veo a Nicole sentada en mi escritorio. Trago saliva con dificultad mientras intento mantener la compostura.

¿Qué demonios voy a decirle? Las excusas parecen una debilidad.

Me digo a mí misma que simplemente voy a pedir perdón por mi error.

No entraré en detalles. Probablemente no le importe cuáles sean.

No quiere excusas; al menos yo nunca las quería cuando la gente que trabajaba para mí hacía algo que yo no aprobaba.

Abro la puerta y el rostro de Nicole se ilumina. Se levanta y me da los buenos días.

—Siento llegar tarde —le digo—. No volverá a ocurrir.

Ella le quita importancia con un gesto. — No hay problema, Alice. No pasa nada. Aunque tengo mucha curiosidad: ¿qué tal fue tu conversación con Evan anoche? ¿Es mucho preguntar? —Se ríe—. Me sorprendió tanto descubrir que es tu marido que tengo que saberlo.

Me río, intentando que no resulte incómodo. Nicole tiene una amplia sonrisa en la cara. Parte de ella debe de pensar que toda esta situación es graciosa. No parece molesta ni que esté intentando hacerme sentir incómoda.

—Sí, hablamos. —Le devuelvo la sonrisa—. Me contó que fuisteis novios en el instituto hace mucho tiempo.

Su semblante cambia, casi como si se hubiera metido algo agrio en la boca.

— Bueno, supongo que esa es una forma de describir a tu antiguo prometido.

—Se ríe—. Pensaba que simplemente diría que fui su prometida.

Ay, Evan. No ha cambiado nada. Que Dios te bendiga por lo que tienes que aguantar. —Vuelve a reírse, pero yo ya no sonrío.

Evan no dijo ni palabra sobre que hubieran estado prometidos. Hizo que pareciera una situación inocente de instituto. Nada más que amor juvenil. Ahora resulta que los dos tenían planes de casarse.

—Él no me contó eso —digo, confundida.

—Ya —dice Nicole—. Se nota por tu expresión.

No deberías jugar nunca al póker, cielo; se te daría fatal marcarte un farol.

Pero así es Evan. Un hombre de pocas palabras.

Supongo que no estuvimos prometidos mucho tiempo, pero aun así...

—Deja las palabras colgando en el aire frente a mí, sin terminar la frase.

—¿Va a ser esto raro para nosotras? —pregunto, yendo directa al grano.

—¿Lo de Evan y tú? —dice con inocencia—.

Claro que no. Eso fue hace literalmente una década.

Yo he pasado página, y él también. Me alegro por vosotros dos.

Aunque tengo que decir que casi se me cae la mandíbula cuando lo vi en nuestro vestíbulo el otro día.

—Se ríe y esta vez yo la acompaño—. Fue sorprendente, por decir lo menos.

—Me lo imagino. —Vuelvo a reír—. Para mí también lo fue. Gracias.

—¿Por qué?

—Por no hacer que esto sea raro, porque lo es. —Me río de nuevo.

Ella asiente. — En realidad no lo es. Sé lo que quiero, y en aquel momento no era Evan. Me alegro de que parezca que ambos hemos tomado las decisiones correctas para nosotros. —Me dedica una sonrisa forzada y se me queda mirando—. Entonces, ¿dónde está? ¿Te la has dejado en el coche?

No estoy segura de a qué se refiere, hasta que caigo en la cuenta. — ¡Oh, no! Tu ropa de la tintorería —digo, llevándome una mano a la cabeza—. No me puedo creer que no te la haya traído. —Le devuelvo una sonrisa forzada, pero esta vez ella no me la devuelve.

Me mira con severidad. — He dado por hecho que llegabas tarde porque estabas recogiéndola para mí.

—Espera a que responda, pero no tengo nada más que malas excusas—.

—No solo llegas tarde —dice alzando la voz—, sino que ni siquiera has hecho lo que te pedí.

—Bajo la cabeza y me tomo un momento para mirar hacia fuera.

Veo a unas cuantas personas mirando hacia mi despacho.

No puedo culparles por contemplar el espectáculo.

Leigh es una de esas personas. Incluso desde tan lejos puedo notar la expresión de preocupación en su rostro.

—Lo siento, Nicole, de verdad que...

—No —dice, cortándome—. Necesito poder depender de ti.

Incluso si se trata de cosas pequeñas, como hacerme un favor o, digamos, llegar puntual al trabajo.

—Baja la cabeza y, cuando vuelve a mirarme, está radiante, como si nunca hubiera estado molesta—.

No pasa nada, Alice. Solo necesito que estés más al tanto de todo aquí en LBS.

Tenía grandes esperanzas puestas en ti cuando te contraté.

Ahora... —Mira su reloj—. Tienes el tiempo justo para salir de la oficina y recoger mi ropa antes de nuestra reunión de las diez.

—Su sonrisa se ensancha—. Así que vete ya, y date prisa.

—Su rostro vuelve a agriarse—. Ya recuperarás el tiempo que te vas a ausentar después del trabajo.

Y no llegues tarde a la reunión... por favor.