Capítulo 12
Aparco en mi calle y me quedo mirando mi casa. Fuera está lloviendo a cántaros. No hay ni una sola luz encendida en toda la manzana, lo cual me resulta extraño. Cuento con que, cuando entre, Tommy y Evan sigan trabajando.
Me recuerdo a mí misma que Evan mencionó que había pasado algo entre él y Tommy. Estoy segura de que está disgustado por eso, pero necesito saber cuál es el vínculo entre mi jefa y mi marido. No puedo arremeter contra él de inmediato por ese tema.
Debería empezar con un ¿qué tal el día? ¿Habéis avanzado mucho con las reformas hoy sin Tommy? ¿Por qué os habéis peleado tu hermano y tú?
Después ya podré soltarle el ¿qué demonios pasó entre Nicole y tú?
Imagino todo tipo de posibilidades. Aún no me quito de la cabeza la risita que Nicole me dedicó fuera, en el aparcamiento. Era como si supiera que se trataba de un cotilleo jugoso.
¿Y qué si Evan y Nicole se conocían? En el peor de los casos, salieron juntos.
¿Por qué debería importarme? Yo no era precisamente una santa antes de salir con Evan.
No me costó mucho darme cuenta de que Evan sabía desenvolverse bien en un dormitorio.
Es rematadamente guapo. Un hombre que sabe qué hacer con una mujer.
¿Y qué si Nicole y mi marido tuvieron… sexo antes de casarnos?
Podría superarlo. De todos modos, Nicole parecía encontrarlo divertido, o al menos eso sugería su risa.
También debe de ser súper incómodo para ella. ¿Cómo iba a saber que Evan era mi marido? Él es de Ontario y yo de la Columbia Británica. Soy de la otra punta del país, y el apellido de Evan, Walker, no es precisamente único.
Nicole debió de quedarse tan sorprendida como yo al descubrir que Evan era mi marido.
De algún modo extraño, esto podría ayudarnos a llevarnos mejor.
Vuelvo a mirar mi casa a oscuras, preguntándome si Evan está siquiera en casa. Son casi las diez de la noche. ¿Dónde más podría estar? No me ha devuelto la llamada en todo el día.
Cierro el coche y subo los peldaños. La casa me resulta aún tan nueva que casi llamo a la puerta como si fuera una extraña, pero enseguida recuerdo que tengo que sacar las llaves.
Abro la puerta principal y la estancia está en tinieblas, salvo por la tenue luz de un detector de humos cerca de la cocina.
—¡Hola! —llamo a la oscuridad—. ¿Evan? ¿Estás aquí? —Nadie responde.
Enciendo la luz del salón, esperando encontrar a Evan desplomado en el sofá o alguna señal de vida en mi casa.
Pienso al instante en Tommy. Sea lo que sea que haya pasado hoy con su hermano, debe de estar intentando reconciliarse con él ahora mismo. Probablemente esté en casa de su hermano. ¿Qué otra cosa podría estar haciendo?
Saco mi teléfono y le escribo a su hermano.
—Hola, Tommy. ¿Está Evan contigo?
Me quito los zapatos y la chaqueta mientras espero una respuesta. Miro el móvil a cada momento, esperando que Tommy me diga dónde está mi marido.
Cuando suena mi móvil, lo cojo de inmediato. —Dime —digo al auricular.
No hay respuesta. —¿Evan? —pregunto—. Tommy, ¿eres tú? —Giro el móvil y veo que es una llamada de un número oculto. Me vuelvo a poner el teléfono en la oreja—. ¿Hola?
Por un momento oigo el sonido sutil de una respiración antes de que se corte la comunicación.
No es la primera llamada de este tipo que recibo últimamente. Si fuera una broma telefónica, ¿no se habrían rendido ya? Si fuera un estafador, ¿no querría algo de mí? Que diga… algo.
Me doy cuenta de que estoy sola en mi vieja casa rústica, medio desmantelada por mi marido y su hermano.
Al instante enciendo todas las luces que puedo.
Abro la puerta del sótano y me quedo mirando hacia la oscuridad.
Por la razón que sea, tal vez por miedo, llamo a Evan, pero por supuesto no está allí.
¿Por qué iba a estar solo en un sótano a oscuras?
Mi marido no trabaja. Su hermano no me contesta. ¿Dónde podría estar?
Empiezo a sentirme ansiosa de nuevo, igual que cuando estaba cerca del aparcamiento, solo que esta vez no hay seguridad a la que pueda llamar. Un relámpago ilumina el exterior, seguido poco después por el estruendo de un trueno.
Pongo la televisión y cojo una bolsa de patatas fritas, intentando calmarme, cuando el móvil vibra. Miro y es Tommy. Suelto la bolsa de patatas para comprobar inmediatamente su mensaje.
—No está aquí. No le he visto desde esta mañana. Si sé algo de él, le diré que le buscas.
Bajo el teléfono, con las patatas a medio masticar todavía en la boca. Miro la hora. Llevo más de una hora viendo la televisión esperando a que vuelva a casa. Mañana tengo que volver a levantarme temprano para trabajar.
Ya ni siquiera me importa lo que haya pasado con Nicole y Evan; solo necesito saber que él está bien.
En un último esfuerzo, llamo al teléfono de Evan una vez más. Rezo para que responda. En ese momento siento una ligera vibración bajo el cojín en el que me apoyo en el sofá. Busco detrás de mí y noto un teléfono. Es el de Evan.
Corto la llamada ahora que sé que mi intento de contactar con él es inútil.
¿Evan se ha dejado el móvil en casa y ha salido? Eso no es propio de él. Suele estar pegado a este aparato día y noche.
Casi me entra el pánico. Pienso en llamar a la policía, pero me pregunto por qué iba a saltar a un extremo así. ¿Qué diría siquiera?
¿Ayúdenme, mi marido se ha ido de casa sin su móvil? Definitivamente, no es una reacción exagerada.
Intento calmarme viendo más televisión, pero el reality show no ayuda a mi estado de ánimo. Lo apago y subo las escaleras, encendiendo cada una de las luces que puedo por el camino.
Llego al dormitorio y, por supuesto, nuestra cama está vacía. Me meto bajo las sábanas, dejando la puerta del dormitorio entreabierta y la luz de la mesilla encendida para mantenerme tranquila.
No sé cuánto tiempo pasa, pero finalmente cierro los ojos y no los abro hasta después de un rato.
Cuando lo hago, la habitación está completamente a oscuras. Giro la cabeza y veo que la luz del pasillo está apagada. Un sonido a mi lado me sobresalta y oigo una risa.
—Soy yo —dice Evan, de pie junto a la cama. Se quita la camisa y se mete en la cama aún con los vaqueros puestos.
Le doy un golpe en el hombro. —Me has pegado un susto de muerte. ¿Dónde estabas?
Antes de que responda, puedo oler la cerveza. —Fui a un bar de por aquí.
—¿Solo?
—Sí —dice, haciendo un sonido de estiramiento—. No es que conozca a mucha gente por aquí.
—¿Por qué? ¿Por qué has bebido solo? Eso no es propio de ti.
Exhala fuerte. —Porque —dice bruscamente—, me puedo tomar una cerveza si necesito desconectar, ¿no?
—¿Te preocupa lo de Tommy? ¿La pelea que has tenido con él? ¿Qué ha pasado?
Vuelve a exhalar. —No vale la pena entrar en eso. Pero somos hermanos. Le llamaré mañana y ya se nos pasará. No pasa nada.
Le toco la espalda desnuda y le acaricio el vello del pecho. Inmediatamente me siento mejor.
—¿De qué conoces a Nicole? —pregunto, sin andarme con rodeos. Es tarde, estoy cansada y necesito saberlo.
—¿Te ha dicho algo ella? —pregunta él.
—Me dijo que debería preguntártelo a ti —digo. Me incorporo en la cama y le acaricio la parte superior de los hombros—. Así que cuéntame. —Me río.
—Fuimos algo … allá por el instituto.
—¿En el instituto? —pregunto—. ¿Nicole vivía en tu pueblo cuando erais jóvenes?
—Sí. Salimos unos años en el instituto, y unos años después también, pero no funcionó.
—¿Qué pasó?
Él vuelve a exhalar y percibo una ráfaga del fuerte olor a cerveza. —Simplemente somos personas distintas. —La subestimación del siglo.
—O sea que erais, ¿qué? ¿Novios de la infancia?
Él se ríe. —Supongo que se podría decir así. ¿Qué tal te fue el resto del día en el trabajo? —Le odio por cambiar de tema.
—Bueno, bien. Nicole y yo hablamos después y creo que las cosas vuelven a estar bien.
Evan asiente. —¿Va a ser difícil trabajar en tu nuevo puesto ahora que sabes que Nicole y yo tuvimos algo hace tiempo?
—Somos adultos —digo—. Quiero decir, ella es ahora una presidenta importante de una empresa. Superó al gran Evan Walker.
Él baja la cabeza. —¿Tú también me dejarás?
Su comentario me pilla por sorpresa, preguntándome por qué iba siquiera a sugerir algo así. —No, claro que no. Eres mi marido.
Él asiente. —Estoy agotado. Buenas noches. —Me da un beso rápido y se da la vuelta.
Sin embargo, ese no era el tipo de beso que quería de mi marido. He estado esperando verle toda la noche. Desde que me sorprendió en mi oficina, he tenido ganas de verle.
Le deseo. Le acaricio la espalda y le beso el hombro.
—Estoy cansado, Alice —dice. Pongo las manos a mis costados.
De nuevo, no es propio de mi marido rechazarme. ¿Cuánto ha bebido en el bar?
—Buenas noches —le digo. Me doy la vuelta hacia el otro lado y me quedo mirando a la pared—. No pasa nada porque hayas ido a un bar esta noche, solo. Pero la próxima vez, ¿puedes escribirme o llamarme para decirme dónde estás? Estaba preocupada.
No responde de inmediato. Estoy a punto de repetirlo cuando finalmente contesta. —De acuerdo, jefa.