La Jefa Capítulo 2
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Capítulo 2

Nicole

¿Cómo ha podido salir todo tan mal, tan rápido?

Yo misma sé la respuesta, por supuesto, pero preferiría no pensar en ello.

Estaba en la cima del mundo, era una líder entre la élite. Un modelo a seguir para las mujeres. He salido en la puta revista Forbes .

Pronto no seré nada.

Miro a mi alrededor, a mi hogar. Las comodidades de mi gran apartamento de lujo en el centro de Toronto no significarán nada cuando esté entre rejas. Cuando miraba a todo el mundo desde mi torre, me sentía en la cima del mundo.

Suspiro. Lo que daría por tener a alguien en quien apoyarme en este momento. Alguien que pudiera calmarme y decirme que todo irá bien.

Pero no tengo a nadie. Estoy completamente sola.

He estado tan centrada en el trabajo que mis amigos de verdad me abandonaron hace mucho tiempo. A los colegas que ascendieron conmigo como ejecutivos me los cargué hace mucho. Al fin y al cabo, eran la competencia. Tenía que adelantarme a ellos.

Sin marido. Sin hijos. Sin tiempo para ninguna de esas cosas.

Hago girar un caro cabernet sauvignon en mi copa, oliéndolo antes de dar otro sorbo. Sigo pensando en todas las decisiones vitales que me han traído hasta donde estoy ahora.

Si mi vida fuera una película, estaría tan condenada como el Titanic . Frunzo el ceño mientras doy otro sorbo, golpeando el borde de la copa con mis largas uñas.

Relleno la copa hasta el borde, casi terminando la botella.

Salgo al balcón y me quedo mirando las luces que brillan en la oscuridad. Antes me apasionaban las vistas. Me apasionaba mi apartamento, mi vida.

Me inclino sobre la barandilla y miro directamente hacia abajo. Me pregunto qué pasaría si soltara la copa y la dejara caer, alcanzando quizás a alguna de las motitas de gente que camina por debajo. Me río y doy un largo sorbo.

Renunciaría a este estilo de vida en un abrir y cerrar de ojos si supiera lo que me espera.

Claro que solo lo veo ahora que me enfrento a una posible pena de cárcel.

Oh, Dios, ¿qué he hecho?

Me quedo mirando la luna llena, disfrutando un momento de su belleza antes de gritar a la oscuridad.

Con el ruido del tráfico de abajo y de la gran metrópolis, nadie me oirá de todas formas, aparte de la pareja de ancianos que vive en el único apartamento que hay en mi planta y los pocos vecinos que hay debajo de mí.

Podría gritar hasta que me estallara la cabeza y a nadie le importaría. Miro hacia abajo desde mi balcón.

A nadie le importaría tampoco si saltara.

El pensamiento me asusta y retrocedo hasta entrar en mi dormitorio. Cierro de un portazo la puerta del balcón y doy otro largo sorbo.

Miro el apartamento. Las caras obras de arte, los muebles, la chimenea. Todo lo que poseo es de lo mejor.

Daría lo que fuera por dejarlo ahora si pudiera.

Todo lo que deseaba durante los últimos quince años era llegar a donde estoy hoy, y ahora desearía no estar aquí. Desearía no ser quien soy. Demonios, a veces desearía no estar viva, por muy triste que sea pensarlo.

Recorro el pasillo y paso por delante de mi cámara de seguridad que apunta a la puerta principal. Hace varios años, un atracador armado consiguió entrar en el edificio y causó problemas a los ricos inquilinos que viven aquí. Después de aquello, decidí instalar mi propio sistema.

Me tranquiliza saber que estoy a salvo si es necesario.

Entro en una habitación más pequeña desde la que trabajo a veces cuando no me encuentro bien y me quedo en casa, lo cual sucede rara vez. Aquí guardo todos mis premios, artículos de prensa colgados y cualquier otra cosa que me alabe.

Primero miro la revista Forbes . —Las mejores ejecutivas del año— reza el artículo. En la portada estoy yo. Doy un largo trago de vino, entornando los ojos, sin reconocer a la mujer segura de sí misma que me devuelve la mirada.

Me siento a mi escritorio. Encima hay una única foto de cuando era niña. Fue cuando pasé el verano con mi tía en su granja. Mi madre pensó que me haría gracia vivir entre ovejas y cerdos. Pensó que me molestaría, pero me encantó.

Miro a mi yo más joven, con mi largo pelo rubio recogido en las coletas que mi tía Thelma me enseñó a hacerme. Sonrío de oreja a oreja dentro del establo con un cerdo enorme al lado. Me río al recordar su nombre. La cerda Gertie.

Mi sonrisa se desvanece al pensar cómo estará hoy la tía Thelma.

Se mudó a una residencia hace poco. Me ha nombrado albacea de su testamento para cuando fallezca, lo que lamentablemente podría ser pronto.

Tendré que decidir qué hacer con la casa destartalada de la tía Thelma y el viejo granero azul.

Tal vez me lo quede solo por nostalgia.

Me pregunto si la tía Thelma está satisfecha con su vida. Ella tampoco tiene hijos ni marido. Solo tenía su granja y, sin embargo, parecía llevar una vida mucho más feliz de la que yo jamás podría tener.

Miro de nuevo la vieja foto. Lo que daría por ser esa niña y empezar de cero.

Tomaría decisiones diferentes, mejores. Decisiones que no me habrían traído hasta donde estoy hoy.

Tal vez me habría casado. Habría tenido hijos. Tendría una vida sencilla . Sería una de esas motitas de gente a las que siempre miro desde mi balcón.

Estuve enamorada hace mucho tiempo. El recuerdo de él me altera, así que doy otro sorbo de vino y dejo la copa en el escritorio; por una vez esta noche, suelto el alcohol.

Abro un cajón y saco unos papeles que me traje ayer del trabajo.

Mañana empieza una nueva empleada en Lovely Beauty Supplies. Una mujer joven a la que busqué personalmente.

Su perfil de LinkedIn no estaba mal. Tenía mucha experiencia en gestión y liderazgo.

Además, está casada y no tiene hijos. Su marido está desempleado la mayor parte del tiempo. Ella nació y creció en Vancouver. Estoy segura de que el traslado a Toronto, lejos de sus amigos y familiares, será duro.

El marido, sin embargo, tiene a su familia viviendo en Ontario.

Han comprado una casa en una zona agradable, a pesar de lo espantosa que es. Una auténtica reforma integral. Era un lugar que hacía que la granja de mi tía pareciera tan lujosa como mi apartamento.

A Alice le gusta el café solo, sin nada. Hay quien dice que eso es síntoma de ser un psicópata, pero no estoy de acuerdo, ya que así es como lo tomo yo.

Conozco sus direcciones de los últimos diez años, también las de su marido.

Sé muchas cosas de Alice Walker, y la mayoría no las aprendí en nuestra entrevista virtual.

Contraté a una buena empresa con la que ya he tratado antes.

Su investigador principal hace un trabajo fantástico.

Al leer sus informes, sentía que conocía a Alice Walker personalmente en lugar de estar leyendo palabras en un trozo de papel.

Cojo mi copa de vino y sonrío antes de dar un largo trago. Me termino la copa y me pregunto si debería abrir otra botella.

Pero es noche de trabajo. Normalmente me limito a dos copas por noche, no a dos botellas.

Miro las fotos robadas que el investigador hizo de Alice Walker. Me tomo mi tiempo mirando las que le hizo a su marido, Evan.

Gracias al informe del investigador, a él también lo conozco bien.

Alice está a punto de empezar su nuevo cargo ejecutivo en LBS. Probablemente esté nerviosa ahora mismo, en su fea casa, con su guapo marido, ansiosa por que llegue mañana. Yo lo estaría. Es la oportunidad de su vida. Si lo hace bien, trepará por la escala corporativa y se labrará un nombre.

Incluso podría ser la próxima... bueno, la próxima yo.

Vuelvo a reírme ante lo absurdo de la situación.

Si no hubiera sido porque encontré su perfil, se habría quedado en Vancouver. Estoy segura de que le habría ido bien, pero mi empresa podría encumbrarla de verdad.

Lástima para ella que no será así.

Su primer día de trabajo mañana es el primer día del fin de sus sueños.

Camino por el pasillo, saludando como una niña tonta a mi cámara de seguridad al pasar.

Si mi vida es el Titanic y me voy a pique, más vale que me lleve a otros cuantos conmigo.

Me detengo ante mi botellero y cojo la botella más cara. Descorcho con agresividad y bebo directamente de la botella.