Capítulo 39 — Lo que queda después de la tormenta
(Punto de vista: Paquita)
Pasaron seis semanas antes de que algo parecido a la normalidad volviera a instalarse en la vida de ambas familias, aunque «normalidad», para entonces, ya significaba algo completamente distinto a lo que había significado antes de que un boxeador y una periodista se tropezaran, literalmente, delante de una tienda de vinos italianos.
El proceso judicial contra Michele Ranieri, Marco Ferretti y el resto de la red avanzaba despacio, como suelen avanzar estas cosas, pero avanzaba en la dirección correcta: cargos por blanqueo de capitales, tráfico de personas, coacciones y extorsión, con pruebas que Vidal describía, en las escasas ocasiones en que hablaba del tema fuera del ámbito estrictamente profesional, como «de las más sólidas que he visto en mi carrera».
Ignacio Serrano afrontó su propio proceso con una dignidad que sorprendió a más de uno de sus antiguos colegas políticos, la mayoría de los cuales había desaparecido de su vida en cuanto la noticia de su dimisión ocupó las portadas durante una semana entera.
Su colaboración activa, la grabación obtenida con enorme riesgo personal, y el hecho de haberse presentado voluntariamente ante la justicia en lugar de esperar a ser descubierto, jugaron exactamente el papel que Vidal había anticipado: una condena reducida, con importantes atenuantes, que Ignacio aceptó sin apelar, sin buscar ningún tipo de artimaña legal para minimizarla más de lo que ya estaba minimizada.
—No busco que me perdonen del todo —le dijo a Paquita, una tarde, mientras ordenaban juntos las cajas de su antiguo despacho ministerial, ya vaciado tras la dimisión—. Busco, simplemente, empezar a merecer, poco a poco, algo parecido al respeto que perdí durante veinte años de silencio.
Amparo se quedó junto a él durante todo el proceso, con una lealtad que ni siquiera Paquita, que llevaba toda la vida viendo a sus padres como una pareja formal más que apasionada, había esperado ver con tanta claridad.
Álvaro, por su parte, dejó su bufete de mayor prestigio para especializarse, con una determinación nueva que sorprendió a toda la familia, en derecho penal económico, «para entender de verdad, esta vez, en qué me estaba equivocando cuando miraba hacia otro lado».
(Punto de vista: Francisco)
Para la familia Campi, las consecuencias legales fueron mucho más sencillas: ninguno de ellos había cometido ningún delito, y la deuda que llevaban veinte años arrastrando —esa deuda que nunca había existido en ningún papel, que solo existía en la memoria y el miedo de quienes la habían heredado sin elegirla— quedó, de facto, completamente anulada con la desarticulación de la organización.
—Se acabó, Cesco —le dijo Luis, una tarde en el gimnasio, mientras remendaba, por enésima vez, la misma lona vieja del ring—. De verdad, esta vez. Nadie va a volver a llamar preguntando por ti.
—Todavía me cuesta creérmelo.
—A mí también. Veinte años esperando este día, y ahora que ha llegado, no sé muy bien qué hacer con la paz.
Edith, por su parte, encontró una manera propia de procesar el fin de aquella larga sombra: empezó, por primera vez en veinte años, a hablar abiertamente de Nápoles, de su marido, de la vida que habían dejado atrás, contándole a Valentina y a Francisco historias que había guardado en silencio durante dos décadas, como si el peso de aquel secreto, finalmente liberado, le hubiera devuelto también el derecho a recordar sin dolor.
—Tu padre habría estado orgulloso de ti —le dijo a Francisco, una noche, mientras cenaban los cuatro en la misma mesa de fórmica de siempre—. No por el boxeo. Por cómo has llevado todo esto. Por no rendirte, ni siquiera cuando todo parecía imposible.
Valentina, que había pasado las últimas semanas procesando el susto del secuestro con la misma resiliencia práctica con la que enfrentaba cada turno en Urgencias, decidió, casi como acto simbólico, apuntarse a clases de defensa personal los sábados por la mañana, «por si acaso», decía, aunque todos en la familia sabían que era, sobre todo, su manera de reclamar de vuelta la sensación de control que aquella noche le habían arrebatado.
(Punto de vista: Paquita)
El reportaje de Paquita, publicado finalmente con la autorización de Vidal una vez que la fase más delicada de la operación judicial quedó asegurada, se convirtió en la pieza periodística más comentada del año, ganándole un reconocimiento profesional que, meses atrás, ni siquiera se había atrevido a imaginar.
Pero cuando le preguntaron, en una entrevista para otro medio, qué era lo que más había significado para ella de toda aquella investigación, Paquita no habló del premio, ni del reconocimiento, ni siquiera de la satisfacción de haber ayudado a desarticular una red criminal.
Habló de las veintitrés personas rescatadas del puerto de Coslada.
Y habló, también, aunque no dio detalles concretos para proteger su intimidad, de haber encontrado, en mitad de la peor investigación de su carrera, a la persona con la que quería compartir el resto de su vida.
(Fin del capítulo 39 — continúa en el Capítulo 40, capítulo final, según el esquema de la biblia narrativa)