Capítulo 38 — Lo que había dentro
(Punto de vista: Paquita)
Llegaron al sector siete justo cuando el equipo de Vidal terminaba de reducir a los últimos hombres armados que quedaban en pie, con las sirenas ya iluminando toda la zona de carga con destellos azules que convertían la escena en algo casi irreal, como sacado de una película que ninguno de los presentes hubiera querido protagonizar nunca.
Los dos contenedores señalados en los documentos de Ranieri estaban allí, con las puertas todavía cerradas, custodiadas ahora por agentes de refuerzo que habían llegado en los últimos minutos, y Vidal, con el chaleco todavía puesto y una herida superficial en el brazo que se negaba a que nadie le mirara todavía, dio la orden de abrirlos con una gravedad que silenció, por un instante, todo el ruido circundante.
Dentro, apretados entre cajas de mercancía legal que servían de camuflaje, había veintitrés personas: mujeres, en su mayoría, algunas apenas mayores que Valentina, y tres menores que ni siquiera llegaban a la adolescencia, todos ellos deshidratados, aterrorizados, parpadeando ante la luz repentina de las linternas como si llevaran mucho más tiempo del que en realidad llevaban encerrados allí dentro.
Paquita sintió que se le rompía algo por dentro al verlos, algo que ninguna cifra en ningún documento, por muy alarmante que fuera, había conseguido hacerle sentir con esa intensidad hasta ese momento exacto.
—Necesitamos asistencia médica y de servicios sociales, ahora —gritó Vidal, coordinando al resto del equipo con una eficiencia que no dejaba espacio para el horror que, sin duda, también ella estaba sintiendo—. Y que alguien traiga mantas. Muchas mantas.
Francisco, junto a Paquita, se quedó mirando la escena con los puños todavía cerrados, con la misma rabia fría que lo había llevado a derribar a Bruno minutos antes, pero también con algo nuevo, algo parecido al alivio de haber llegado, por muy poco, a tiempo.
—Esto es lo que de verdad importaba —dijo, con la voz ronca—. No la deuda. No la venganza. Esto.
(Punto de vista: Vidal)
Durante las siguientes horas, el puerto seco de Coslada se convirtió en un despliegue coordinado de ambulancias, furgones policiales y equipos de la unidad de trata de personas que Vidal había mantenido en reserva, esperando exactamente esta confirmación, durante semanas.
Los veintitrés rescatados fueron trasladados a un centro de atención de emergencia, con traductores y personal médico especializado, mientras el resto del equipo procedía a las detenciones de todos los hombres capturados durante la operación, incluido Bruno, que recuperó la consciencia justo a tiempo para ser esposado y leído sus derechos.
—Con esto —le dijo Vidal a Paquita, ya de madrugada, con el sol empezando a asomar tímidamente sobre las hileras de contenedores—, tenemos suficiente para desmantelar por completo la red de Ranieri en España.
La operación en Italia va a tardar más, pero esto es un golpe que no se van a recuperar fácilmente.
—¿Y mi padre?
—Su padre va a enfrentar cargos, Paquita.
No voy a mentirle sobre eso. Pero su colaboración activa, la grabación que consiguió a pesar del riesgo, y la comparecencia pública de esta tarde van a pesar mucho a su favor ante el juez.
—Vidal le puso una mano en el hombro, con un gesto que sorprendió a Paquita, viniendo de alguien que había mantenido una distancia profesional durante toda la investigación—.
Ha hecho lo correcto, al final. Eso cuenta. Siempre cuenta.
Paquita asintió, agotada, con la adrenalina de la noche empezando a dar paso a un cansancio que le pesaba en cada músculo del cuerpo, y buscó con la mirada a Francisco, que en ese momento hablaba con uno de los agentes de la unidad de trata, ayudando con la traducción de algunas palabras en italiano que una de las mujeres rescatadas necesitaba comunicar con urgencia.
Lo vio arrodillarse junto a ella, hablándole con la misma calma paciente que había usado con el joven armado horas antes, y sintió, en mitad de todo el caos y el agotamiento de aquella noche interminable, algo parecido a la certeza absoluta de que aquel hombre —el boxeador con la nariz torcida que había conocido tropezando frente a una caja de vino roto— era, sin ninguna duda, la persona con la que quería seguir construyendo su vida.
(Punto de vista: Francisco)
Amaneció por completo mientras los últimos furgones policiales abandonaban el puerto, y Francisco, sentado en el borde de una de las plataformas de carga, con Paquita apoyada contra su hombro y el cuerpo entero dolorido de una manera que ningún combate le había hecho doler nunca, sintió que, por primera vez en meses, la tensión constante que llevaba cargando en el pecho empezaba, por fin, a aflojarse.
—Se acabó —dijo, casi sin creérselo del todo.
—Se acabó Ranieri —corrigió Paquita, con la cautela de quien ha aprendido, durante meses de investigación, a no dar nunca nada por completamente resuelto—. Pero todavía queda mucho por reconstruir. Tu familia. La mía. Lo que hizo mi padre. Lo que le pasó al tuyo.
—Lo sé. —Francisco le besó el pelo, con un cansancio dulce que no había sentido nunca después de ninguna victoria en el ring—. Pero por primera vez en mucho tiempo, siento que podemos reconstruirlo juntos, en lugar de cada uno cargando su propia parte por separado.
El sol terminó de salir sobre el puerto seco de Coslada, iluminando las hileras de contenedores vacíos, los últimos rastros de cinta policial ondeando en el viento de la mañana, y a dos personas que, meses atrás, no tenían ningún motivo para conocerse, sentadas juntas al final de la noche más larga de sus vidas, con la certeza compartida de que lo peor, por fin, había quedado atrás.
(Fin del capítulo 38 — continúa en el Capítulo 39, según el esquema de la biblia narrativa)