La jaula Capítulo 37 — El último asalto
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Capítulo 37 — El último asalto

(Punto de vista: Francisco)

—Baja el arma —dijo Francisco, con la voz calmada, casi paternal, la misma que usaba a veces con los chavales de dieciséis años que entrenaban en el gimnasio de Luis—. Sea lo que sea lo que te han prometido, sea lo que sea lo que te deben, no vale la pena que cargues con esto el resto de tu vida.

El joven dudó, con el arma todavía temblándole en las manos, y por un instante, Francisco creyó que la situación iba a resolverse sin más violencia. Pero entonces, desde el extremo opuesto del pasillo de contenedores, una voz mucho más segura, mucho más peligrosa, rompió el momento.

—Baja tú el arma, chaval. Y déjame a mí encargarme de esto.

El hombre que avanzaba hacia ellos era el mismo que Francisco recordaba de la paliza semanas atrás: el más grande de los tres que lo habían emboscado a la salida del reparto, con el cuello ancho y los nudillos hinchados de quien resuelve sus problemas exactamente de la misma manera desde hace demasiados años.

—Bruno —dijo Francisco, recordando el nombre que uno de los otros hombres había pronunciado esa noche, meses atrás—. Vaya, el señor Ranieri sí que confiaba en ti para dirigir esto.

—El señor Ranieri está detenido gracias a vosotros.

Alguien tiene que asegurarse de que, al menos, esta parte del negocio no se pierda por completo.

—Bruno hizo un gesto hacia el joven con el arma, que se apartó de inmediato, aliviado de tener una excusa para no seguir apuntando a nadie—. Vete. Yo me encargo de Campi.

El joven desapareció entre los contenedores sin mirar atrás, y Francisco se quedó a solas con Bruno, en el mismo pasillo estrecho, con el sonido del tiroteo todavía audible a lo lejos, mezclado ahora con las sirenas que empezaban a acercarse desde la autovía.

—No tienes escapatoria, Bruno. La policía está aquí. Vidal tiene pruebas de sobra.

—Puede que no tenga escapatoria, Campi. Pero sí tengo tiempo suficiente para asegurarme de que esta noche no se te olvide nunca.

Se lanzó contra él sin previo aviso, con una fuerza bruta que Francisco había sentido ya una vez, semanas atrás, tirado en el suelo de un callejón mientras tres hombres lo convertían en un mensaje para su tío. Pero esta vez, Francisco no estaba indefenso, ni sorprendido, ni en desventaja numérica.

Esta vez, estaba preparado.

Bruno pegaba fuerte, con la potencia bruta de alguien acostumbrado a ganar por pura intimidación física, pero Francisco, trece años de ring encima, reconoció de inmediato los patrones de un peleador sin técnica real: golpes anchos, previsibles, que gastaban mucha más energía de la necesaria y dejaban, cada vez, un hueco perfecto en la guardia.

Esquivó el primer gancho, dejó que el segundo le rozara apenas el hombro, y aprovechó el desequilibrio momentáneo de Bruno para colocar un golpe seco en las costillas que le arrancó todo el aire de los pulmones.

—Peleas como alguien acostumbrado a que la gente tenga demasiado miedo como para devolver los golpes —dijo Francisco, esquivando otro ataque descontrolado—. Yo llevo toda la vida entrenando exactamente para dejar de tener ese miedo.

Bruno rugió de frustración y se lanzó de nuevo, esta vez con más rabia que estrategia, y Francisco, en lugar de retroceder, avanzó hacia él, dentro de su alcance, donde la fuerza bruta de Bruno perdía todo su efecto y la técnica de Francisco encontraba, por fin, el espacio perfecto para trabajar.

Tres golpes. Solo necesitó tres golpes bien colocados —al hígado, a la mandíbula, y un último gancho que conectó exactamente en el mismo punto donde había derribado a Yusupov semanas atrás— para que Bruno cayera al suelo del pasillo de contenedores, sin conocimiento, dejando atrás un silencio que contrastaba enormemente con el caos que seguía desatándose en el resto del puerto.

(Punto de vista: Paquita)

Lo encontró minutos después, todavía agitado, con los nudillos ensangrentados y a Bruno inconsciente a sus pies, en el mismo instante en que dos agentes de Vidal llegaban corriendo por el pasillo, alertados por el silencio repentino que había sustituido al ruido de la pelea.

—¡Francisco!

—Estoy bien. —Sonrió, con el labio otra vez partido, aunque esta vez la sonrisa le llegó de verdad a los ojos, con el alivio genuino de verla sana y salva—. No deberías haber venido sola.

—Tú tampoco deberías haberte separado del equipo, y aquí estamos los dos, vivos, así que no te atrevas a darme lecciones ahora mismo.

Se abrazaron, en mitad del pasillo, con el resto de la operación todavía resolviéndose a su alrededor, y por un momento, breve pero completo, ninguno de los dos necesitó decir nada más.

—Tenemos que ayudar con los contenedores —dijo Francisco finalmente, separándose de ella con una urgencia renovada—. Hay gente ahí dentro, Paquita. Gente que necesita que esto termine bien esta misma noche.

(Fin del capítulo 37 — continúa en el Capítulo 38, según el esquema de la biblia narrativa)