Capítulo 36 — Coslada
(Punto de vista: Francisco)
El puerto seco de Coslada, de noche, tenía la escala inquietante de una ciudad fantasma: hileras de contenedores apilados hasta perderse en la oscuridad, grúas inmóviles recortadas contra un cielo sin estrellas, el zumbido lejano de la autovía como único recordatorio de que Madrid seguía existiendo a pocos kilómetros de distancia.
El equipo de Vidal se había desplegado en posiciones estratégicas alrededor del área señalada como el punto de carga —una zona concreta, apartada del resto de la actividad logística legal, donde los documentos incautados a Ranieri señalaban que el cargamento especial iba a moverse esa misma noche—, con Paquita en el puesto de mando móvil, coordinando la identificación de cada persona que aparecía en las cámaras de vigilancia improvisadas.
—Tenemos movimiento en el sector siete —dijo la voz de Paquita a través del auricular de Francisco, con una firmeza profesional que escondía, apenas, la tensión de fondo—. Tres hombres, armados, custodiando dos contenedores que no coinciden con la documentación oficial de carga.
—Recibido —contestó Vidal, agazapada junto a Francisco y a dos de sus agentes, tras una hilera de contenedores vacíos que les servía de cobertura—.
Nos acercamos con precaución. Nadie dispara hasta que yo lo ordene, y solo si es estrictamente necesario.
Hay vidas civiles potencialmente dentro de esos contenedores.
Avanzaron en silencio, agachados, con la adrenalina acelerando cada sentido de Francisco hasta un punto que ni el combate más importante de su carrera había conseguido nunca.
Llevaba semanas esperando ese momento, temiéndolo y deseándolo a partes iguales, y ahora que por fin estaba allí, sintió una calma extraña instalarse sobre el miedo, la misma calma que sentía en los segundos previos a que sonara la campana de un combate.
Todo se torció en cuestión de segundos.
Uno de los hombres que custodiaban los contenedores levantó la vista en el momento exacto en que el equipo de Vidal cruzaba el último tramo abierto antes de la cobertura definitiva, y el grito de alarma que soltó desató el caos de inmediato: disparos, gente corriendo en todas direcciones, el sonido metálico de las puertas de los contenedores abriéndose de golpe mientras los hombres de la organización intentaban, desesperadamente, poner en marcha los camiones antes de que la operación policial les cerrara por completo la salida.
—¡Francisco, cuidado! —el grito de Vidal llegó una fracción de segundo antes de que un disparo impactara contra el contenedor a escasos centímetros de donde Francisco se había agachado, obligándolo a rodar hacia un lateral, separándose del resto del grupo en el caos del tiroteo.
(Punto de vista: Paquita)
Desde el puesto de mando, Paquita vio, a través de las cámaras de baja resolución que el equipo había instalado esa misma tarde, cómo la operación se fragmentaba en cuestión de minutos: Vidal y dos agentes avanzando hacia el sector siete, otro grupo intentando cortar la salida de los camiones por el lado norte, y Francisco —su corazón se detuvo un instante al perder su señal en la pantalla principal— desapareciendo de la vista de las cámaras, separado del resto del equipo en algún punto entre los contenedores.
—Francisco, ¿me recibes? —Silencio—. Francisco, responde.
Nada.
—Vidal, he perdido a Francisco. No aparece en ninguna cámara.
La voz de Vidal, al otro lado del auricular, sonó tensa pero controlada, la de alguien acostumbrado a gestionar el caos sin perder la cabeza.
—Recibido. Mantén la calma, Paquita. Voy a mandar refuerzo hacia su última posición conocida. Tú sigue coordinando la identificación de objetivos, es la mejor forma que tienes de ayudarlo desde ahí.
Pero Paquita, mirando la pantalla en blanco donde debería haber estado la señal de Francisco, sintió que la calma profesional que había mantenido durante toda la operación empezaba a resquebrajarse, sustituida por un miedo mucho más simple, mucho más personal, que ninguna formación periodística la había preparado para gestionar.
—No pienso quedarme aquí sentada mientras él está solo ahí dentro.
Se quitó los auriculares, ignorando las protestas del agente que la acompañaba en el puesto de mando, y salió corriendo hacia la oscuridad del puerto, hacia el mismo caos del que Vidal le había pedido que se mantuviera al margen.
(Punto de vista: Francisco)
Francisco se incorporó despacio, con el corazón acelerado y el oído derecho pitando por la cercanía del disparo, y se encontró completamente solo, separado del resto del equipo, en un pasillo estrecho entre dos hileras de contenedores donde el sonido del tiroteo llegaba amortiguado, distante, como si perteneciera a otra realidad.
Frente a él, bloqueando la única salida visible del pasillo, un hombre que Francisco no había visto nunca —joven, nervioso, con un arma temblándole ligeramente en las manos— lo apuntaba directamente, con la expresión de alguien que no estaba, en absoluto, preparado para la situación en la que se encontraba.
—No te muevas.
Francisco levantó las manos despacio, calculando, con la misma frialdad que aplicaba a cualquier situación de peligro real, las opciones que tenía delante: la distancia entre ambos, el temblor visible en las manos del joven, la posibilidad, siempre presente, de que un disparo accidental pudiera ser tan letal como uno deliberado.
—Tranquilo —dijo Francisco, con la voz más calmada de la que se sintió capaz—. No quiero hacerte daño. Solo quiero saber qué hay en esos contenedores.
—Cállate.
—¿Sabes lo que estás protegiendo esta noche? ¿Sabes de verdad qué hay dentro de esos contenedores que custodiabas?
El joven vaciló, apenas un instante, pero lo suficiente para que Francisco notara la duda genuina cruzándole el rostro, la posibilidad, quizás, de que aquel muchacho fuera solo un peón más de la organización, tan atrapado en aquella red como los propios Campi lo habían estado durante veinte años.
Fue en ese instante de duda cuando Francisco decidió actuar.
(Fin del capítulo 36 — continúa en el Capítulo 37, según el esquema de la biblia narrativa)