Capítulo 35 — No sin mí
(Punto de vista: Paquita)
—No vas a venir.
Francisco lo dijo con la misma firmeza con la que anunciaba el peso exacto que iba a defender en un combate, sin dejar espacio aparente para la discusión, mientras terminaba de revisar el equipo que Vidal les había proporcionado para la operación de esa noche: chalecos, comunicadores, un plano detallado del puerto seco de Coslada marcado con las rutas de acceso y los puntos ciegos de la vigilancia.
—Claro que voy a ir.
—Paquita, esto no es una investigación periodística. Es una operación policial en un puerto lleno de gente armada, dispuesta a todo con tal de proteger un cargamento de personas. No es lugar para ti.
—¿Y sí es lugar para ti? —Paquita se cruzó de brazos, con la misma tozudez que llevaba usando durante toda la relación cada vez que Francisco intentaba, con la mejor de las intenciones, dejarla fuera de algo peligroso—.
Llevo meses investigando esta red. Conozco cada nombre, cada empresa, cada conexión mejor que cualquier agente del equipo de Vidal.
Y no pienso quedarme en casa, esperando noticias, mientras tú te juegas la vida en el mismo sitio donde yo he puesto la mía en riesgo desde el principio.
—Es exactamente por eso por lo que no quiero que vengas. Porque ya te has jugado suficiente.
—Y tú también. Y aun así estás ahí, preparando el equipo, sin ninguna intención real de quedarte en casa esta noche.
—Paquita dio un paso hacia él, con los ojos brillantes de una determinación que Francisco reconocía perfectamente, porque era la misma que él mismo sentía cada vez que se subía a un ring—.
No me pidas que haga algo que tú mismo no serías capaz de hacer.
Francisco se quedó en silencio, atrapado entre la lógica innegable del argumento de Paquita y el miedo, mucho más simple, mucho más humano, de perderla en una operación que ninguno de los dos podía garantizar que saliera bien.
—Si te pasa algo—
—No me va a pasar nada que no le pueda pasar también a ti.
—Paquita le tomó la cara entre las manos, con una ternura que contrastaba con la firmeza de sus palabras—.
Estamos en esto juntos, Francisco. Desde el primer día que discutimos por una caja de vino rota.
No pienso dejar que ahora, en el momento más importante de todos, me digas que me quede en la retaguardia mientras tú corres el riesgo real.
(Punto de vista: Francisco)
Vidal, que había estado escuchando la discusión desde el otro extremo de la trastienda mientras terminaba de revisar los últimos detalles del operativo con dos de sus agentes, finalmente intervino, zanjando la disputa con la autoridad práctica de quien lleva veinte operaciones similares a sus espaldas.
—Paquita puede venir. Pero en el puesto de mando, no en la zona de intervención directa.
Necesito a alguien que conozca cada nombre y cada conexión de esta red para coordinar la identificación en tiempo real, y nadie en mi equipo conoce el caso mejor que ella.
—Vidal miró a Francisco, anticipando su protesta—.
Y tú, Campi, vas a seguir exactamente el plan que hemos diseñado.
Nada de heroísmos individuales esta vez. Lo digo muy en serio.
—Entendido.
—No suena muy convencido.
—Estoy convencido —dijo Francisco, con una sonrisa cansada que era, en parte, una disculpa anticipada—. Pero también sé que si algo sale mal ahí dentro, y hay vidas en juego, no voy a poder quedarme parado esperando instrucciones.
Vidal lo observó un largo momento, sopesando la sinceridad brutal de la respuesta, y finalmente asintió, con la resignación de quien ha aprendido a trabajar con lo que tiene, en lugar de con lo que idealmente querría tener.
—Entonces, al menos, avísame antes de improvisar. Es lo único que te pido.
Esa noche, mientras el equipo terminaba de prepararse para la operación, Francisco se quedó un momento a solas con Paquita, en el mismo parque de las Vistillas donde se habían encontrado la primera vez que hablaron de Ranieri, con Madrid extendiéndose ante ellos, ajena por completo a la operación que estaba a punto de desarrollarse a pocos kilómetros de distancia.
—Pase lo que pase esta noche —dijo Francisco, tomándole la mano—, quiero que sepas que estos meses contigo han sido lo mejor que me ha pasado en mucho tiempo. Independientemente de cómo termine todo esto.
—No hables como si esto fuera una despedida.
—No lo es. Es solo… la verdad. Quería decírtela antes de entrar ahí.
Paquita lo besó, con una intensidad que llevaba toda la relación conteniendo bajo capas de bromas y comidas familiares y citas que fingían no ser citas, y por un momento, breve pero completo, ambos consiguieron olvidar el peligro que los esperaba esa misma noche.
—Vamos a salir de esto juntos —dijo ella finalmente, con la misma determinación con la que había investigado cada documento, cada empresa, cada mentira durante los últimos meses—. Los dos. Eso es lo único que pienso aceptar.
(Fin del capítulo 35 — continúa en el Capítulo 36, según el esquema de la biblia narrativa)