Capítulo 34 — Lo que Ignacio decide perder
(Punto de vista: Ignacio)
La noticia de la detención de Michele Ranieri corrió por los despachos del Ministerio antes incluso de que Ignacio hubiera conseguido dormir una hora completa.
Para el mediodía siguiente, su secretaria le informó, con la voz tensa de quien sabe que está a punto de entregar una mala noticia, que dos periodistas de otros medios ya habían empezado a hacer preguntas sobre una posible relación entre el Secretario de Estado y la operación policial de la noche anterior.
Ignacio se quedó en su despacho, solo, con la misma vista de siempre sobre un Madrid que ya no le parecía suyo, y tomó la decisión más difícil de toda su carrera: en lugar de esperar a que la verdad saliera a la luz filtrada, distorsionada, convertida en el peor titular posible, decidió contarla él mismo.
—¿Estás seguro de esto? —le preguntó Álvaro, esa misma tarde, en el despacho familiar, con la carpeta de documentos legales que llevaba preparando en secreto desde hacía días, esperando exactamente este momento—. Una vez que lo digas en público, no hay vuelta atrás.
—Ya no hay vuelta atrás desde hace mucho tiempo, Álvaro.
Solo estaba retrasando lo inevitable. —Ignacio se ajustó la corbata frente al espejo del despacho, con las manos más firmes de lo que esperaba, como si la decisión tomada le hubiera devuelto, por fin, algo de la dignidad perdida durante meses de cesiones silenciosas—.
Y prefiero contarlo yo, con mis propias palabras, admitiendo mi responsabilidad, a que lo cuente otra persona con la intención de destruirme por completo.
Paquita entró en el despacho en ese momento, con Francisco a su lado —todavía con el labio partido y un moretón amarillento en la mandíbula, recuerdos frescos de la pelea con Ferretti—, y se quedó mirando a su padre con una mezcla de orgullo y tristeza anticipada.
—¿Cuándo es la rueda de prensa?
—En una hora.
—Voy contigo.
—Paquita, no tienes por qué—
—Voy contigo, papá. Como tu hija, no como periodista.
—Le tomó la mano, con una firmeza que Ignacio reconoció, una vez más, como el reflejo exacto de la suya propia, cuando todavía tenía la valentía necesaria para usarla sin miedo—.
Se acabaron los secretos en esta familia.
Si vas a contar la verdad, no vas a hacerlo solo.
(Punto de vista: Paquita)
La rueda de prensa se celebró en una sala pequeña del Ministerio, con apenas una docena de periodistas presentes, ninguno de ellos esperando la magnitud de lo que estaban a punto de escuchar.
Ignacio subió al atril con Amparo, Álvaro y Paquita detrás de él, en una imagen que ningún asesor de comunicación habría recomendado nunca, pero que a Ignacio, en ese momento, le pareció la única correcta.
—He decidido comparecer hoy para informar de mi dimisión inmediata como Secretario de Estado de Infraestructuras y Puertos, y para asumir, de manera pública, mi responsabilidad en una serie de decisiones que, a lo largo de los últimos años, comprometieron mi cargo debido a presiones de una organización criminal a la que, en su momento, hace ya casi dos décadas, quedé vinculado por circunstancias que hoy también voy a hacer públicas.
Un murmullo recorrió la sala. Las cámaras, que hasta ese momento habían grabado con la rutina de cualquier comparecencia menor, empezaron a acercarse, sintiendo que algo mucho más grande de lo esperado estaba a punto de salir a la luz.
Ignacio habló durante casi veinte minutos, sin notas, con una honestidad que Paquita no le había visto nunca en público: contó la donación irregular de hace diecisiete años, contó los favores acumulados con el paso de los años, contó —sin dar todavía todos los detalles de aquella noche en Nápoles, que reservó para la investigación judicial en curso— que su implicación con Michele Ranieri tenía raíces mucho más antiguas y mucho más personales de lo que cualquiera hubiera imaginado.
No pidió perdón de forma vacía. No intentó minimizar su responsabilidad. Simplemente, contó la verdad, con la voz temblando en algunos momentos pero sin quebrarse del todo, y cuando terminó, se quedó de pie, esperando las preguntas que sabía que iban a llegar como una tormenta.
(Punto de vista: Francisco)
Francisco observó toda la comparecencia desde el fondo de la sala, junto a Luis, sintiendo una mezcla extraña de satisfacción y preocupación que no supo del todo cómo nombrar.
Satisfacción, porque ver a Ignacio asumir públicamente su responsabilidad, después de meses de cobardía silenciosa, tenía algo de justicia reparadora.
Preocupación, porque sabía, por las conversaciones de los últimos días con Vidal, que aquella comparecencia, por muy valiente que fuera, no resolvía el problema más urgente de todos.
—Esto no detiene el envío —le susurró Luis, leyéndole el pensamiento con la facilidad de veinte años de convivencia—. Ranieri está detenido, pero la operación en el puerto sigue en marcha, ¿verdad?
—Vidal me lo confirmó esta mañana. Los mandos intermedios de la organización no dependen directamente de que Ranieri esté libre o no. El cargamento sigue programado para moverse en menos de cuarenta y ocho horas.
Luis se quedó en silencio, procesando la magnitud de lo que quedaba por delante, y Francisco, mirando a Paquita en el atril, sosteniendo la mano de su padre mientras este afrontaba las preguntas más duras de toda su carrera, entendió que la verdadera batalla —la que de verdad importaba, la que podía salvar vidas reales en lugar de solo reputaciones— todavía estaba por librarse.
En el puerto seco de Coslada.
En menos de dos días.
(Fin del capítulo 34 — continúa en el Capítulo 35, según el esquema de la biblia narrativa)