Capítulo 33 — Extracción
(Punto de vista: Francisco)
Francisco no esperó ninguna orden. En cuanto Vidal dijo «nos movemos», ya estaba fuera de la furgoneta, corriendo hacia la Enoteca con una velocidad que ni siquiera sus mejores entrenamientos habían conseguido sacarle nunca, ignorando los gritos de Vidal detrás de él pidiéndole que esperara al resto del equipo.
Dentro de la Enoteca, la situación se había descontrolado de una forma que ninguno de los presentes había previsto del todo.
Ferretti sostenía a Ignacio contra la pared, con el micrófono arrancado ya de su camisa, mientras Ranieri, con la calma fría que lo caracterizaba incluso en los momentos de mayor tensión, examinaba el pequeño dispositivo entre los dedos.
—Un micrófono, Ignacio. De verdad. —Ranieri negó con la cabeza, casi con tristeza—. Después de todo lo que hemos hablado hoy, después de todo lo que le he confiado sin necesidad, resulta que llevaba esto puesto todo el tiempo.
—Michele, puedo explicarlo—
—No hay nada que explicar. —Ranieri hizo un gesto hacia Ferretti, que apretó el agarre sobre Ignacio con una fuerza que le arrancó un gemido de dolor—. Lo que sí necesito saber es dónde está el receptor de esta grabación. Y quién más está escuchando en este preciso momento.
Fue entonces cuando la puerta de la Enoteca se abrió de golpe, y Francisco entró como una tromba, sin ningún plan claro más allá de sacar a Ignacio de allí con vida.
—¡Suéltalo!
Ranieri se giró hacia él con una sonrisa que, por primera vez desde que se conocían, contenía algo genuinamente parecido a la sorpresa.
—Campi. Vaya. La familia al completo, reunida esta noche.
Ferretti soltó a Ignacio y avanzó hacia Francisco con los puños ya cerrados, y lo que siguió fue el combate más importante y menos técnico de toda la carrera de Francisco: no hubo estrategia, ni cálculo de ángulos, ni la disciplina fría de un ring reglamentario.
Hubo, simplemente, dos hombres decididos a hacerse daño el uno al otro con toda la rabia acumulada de meses de amenazas, de familias destrozadas, de deudas que ninguno de los dos había elegido cargar.
Francisco recibió un golpe en la mandíbula que lo hizo tambalearse, devolvió otro que abrió la ceja de Ferretti en el mismo punto exacto donde él mismo llevaba la cicatriz de tantos combates anteriores, y durante unos segundos que le parecieron eternos, el mundo se redujo a puños, sudor y el sonido de botellas de vino rompiéndose contra el suelo de la Enoteca.
(Punto de vista: Vidal)
Vidal y su equipo entraron menos de un minuto después, con las armas reglamentarias en alto, gritando identificaciones policiales que, en el caos del momento, apenas nadie escuchó del todo.
Ranieri, lejos de intentar huir, se quedó completamente quieto, con las manos abiertas, calculando en cuestión de segundos que la resistencia, en aquel momento, solo empeoraría su situación legal.
—Elena Vidal, Unidad de Delincuencia Económica y Fiscal. Michele Ranieri, queda detenido por blanqueo de capitales, coacciones y organización criminal.
—Va a necesitar pruebas mucho más sólidas que esto para que la detención se sostenga, inspectora —dijo Ranieri, con una calma que ya empezaba a sonar más a fachada que a convicción real.
—Tengo pruebas de sobra —contestó Vidal, mostrándole un pequeño receptor que llevaba encima—.
El micrófono ha estado transmitiendo en directo desde el momento en que el señor Serrano entró por esa puerta.
Hemos escuchado cada palabra de su conversación, incluyendo la parte en la que confirma, personalmente, la naturaleza de la operación logística del puerto de Coslada y su verdadero propósito.
El rostro de Ranieri, por primera vez en toda la novela, perdió por completo la compostura.
—Eso es imposible.
—El dispositivo que le han quitado a Ignacio era un señuelo, señor Ranieri.
Uno bastante evidente, la verdad, diseñado precisamente para que lo encontraran y bajaran la guardia.
El transmisor real estaba cosido en el forro de su chaqueta.
—Vidal esposó a Ranieri con una satisfacción profesional que no intentó disimular—.
Gracias por confirmarnos, con todo lujo de detalles, exactamente lo que necesitábamos escuchar.
(Punto de vista: Francisco)
Francisco, con el labio partido y la respiración entrecortada, vio cómo dos agentes reducían a Ferretti en el suelo, esposándolo mientras este seguía maldiciendo en italiano, y cómo Ignacio, todavía tembloroso pero vivo, se dejaba caer en una silla, con Paquita —que había entrado corriendo tras el equipo de Vidal, incapaz de quedarse esperando fuera— abrazándolo con una fuerza que llevaba meses conteniendo.
—Papá. Papá, ¿estás bien?
—Estoy bien, hija. Estoy bien.
Francisco buscó los ojos de Paquita por encima del hombro de su padre, y en la mirada que compartieron, breve pero cargada de todo lo que habían pasado juntos en los últimos meses, entendió que aquella noche, por primera vez desde que Michele Ranieri había reaparecido en su vida, habían ganado algo real.
No la guerra entera.
Pero sí una batalla que, hasta esa misma tarde, ninguno de ellos había estado seguro de poder ganar.
(Fin del capítulo 33 — continúa en el Capítulo 34, según el esquema de la biblia narrativa)