Capítulo 32 — El precio de Manolo
(Punto de vista: Francisco)
Nadie sospechó de Manolo. ¿Por qué iban a hacerlo?
Llevaba años organizando los combates clandestinos del sótano, cobrando su comisión, quejándose del frío en invierno y del calor en verano, formando parte del paisaje del barrio con la misma naturalidad que la panadería de la esquina o el bar donde Luis tomaba su café cada mañana.
Nadie pensó, ni por un segundo, que pudiera ser el punto débil de todo el plan.
Pero Manolo tenía deudas propias —de juego, de las malas, acumuladas durante años de apuestas que él mismo organizaba pero que también, en secreto, practicaba— y cuando dos hombres con acento italiano se presentaron en su sótano tres días antes, ofreciéndole una cantidad de dinero suficiente para saldar todas esas deudas de golpe, a cambio simplemente de «mantener los oídos abiertos» sobre cualquier movimiento extraño relacionado con Francisco Campi, Manolo no lo pensó demasiado.
No fue información dramática lo que entregó.
Fue algo mucho más sencillo, mucho más devastador en su simplicidad: comentó, sin darle mayor importancia, que Francisco llevaba días yendo y viniendo del gimnasio con una mujer policía, y que en la trastienda del local se habían celebrado un par de reuniones extrañas, con caras que no eran las habituales del barrio.
Fue suficiente.
(Punto de vista: Ignacio)
Ignacio no lo supo hasta que ya estaba sentado frente a Michele Ranieri, en la misma mesa del fondo de la Enoteca donde semanas atrás habían cerrado el trato original, con el micrófono diminuto pegado bajo la camisa y el corazón latiéndole con una intensidad que temía que fuera audible incluso a través de la grabación.
—Ignacio. Qué puntual.
—Quería cerrar esto cuanto antes.
—Me alegra escucharlo. —Ranieri le sirvió una copa de vino que Ignacio no tocó, exactamente igual que la primera vez—. Aunque, antes de hablar de contratos, me gustaría hablar de otra cosa. Algo que me ha llegado esta misma mañana, y que me tiene… intrigado.
Ignacio sintió que el estómago se le encogía.
—¿De qué se trata?
—De una policía. Una inspectora, para ser exactos, que según me cuentan ha estado reuniéndose con cierta frecuencia en el gimnasio de los Campi.
—Ranieri lo observó con la misma calma estudiada de siempre, aunque esta vez había algo distinto en su mirada, algo mucho más peligroso—. ¿Sabe usted algo de eso, Ignacio?
—No tengo ni idea de qué me está hablando.
—Qué extraño. Porque también me cuentan que usted ha estado bastante ausente últimamente.
Reuniones que no aparecen en su agenda oficial.
Llamadas que hace desde teléfonos que no son el suyo habitual.
—Ranieri se inclinó levemente hacia adelante, con una sonrisa que ya no tenía ni rastro de cordialidad—.
Empiezo a preguntarme, Ignacio, si esta reunión de hoy es realmente para cerrar un contrato, o si es para otra cosa completamente distinta.
Ignacio sintió que el sudor le corría por la espalda, bajo la camisa, cerca de donde el micrófono seguía grabando cada palabra de aquella conversación que, de un momento a otro, podía convertirse en una sentencia de muerte.
—No sé de qué está hablando —repitió, intentando que la voz no le temblara—. He venido a firmar el contrato. Nada más.
—Entonces no le importará que le registre, antes de continuar esta conversación.
(Punto de vista: Francisco)
A dos manzanas de allí, en la furgoneta de vigilancia improvisada que Vidal había conseguido para la operación, Francisco escuchó, a través del auricular, cómo la conversación entre Ignacio y Ranieri se tensaba de golpe, cómo la voz calmada de Ranieri daba paso a una orden fría y directa.
—Que lo registren.
—Tenemos que sacarlo de ahí —dijo Francisco, con el corazón acelerado, incorporándose en el asiento con una urgencia que Vidal reconoció de inmediato.
—Espera. Todavía no.
—¡Van a encontrar el micrófono, Vidal! ¡Van a matarlo!
—Si entramos ahora, sin pruebas suficientes ni orden judicial, perdemos toda la operación, y probablemente perdemos también a Ignacio de todas formas, además de exponer a todo el equipo.
—Vidal, con las manos ya sobre los mandos de la radio, se giró hacia Francisco con una expresión que mezclaba la misma tensión que él sentía con una disciplina forjada en años de operaciones similares—.
Dame treinta segundos. Solo treinta segundos, para confirmar la situación exacta antes de movernos.
Francisco contó cada uno de esos treinta segundos con el corazón en la garganta, escuchando a través del auricular el sonido de manos palpando la ropa de Ignacio, el silencio tenso que precedía al momento en que encontraran, inevitablemente, el dispositivo escondido bajo su camisa.
—Lo han encontrado —dijo Vidal, con la voz repentinamente fría, profesional, cortando cualquier atisbo de duda—. Equipo, nos movemos. Ahora.
(Fin del capítulo 32 — continúa en el Capítulo 33, según el esquema de la biblia narrativa)