Capítulo 31 — Veinticuatro horas
(Punto de vista: Vidal)
Volvieron a reunirse en la trastienda del gimnasio antes de que amaneciera, con Valentina ya en casa, custodiada discretamente por uno de los agentes de Vidal, y con un reloj mental corriendo en la cabeza de todos los presentes que ninguno necesitaba mirar en un móvil para sentir su peso.
—Veinticuatro horas no es tiempo suficiente para montar el operativo completo que teníamos planeado —dijo Vidal, extendiendo sobre la mesa un plano del puerto seco de Coslada que había conseguido esa misma madrugada—.
Pero es tiempo suficiente para adelantar la fase crítica: conseguir la grabación de Ignacio con Ranieri, y usarla como base para una intervención de emergencia.
—¿Y el contrato? —preguntó Francisco—. Ranieri espera que Paquita convenza a su padre de firmarlo.
—Ahí está nuestra ventaja —dijo Ignacio, que había llegado apenas unos minutos antes, con el aspecto de un hombre que llevaba toda la noche sin dormir pero con una determinación nueva en la mirada que Paquita no le había visto en meses—.
Voy a fingir que accedo. Voy a pedir una reunión con Ranieri para «cerrar los detalles finales» del contrato, y voy a llevar el micrófono que la inspectora me facilitó hace días.
Si consigo que hable con suficiente claridad sobre la naturaleza de la operación, tendremos la prueba que necesitamos para actuar de inmediato.
—Es muy arriesgado —dijo Paquita, con la voz tensa—. Si sospecha algo—
—Lo sé, hija. Pero es exactamente el riesgo que acordé asumir.
—Ignacio la miró con una firmeza tranquila que contrastaba con el hombre asustado de semanas atrás—.
Y ahora, después de lo de Valentina, ya no se trata solo de mi conciencia.
Se trata de que esta gente no va a parar hasta que alguien los detenga de verdad.
Luis, que había estado estudiando el plano del puerto con la misma concentración que aplicaba a estudiar a un rival antes de un combate, señaló un punto concreto de las instalaciones.
—Si la reunión con Ranieri se hace aquí, en el puerto, en lugar de en la Enoteca, tendremos un problema añadido: es un espacio mucho más grande, más difícil de vigilar de cerca sin que se note nuestra presencia.
—Por eso mismo vamos a insistir en que la reunión sea en la Enoteca —dijo Vidal—. Es terreno que ya conocemos, más fácil de cubrir con un equipo reducido. El puerto lo dejamos para la operación final, una vez tengamos la grabación y la orden judicial correspondiente.
(Punto de vista: Francisco)
—¿Y yo qué hago? —preguntó Francisco, sintiendo la vieja frustración de sentirse relegado a un papel secundario en su propia guerra.
—Tú vas a estar cerca, pero fuera de la vista, con un dispositivo de comunicación para coordinar en tiempo real.
—Vidal lo miró directamente, anticipando la protesta que sabía que iba a llegar—.
No vas a entrar en la Enoteca, Francisco.
Ranieri te tiene fichado como un elemento impredecible, y si te ve cerca de la reunión con Ignacio, podría sospechar que algo va mal y abortar todo antes de que consigamos la grabación.
—No pienso quedarme sentado sin hacer nada mientras el padre de Paquita se juega la vida ahí dentro.
—No vas a quedarte sin hacer nada. Vas a estar en la posición más importante de todo el operativo: la que garantiza que, si algo sale mal, alguien pueda reaccionar de inmediato sin necesidad de esperar órdenes desde arriba.
—Vidal le sostuvo la mirada, con un respeto que Francisco no esperaba de alguien que representaba, en muchos sentidos, todo lo contrario a la forma en que él había vivido siempre—.
Confía en el plan, Campi. Confía en el equipo.
Es la única manera de que esto salga bien para todos.
Francisco miró a Paquita, que le devolvió la mirada con la misma mezcla de miedo y determinación que él sentía en su propio pecho, y finalmente asintió, aceptando por segunda vez en pocos días algo que, meses atrás, le habría resultado completamente inaceptable: dejar que otros llevaran parte del peso de una batalla que siempre había considerado exclusivamente suya.
—Está bien. Pero si algo sale mal, no pienso esperar ningún protocolo antes de entrar a buscarlos.
—Contaba con esa respuesta —dijo Vidal, con algo parecido a una sonrisa cansada—. Empecemos a repartir el resto de tareas. Tenemos menos de veinte horas.
(Fin del capítulo 31 — continúa en el Capítulo 32, según el esquema de la biblia narrativa)