Capítulo 30 — La noche que se llevaron a Valentina
(Punto de vista: Francisco)
Sonó el teléfono a las once de la noche, un martes cualquiera, apenas cinco días después de la reunión en el despacho de Vidal, y Francisco supo, antes incluso de descolgar, por la manera en que el móvil vibraba en la mesa como si el propio aparato presintiera la mala noticia, que algo grave había pasado.
—¿Diga?
—¿Francisco Campi?
No era la voz de Valentina. Era una voz de hombre, tranquila, con un ligero acento italiano, que Francisco no reconoció al principio pero que, en cuanto empezó a hablar de verdad, le heló la sangre de una manera que ninguna de las amenazas anteriores había conseguido.
—Tenemos a tu hermana.
Francisco sintió que el mundo se detenía por completo.
—Como le pongáis una mano encima—
—Tranquilo, Campi. De momento está bien.
Un poco asustada, nada más. —El hombre hizo una pausa deliberada, dejando que el silencio hiciera todo el trabajo de la amenaza—.
El señor Ranieri quiere hablar contigo. En persona.
Solo tú. Ven a la Enoteca, ahora, sin avisar a la policía, sin avisar a nadie más, o las consecuencias para tu hermana van a ser mucho peores que un simple susto.
La llamada se cortó antes de que Francisco pudiera responder.
Se quedó paralizado un instante, con el teléfono todavía pegado a la oreja, sintiendo que trece años de disciplina, de control, de aprender a mantener la calma incluso en los peores momentos de un combate, se desmoronaban de golpe ante la posibilidad real de perder a su hermana.
Marcó el número de Paquita con las manos temblando.
—Se han llevado a Valentina.
(Punto de vista: Paquita)
Se reunieron en menos de veinte minutos: Francisco, Paquita, Luis, y Vidal, que llegó con dos agentes de refuerzo apostados discretamente cerca del Gimnasio Nápoles, aunque fuera de la vista, tal y como Francisco había insistido, temeroso de que cualquier movimiento visible pusiera en más peligro a su hermana.
—No puedes ir solo —dijo Paquita, con una firmeza que no admitía discusión—. Ya lo hablamos. Nadie actúa solo, a partir de ahora.
—Tienen a Valentina, Paquita. Si no voy, no sé qué le van a hacer.
—Y si vas solo, sin ningún tipo de respaldo, lo más probable es que os hagan daño a los dos.
—Vidal intervino, con la voz calmada pero firme de quien ha gestionado situaciones así antes, aunque nunca con tan poco margen de preparación—.
Podemos hacer esto de forma controlada. Micrófono, seguimiento discreto, una ruta de extracción preparada.
Pero necesito que confíes en el proceso, Francisco, no en tu instinto de ir directo al peligro.
Francisco cerró los ojos, luchando contra cada fibra de su cuerpo que le pedía salir corriendo hacia la Enoteca en ese mismo instante, sin esperar a nada ni a nadie.
—Está bien. Hazlo rápido.
Vidal le colocó un micrófono diminuto bajo la ropa, explicándole con precisión cada detalle del plan: entraría solo, como Ranieri había exigido, pero con un equipo esperando a menos de dos manzanas de distancia, listo para intervenir en el momento en que la situación lo requiriera.
—Recuerda —le dijo Paquita, antes de que se marchara, sosteniéndole la cara entre las manos con una intensidad que Francisco sintió grabarse en la piel más profundamente que cualquier golpe recibido hasta entonces—, no eres tú solo contra Ranieri.
Nunca más. Pase lo que pase ahí dentro, hay gente esperando para sacarte de esa situación, y hay gente que te quiere y que necesita que vuelvas.
—Volveré. Con Valentina.
—Lo sé.
Se besaron, breve pero intensamente, con la urgencia de dos personas que no sabían del todo si aquel iba a ser el último beso que se dieran, y Francisco se marchó hacia la Enoteca Ranieri con el corazón acelerado y una determinación fría que nunca había sentido antes de ningún combate.
(Punto de vista: Francisco)
Encontró a Valentina sentada en una silla en la trastienda de la Enoteca, atada de manos pero sin ningún signo visible de haber sido maltratada, con Ferretti de pie a su lado y Michele Ranieri sentado tras el mismo escritorio donde Francisco lo había confrontado semanas atrás.
—Suéltala.
—La soltaré, Campi. En cuanto terminemos nuestra conversación.
—Ranieri le hizo un gesto a Ferretti, que se apartó un paso de Valentina sin llegar a liberarla del todo—.
He decidido que ya es hora de terminar con esto.
Ignacio Serrano lleva semanas dándome largas, prometiendo cooperación que nunca termina de materializarse.
Y tú, Campi, sigues siendo demasiado impredecible para mi gusto.
—¿Qué quieres?
—Quiero que Ignacio Serrano firme, mañana mismo, la ampliación completa del contrato del puerto seco. Sin más retrasos. Y quiero que tú, personalmente, te asegures de que así sea, usando la influencia que tienes sobre su hija.
—No tengo ese tipo de influencia sobre Paquita.
—Entonces vas a tener que desarrollarla, y rápido.
—Ranieri se levantó, con la misma tranquilidad imperturbable de siempre, aunque esta vez había algo más urgente, más peligroso, debajo de su calma habitual—.
Tienes veinticuatro horas, Campi. Si mañana a esta hora no tengo el contrato firmado, tu hermana no va a ser la única persona de tu familia que empiece a sufrir las consecuencias.
Francisco sintió que la rabia y el miedo se mezclaban en su pecho de una manera que amenazaba con hacerle perder completamente el control, pero mantuvo la calma, con el mismo esfuerzo sobrehumano que había aprendido a ejercer sobre sí mismo en trece años de ring.
—Suelta a mi hermana. Ahora.
Ranieri lo observó un largo instante, calculando, y finalmente asintió hacia Ferretti, que cortó las ataduras de Valentina con un gesto casi despreocupado.
—Veinticuatro horas, Campi. Recuérdalo bien.
(Fin del capítulo 30 — fin del Acto III. Continúa en el Capítulo 31, Acto IV: “La jaula”, según el esquema de la biblia narrativa)