Capítulo 29 — Lo que viaja en los contenedores
(Punto de vista: Paquita)
Vidal los citó en su despacho de la Unidad de Delincuencia Económica y Fiscal, un espacio pequeño y funcional, sin ninguna de la elegancia del ático de los Serrano ni de la calidez desordenada de la casa de los Campi, con pizarras cubiertas de nombres y flechas que conectaban empresas, personas y fechas en un esquema que a Paquita le recordó, dolorosamente, a su propio cuaderno de notas, solo que multiplicado por cien.
—Hemos conseguido identificar, gracias a los documentos que nos ha facilitado su padre, la naturaleza exacta de la operación —empezó Vidal, señalando un punto concreto del esquema en la pizarra—.
No es solo contrabando de mercancía convencional.
Es una red de tráfico que combina varias líneas: falsificación de artículos de lujo, evasión de aranceles a gran escala, y, lo más grave, indicios sólidos de tráfico de personas camuflado entre las rutas de mercancía legal.
El silencio que siguió tuvo un peso distinto a todos los silencios anteriores.
Francisco sintió que el estómago se le revolvía, entendiendo por primera vez que aquello a lo que se enfrentaban no era solo una vieja deuda de familia convertida en amenaza personal, sino un entramado mucho más grande y mucho más cruel de lo que había imaginado.
—¿Tráfico de personas? —preguntó Paquita, con la voz apenas audible.
—Es una de las líneas más rentables de este tipo de organizaciones, por desgracia.
La ampliación que Ranieri le pidió a su padre no era solo para mover mercancía con menos inspección.
Era, específicamente, para abrir una ruta nueva que permitiera introducir contenedores especialmente acondicionados sin el nivel de control que se aplica actualmente.
—Vidal se cruzó de brazos, con una expresión que, por primera vez desde que Paquita la conocía, dejaba entrever algo parecido a la rabia contenida—.
Estamos hablando de personas, principalmente mujeres y menores, procedentes del norte de África y de Europa del Este, con destino a distintas redes de explotación por toda Europa.
Francisco cerró los puños, sintiendo que la rabia que llevaba semanas dirigida hacia Ranieri por motivos personales —la deuda, las amenazas, la paliza, el miedo por su familia— se transformaba en algo mucho más grande, mucho más urgente.
—Fin de año —dijo, recordando el plazo que Ferretti le había dado a Valentina—. Es cuando piensan activar la ruta.
—Exacto. El plazo que Ranieri le dio a su padre no era arbitrario.
Coincide con el cierre de un contrato de ampliación logística que, si se firma antes de fin de año, entra en vigor con menor supervisión durante el primer trimestre del año siguiente, aprovechando un vacío administrativo en los protocolos de inspección aduanera.
—Vidal señaló una fecha concreta en el calendario pinchado junto a la pizarra—.
Es la ventana perfecta para ellos. Y se cierra en menos de tres semanas.
(Punto de vista: Francisco)
—Entonces tenemos tres semanas —dijo Francisco, procesando la magnitud del plazo con la misma frialdad calculadora que aplicaba a los últimos segundos de un combate ajustado.
—Tres semanas para conseguir la grabación que necesito, confirmar el resto de la red, y coordinar una operación conjunta con la policía de fronteras y la unidad de trata de personas.
—Vidal los miró a todos, uno por uno, con la seriedad de quien sabe exactamente lo que está pidiendo—.
Y tres semanas en las que el señor Serrano va a tener que fingir, delante de Ranieri, que sigue completamente dispuesto a colaborar sin reservas, mientras en realidad está reuniendo las pruebas que van a hundirlo.
—Es mucho tiempo para mantener una mentira tan grande —dijo Paquita.
—Lo es. Por eso necesito que todos ustedes entiendan la gravedad de lo que estamos a punto de hacer.
No hay margen para más errores como el de la visita solitaria de Francisco a la Enoteca.
—Vidal lo miró directamente, sin ninguna acusación en la voz, pero con una firmeza que dejaba claro que no toleraría una segunda vez—.
A partir de ahora, cada movimiento se coordina entre todos. Nadie actúa solo. ¿Está claro?
Francisco asintió, y por primera vez desde que todo aquello había empezado, sintió que aceptaba la condición sin ninguna resistencia interna, sin esa vieja voz que le decía que pedir ayuda era una forma de debilidad.
—Está claro.
Paquita le apretó la mano, bajo la mesa, y Francisco, mirando el esquema de la pizarra —los nombres, las flechas, las fechas que ahora incluían algo mucho más grave que la seguridad de su propia familia—, entendió con total claridad que aquella pelea, la más importante de toda su vida, ya no era solo suya.
Era de mucha más gente de la que había imaginado nunca.
(Fin del capítulo 29 — continúa en el Capítulo 30, según el esquema de la biblia narrativa: cierre del Acto III con el ultimátum final y la amenaza extrema sobre Valentina)