Capítulo 28 — Lo que Álvaro no debía saber
(Punto de vista: Álvaro)
Álvaro Serrano no era ningún ingenuo. Llevaba semanas notando los cambios en su padre —las noches encerrado en el despacho, las llamadas que cortaba abruptamente en cuanto alguien entraba en la habitación, la palidez creciente que ni el mejor sastre de Madrid conseguía disimular bajo un traje bien cortado—, y llevaba, también, semanas decidiendo, en contra de su instinto profesional de abogado, no presionar demasiado, confiando en que su padre terminaría por contárselo todo cuando estuviera preparado.
Esa confianza se rompió una tarde cualquiera, cuando entró en el despacho de su padre buscando un documento y encontró, sobre el escritorio, una carpeta que no debía estar allí: el expediente completo de la investigación de la inspectora Vidal, con anotaciones manuscritas de su padre en los márgenes, y una nota, escrita con la letra apretada de Paquita, que decía simplemente: Papá, revisa esto antes de la reunión con V. mañana.
Álvaro se sentó en la silla de su padre, con el corazón acelerado, y leyó el expediente entero, de principio a fin, sin poder detenerse, sintiendo que cada página que pasaba le quitaba un poco más el suelo bajo los pies.
Blanqueo de capitales. Contrabando. Chantaje. Y, en el centro de todo, el nombre de su padre, comprometido de una manera que ningún abogado, por bueno que fuera, podría defender fácilmente ante un tribunal.
—¿Qué haces aquí?
La voz de Paquita, desde la puerta del despacho, lo sobresaltó de tal manera que estuvo a punto de tirar la carpeta al suelo.
—¿Qué es esto, Paquita?
Su hermana se quedó paralizada un instante, calculando, con la misma rapidez con la que calculaba cualquier situación periodística complicada, cuánto podía seguir ocultándole a su hermano y cuánto ya no tenía ningún sentido seguir ocultando.
—Es la verdad —dijo finalmente, cerrando la puerta del despacho tras ella—. La verdad completa sobre lo que ha estado pasando estos meses.
Se sentó frente a él y se lo contó todo: la investigación, Francisco, la deuda de los Campi, la revelación sobre Nápoles, el trato con Vidal.
Álvaro escuchó cada palabra con la expresión profesional de un abogado acostumbrado a procesar información compleja sin dejar traslucir sus emociones, aunque por dentro, Paquita lo sabía, cada frase debía estar cayendo sobre él como un golpe distinto.
—Papá va a colaborar con la policía —dijo Álvaro finalmente, cuando Paquita terminó—. Contra una organización criminal. Llevando un micrófono a una reunión.
—Sí.
—Eso podría matarlo, Paquita. Literalmente.
—Lo sé. Pero es la única manera de salir de esto sin que Ranieri lo destruya de todas formas, y sin que la familia de Francisco siga pagando por algo que ni siquiera empezaron ellos.
Álvaro se quedó en silencio, con la carpeta todavía entre las manos, debatiéndose entre el instinto de protección hacia su padre —proteger su carrera, proteger su reputación, proteger la versión de la familia Serrano que él había ayudado a construir toda su vida profesional— y una comprensión más profunda, más incómoda, de que aquella protección, llevada demasiado lejos, ya no era lealtad, sino complicidad.
—¿Y tú confías en ese boxeador? ¿En su familia?
—Confío en Francisco más de lo que he confiado en nadie en mucho tiempo. —Paquita lo miró directamente, con la misma firmeza que había heredado de su padre, la que él nunca reconocía del todo—. Y creo que, si lo conocieras, tú también confiarías.
(Punto de vista: Álvaro)
Esa noche, Álvaro no pudo dormir, dando vueltas a la misma pregunta que llevaba horas sin respuesta clara: ¿qué hacer con lo que sabía?
Como abogado, tenía obligaciones. Como hijo, tenía lealtades. Como hermano, tenía un miedo genuino de que su familia entera terminara destruida por una decisión que su padre había tomado hacía casi veinte años, cuando Álvaro todavía era un niño que no sabía nada del mundo.
Se levantó de la cama, se sirvió un vaso de agua que no llegó a beber, y se quedó mirando por la ventana del salón, en la misma postura que tantas veces había visto adoptar a su padre en los últimos meses, sin entender, hasta ahora, el peso exacto que esa postura llevaba encima.
Decidió, finalmente, no hacer nada.
No denunciar, no interferir, no avisar a ninguno de sus contactos profesionales sobre lo que sabía.
Decidió, en cambio, esperar, observar, y estar preparado para intervenir como abogado en el momento exacto en que su familia lo necesitara, sin comprometer todavía más una situación que ya era, de por sí, lo bastante frágil.
Fue la decisión más difícil de toda su carrera, y la tomó sin ningún cliente delante, sin ningún juez esperando su alegato, solo, en la oscuridad de un salón que ya no le pareció tan seguro como toda la vida había creído que era.
(Fin del capítulo 28 — continúa en el Capítulo 29, según el esquema de la biblia narrativa)