La jaula Capítulo 40 — La jaula
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Capítulo 40 — La jaula

(Punto de vista: Francisco)

Tres meses después de aquella noche en el puerto de Coslada, Francisco volvió a subir a un ring, esta vez uno reglamentario, con licencia federativa y un público que aplaudía sin billetes manchados de nerviosismo pasando de mano en mano, en el primer combate oficial de su carrera.

Ganó por decisión, no por nocaut, después de diez asaltos que le dejaron el cuerpo dolorido de una manera limpia, casi honesta, muy distinta al dolor sucio de los sótanos clandestinos.

Cuando bajó del ring, Paquita lo esperaba entre el público, con Edith y Valentina a un lado y Luis al otro, todos aplaudiendo con el mismo entusiasmo desordenado con el que siempre habían celebrado cualquier cosa en la mesa de fórmica de la cocina.

—Ya no tienes que pelear por dinero clandestino nunca más —le dijo Paquita, mientras él se limpiaba el sudor con una toalla, sonriendo con esa nariz torcida que ella ya no imaginaba de ninguna otra forma—. ¿Cómo se siente eso?

—Extraño —admitió Francisco—. Toda mi vida he peleado porque tenía que hacerlo, para pagar algo, para sobrevivir a algo. Ahora peleo porque quiero. Es un tipo de libertad distinto al que estaba acostumbrado.

—¿Y te gusta?

—Me gusta mucho. —Le tomó la mano, todavía vendada, y la llevó hasta su boca en un gesto pequeño, casi tímido, que contrastaba con la fuerza que acababa de demostrar sobre el ring—. Pero lo que más me gusta de esta nueva vida, con diferencia, es que tú formas parte de ella.

(Punto de vista: Paquita)

Esa noche, después de la celebración en el restaurante de Beppe —que insistió, como siempre, en llamarla «la fidanzata» sin que Francisco se molestara ya en corregirlo—, caminaron de vuelta hacia el parque de las Vistillas, el mismo lugar donde tantas conversaciones importantes de su relación habían tenido lugar, desde el primer café malo compartido hasta la noche en que decidieron, por fin, dejar de ocultarse cosas.

Se sentaron en el mismo banco de siempre, con Madrid extendiéndose ante ellos, iluminado y ajeno, tan indiferente como siempre a las pequeñas y grandes batallas de quienes lo habitaban.

—¿Sabes lo que pensaba, de niño, cuando mi padre me contaba historias sobre Nápoles?

—dijo Francisco, después de un largo silencio cómodo—.

Pensaba que la jaula era el sitio donde te encerraban.

Las rejas, los barrotes, algo físico que podías ver y tocar y contra lo que podías luchar, con los puños si hacía falta.

—¿Y ahora qué piensas?

—Ahora pienso que algunas jaulas no tienen barrotes.

—Francisco se giró hacia ella, con la ciudad brillando detrás de su silueta—.

Tienen miedo. Mi padre estuvo encerrado en una jaula de miedo durante años, aunque nunca nadie le puso una sola reja de verdad.

Tu padre estuvo encerrado en la misma jaula, solo que con otro nombre, durante casi veinte años.

Y yo mismo estuve encerrado en mi propia jaula, la de creer que pedir ayuda era una debilidad, mucho antes de que Ranieri apareciera siquiera en nuestras vidas.

Paquita se quedó pensativa, apoyando la cabeza en su hombro, sintiendo el peso de aquella reflexión con la misma intensidad con la que había sentido cada giro de la investigación que los había llevado hasta ese banco, esa noche, libres por fin de ambas jaulas.

—¿Y cómo se sale de una jaula así?

—No se sale solo. Esa es la parte que tardé más en entender.

—Francisco le apretó la mano, entrelazando los dedos con los suyos—.

Se sale con alguien al lado. Alguien que te recuerda que no tienes que cargar con todo tú solo.

Alguien que se queda, aunque las cosas se pongan feas, aunque el mundo entero parezca conspirar para separaros.

—Como una gabardina fuera de temporada delante de una tienda de vinos.

—Exactamente como eso.

Se rieron los dos, con la ligereza recuperada de dos personas que habían pasado juntas por demasiado como para no encontrar, todavía, motivos para reírse de cómo había empezado todo.

(Punto de vista: Paquita)

Fue entonces cuando el móvil de Francisco vibró, con un mensaje de un número desconocido, italiano, que ninguno de los dos reconoció al principio.

Francisco abrió el mensaje, y Paquita sintió cómo su cuerpo se tensaba junto a ella, la risa desapareciendo de golpe de su rostro.

—¿Qué pasa?

Francisco le mostró la pantalla, en silencio, y Paquita leyó las palabras, escritas en un italiano que ella entendía lo suficiente como para captar la amenaza contenida detrás de la cortesía formal del mensaje:

Complimenti per la vittoria di stasera, Francesco Campi. Mio zio Michele sarebbe orgoglioso — anche se non può leggerlo dalla sua cella. Ci vediamo presto. La famiglia Ranieri non dimentica mai.

Enhorabuena por la victoria de esta noche, Francesco Campi. Mi tío Michele estaría orgulloso, aunque no pueda leerlo desde su celda. Nos vemos pronto. La familia Ranieri nunca olvida.

Paquita sintió que el aire fresco de la noche, hasta hacía un momento tan agradable, se volvía de pronto mucho más frío.

—¿Quién lo firma?

Francisco desplazó la pantalla hasta el final del mensaje, donde una sola palabra, un nombre que ninguno de los dos había escuchado nunca antes, cerraba la amenaza con una certeza escalofriante.

Chiara Ranieri.

—Michele tiene una sobrina —dijo Francisco, muy despacio, sintiendo que la vieja sensación fría, la que llevaba meses sin visitarlo, volvía a instalarse en su estómago con una claridad renovada—. Alguien de quien nadie nos había hablado nunca.

Paquita le apretó la mano con más fuerza, mirando hacia el Madrid iluminado que se extendía ante ellos, el mismo Madrid que llevaba meses siendo testigo silencioso de toda su historia, y por primera vez desde que habían salido del puerto de Coslada aquella noche interminable, sintió que la paz recién conquistada tenía, después de todo, una fecha de caducidad que ninguno de los dos había podido prever.

—Sea quien sea —dijo Francisco, guardando el móvil con una determinación tranquila que ya no tenía nada que ver con el miedo, sino con la certeza ganada a pulso de que, esta vez, no iba a enfrentarse a nada solo—, la próxima vez que llame a esa puerta, no nos va a encontrar escondiéndonos.

Nos va a encontrar preparados.

Y juntos.

FIN

(De “La Jaula” — continuará, si el destino y los lectores lo permiten, en una segunda novela)