Capítulo 24 — Lo que un padre no puede seguir callando
(Punto de vista: Paquita)
Fue directamente al despacho de su padre a la mañana siguiente, sin cita previa, sin la cortesía habitual de esperar a que él tuviera tiempo, y se plantó delante de su escritorio con la misma determinación que había heredado de él, aunque en ese momento Ignacio hubiera preferido, con toda seguridad, no reconocer el parecido.
—Ranieri te está chantajeando.
No era una pregunta.
Ignacio dejó el bolígrafo sobre la mesa, muy despacio, y por un instante Paquita creyó que iba a negarlo, iba a construir alguna excusa administrativa más, iba a repetir la misma cantinela de «asuntos complicados del ministerio» que llevaba meses usando como escudo.
Pero no lo hizo.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque llevo meses siguiendo el rastro del dinero, papá.
Porque Francisco fue anoche a enfrentarse a él, solo, y Ranieri le dijo cosas que confirman exactamente lo que yo ya sospechaba.
Porque he visto cómo firmas documentos que no deberías firmar, y he visto cómo evitas mirarme a los ojos cada vez que menciono el puerto de Coslada.
—Paquita se sentó frente a él, sin que nadie la invitara, exactamente igual que él había hecho semanas atrás en su propia habitación—.
Necesito que me lo cuentes todo, papá. Ahora. Sin más medias verdades.
Ignacio se quedó mirando a su hija durante un largo rato, con una expresión que mezclaba a partes iguales el agotamiento acumulado de meses de silencio y algo parecido, al fin, al alivio de no tener que seguir cargando solo con aquel peso.
—Hace diecisiete años, cuando empezaba mi primera campaña, acepté una donación que no debí aceptar.
En aquel momento no sabía de dónde venía ese dinero, o quizás no quise saberlo, que es casi peor.
Cuando lo descubrí, ya era tarde. Ranieri tenía pruebas, documentos, todo lo necesario para destruir mi carrera en un solo día si yo dejaba de serle útil.
—¿Y desde entonces?
—Desde entonces, favores. Pequeños al principio.
Una licencia acelerada aquí, una adjudicación orientada allá.
Nada que pareciera, en su momento, más que la política normal de este país, que ya sabes que no es precisamente transparente.
—Ignacio se pasó las manos por la cara, con un gesto de cansancio que envejeció sus facciones de golpe, más de lo que Paquita lo había visto envejecer nunca—.
Pero ahora quiere algo mucho más grande.
Y a cambio de dárselo, ha prometido saldar una deuda que tiene con la familia de tu… con Francisco.
—¿Sabes lo de la deuda de los Campi?
—Lo sé todo, Paquita. Sé lo que pasó en Nápoles en 1998.
Sé que el padre de Francisco mató, sin intención, al hermano de Ranieri.
Sé que esa muerte es la verdadera raíz de todo esto, mucho más que cualquier cifra de dinero.
—Ignacio la miró fijamente, con una intensidad que Paquita no le había visto nunca—.
Y sé que si yo no colaboro, Ranieri va a destruir a esa familia de todas formas, con o sin mi ayuda.
La única diferencia es si yo también caigo con ellos.
—Entonces no colabores. Denúncialo. Hay una inspectora, Vidal, que lleva dos años investigando exactamente esta red. Podríais—
—¿Y qué crees que va a pasar conmigo si lo hago, Paquita?
¿Con tu madre? ¿Con Álvaro, que tiene toda una carrera de abogado por delante que se hundiría junto con la mía?
—Ignacio levantó la voz, por primera vez en toda la conversación, no con rabia hacia ella, sino con la desesperación de un hombre que llevaba meses dando vueltas a las mismas preguntas sin encontrar ninguna salida limpia—.
No es tan sencillo como «denunciarlo». Diecisiete años de favores documentados no desaparecen porque yo decida, de repente, ser el héroe de esta historia.
—No te estoy pidiendo que seas un héroe, papá. Te estoy pidiendo que dejes de ser un cobarde.
La palabra cayó entre ellos con la fuerza de una bofetada, y por un momento, ninguno de los dos supo cómo continuar la conversación después de haberla pronunciado.
—Lo siento —dijo Paquita, finalmente, aunque no estaba del todo segura de si lo sentía o no—.
Pero es la verdad, papá. Llevas diecisiete años protegiendo tu carrera a base de pequeñas cesiones, y ahora esas cesiones están a punto de destruir a una familia entera que no tiene absolutamente nada que ver con tus errores de juventud.
Ignacio se quedó en silencio, con la mirada baja, y cuando volvió a hablar, su voz sonó completamente distinta a la de un Secretario de Estado, distinta incluso a la de un padre severo.
Sonó, simplemente, a la de un hombre derrotado.
—Tienes razón. —Levantó la vista, con los ojos brillantes de una emoción que Paquita no lo había visto mostrar nunca en público—.
Y no sé cómo arreglarlo sin destruir a todos los que quiero en el intento.
Pero voy a intentarlo. Te lo prometo, Paquita.
Voy a encontrar una manera de arreglar esto que no signifique sacrificar a nadie más.
Paquita se levantó, sin abrazarlo todavía, sin perdonarlo del todo, pero con algo parecido a la esperanza empezando a abrirse paso entre la rabia acumulada de los últimos meses.
—Empieza por hablar con Vidal. Es lo único que te pido, por ahora.
Ignacio asintió, despacio, y por primera vez en semanas, algo parecido a una decisión real, no una simple cesión más, empezó a tomar forma en su cabeza.
(Fin del capítulo 24 — continúa en el Capítulo 25, según el esquema de la biblia narrativa)