Capítulo 23 — La vieja costumbre
(Punto de vista: Francisco)
Le dieron el alta dos días después, con las costillas todavía vendadas y una advertencia médica clara de reposo absoluto durante al menos dos semanas.
Francisco escuchó la recomendación con la misma atención distraída con la que escuchaba cualquier consejo que implicara quedarse quieto, y en cuanto se quedó solo en su habitación, sin Edith rondando con caldos y sin Valentina vigilando sus constantes cada dos horas, hizo exactamente lo que había prometido no volver a hacer.
Decidió resolverlo solo.
No fue una decisión racional, se dio cuenta después, con la perspectiva incómoda que da el tiempo.
Fue una reacción visceral, la misma que llevaba toda la vida guiándolo dentro y fuera del ring: alguien te golpea, tú devuelves el golpe, cuanto antes, cuanto más fuerte, mejor.
Paquita hablaba de estrategias, de pruebas, de esperar el momento adecuado para atacar con todo lo que tenían.
Francisco, con el cuerpo todavía dolorido y el orgullo mucho más dolorido aún, no podía esperar ni un día más.
Fue a la Enoteca Ranieri esa misma noche, sin decírselo a nadie, ni a Luis, ni a Paquita, convencido de que una confrontación directa, cara a cara con Michele Ranieri, podía resolver en diez minutos lo que semanas de investigación cuidadosa todavía no habían conseguido resolver.
El local estaba cerrado al público, pero las luces del fondo seguían encendidas, y Francisco, sin pensarlo dos veces, golpeó la puerta con la fuerza suficiente para que alguien saliera a abrir.
Fue Ferretti quien lo hizo, con una sonrisa que no ocultaba en absoluto la sorpresa de encontrarse a Francisco allí, de pie, todavía con el cuerpo marcado por la paliza de sus propios hombres.
—Campi. Qué agradable sorpresa.
—Quiero hablar con Ranieri. Ahora.
—El señor Ranieri no recibe visitas sin cita, y mucho menos visitas que llegan dando golpes a la puerta a estas horas.
—Dile que estoy aquí, o entro yo mismo a buscarlo.
Ferretti se lo pensó un momento, con una calma que a Francisco, en su estado de rabia contenida, le resultó todavía más provocadora que cualquier insulto directo, y finalmente se apartó, dejándolo pasar.
Encontró a Michele Ranieri en la trastienda, revisando papeles junto a una copa de vino a medio terminar, con la misma tranquilidad imperturbable con la que Francisco lo había visto observarlo desde la última fila del sótano de Manolo semanas atrás.
—Señor Campi. Qué inesperado.
—Se acabó. Deje en paz a mi familia. Deje en paz a Paquita. Si tiene algún problema conmigo, aquí me tiene, solo, sin nadie más que pueda salir herido.
Ranieri lo observó durante un largo instante, con una expresión que no era de miedo, ni siquiera de sorpresa, sino de una curiosidad casi científica, como quien observa a un animal comportarse exactamente de la manera que había predicho.
—Es usted igual que su padre, ¿sabe? La misma valentía impulsiva. La misma incapacidad de entender que algunos problemas no se resuelven con un golpe bien dado, por muy satisfactorio que resulte darlo.
—No me compare con mi padre.
—¿Por qué no? Su padre también vino a verme, ¿sabe?
Después de aquella noche en el callejón.
Vino solo, como usted esta noche, a intentar arreglar las cosas con las mismas manos que las habían roto.
—Ranieri se levantó, rodeando el escritorio con paso tranquilo—.
La diferencia es que su padre, al menos, tuvo la decencia de reconocer lo que había hecho.
Usted solo viene aquí a exigir, sin ofrecer nada a cambio.
—No tengo nada que ofrecerle.
—Claro que lo tiene. Tiene información. Tiene una relación privilegiada con la hija de un hombre que, en este mismo momento, está decidiendo si va a cooperar conmigo o no.
—Ranieri sonrió, y por primera vez, Francisco entendió con total claridad el error que acababa de cometer viniendo allí solo—.
Y ahora, gracias a esta visita tan impulsiva, sé que está usted lo suficientemente desesperado como para venir a mi propio local a exigir en lugar de negociar.
Eso me dice mucho, señor Campi. Me dice que están más cerca de la verdad de lo que yo pensaba.
Y me dice, también, que tengo que acelerar mis planes antes de que esa cercanía se convierta en un problema real.
Francisco sintió, demasiado tarde, el peso completo de su propio error.
—Gracias por la visita —dijo Ranieri, volviendo a sentarse tras el escritorio con la misma tranquilidad de siempre—. Ferretti, acompaña al señor Campi a la salida. Y avisa a los demás. Vamos a adelantar el calendario.
(Punto de vista: Paquita)
Se enteró esa misma noche, cuando Francisco, avergonzado, la llamó para contarle lo que había hecho, y Paquita sintió una mezcla de rabia y miedo que no había sentido en toda la investigación hasta ese momento.
—¿Fuiste solo? ¿Después de todo lo que hablamos?
—Lo sé. Lo sé, Paquita, fue un error.
—No fue un error, Francisco. Fue exactamente la vieja costumbre de la que hablamos hace semanas. La de creer que puedes resolverlo todo solo, con los puños, sin necesidad de nadie más.
—Tienes razón. —La voz de Francisco, al otro lado del teléfono, sonaba derrotada de una manera que Paquita no le había escuchado nunca—. Y ahora Ranieri sabe que estamos cerca. Ha dicho algo de adelantar sus planes.
Paquita cerró los ojos, sintiendo que el tiempo que tanto habían intentado ganar acababa de esfumarse de golpe, por culpa de un impulso que, en el fondo, ella también entendía perfectamente, porque en muchos sentidos ella tenía exactamente la misma tendencia, solo que con otras herramientas.
—Tenemos que reunirnos. Mañana. Con Vidal, con Luis, con todos los que puedan ayudarnos. Se acabó el tiempo de esperar el momento perfecto, Francisco. Ranieri acaba de decidir por nosotros.
(Fin del capítulo 23 — continúa en el Capítulo 24, según el esquema de la biblia narrativa)