Capítulo 22 — Aviso con nudillos
(Punto de vista: Francisco)
Los reconoció por el olor antes de verles la cara: tabaco negro y colonia barata, el mismo perfume que Ferretti llevaba puesto la única vez que se habían encontrado cara a cara.
Fue al salir del último reparto de la noche, en un callejón estrecho cerca de la nave donde Manolo guardaba la furgoneta, cuando los tres hombres le cortaron el paso, sin prisa, sin necesidad de correr, porque ya sabían exactamente cómo iba a terminar aquello.
—Campi.
Francisco dejó la bolsa de reparto en el suelo, despacio, calculando distancias, salidas, el ángulo desde el que llegaría el primer golpe.
—¿Ferretti no ha querido venir en persona esta vez?
—El señor Ferretti tiene mejores cosas que hacer que ensuciarse las manos con avisos de rutina.
—El más grande de los tres, un hombre con el cuello tan ancho como el rumano del combate contra el que Francisco había peleado semanas atrás, dio un paso adelante, haciendo crujir los nudillos con un gesto teatral—.
Esto es solo un recordatorio, Campi. Nada personal.
—Vamos, Bruno, no perdamos más tiempo con charla —dijo uno de los otros dos, más impaciente, empujando a Francisco contra la pared del callejón.
—Suena muy personal desde donde yo estoy.
No hubo más conversación. El primer golpe le alcanzó el costado antes de que pudiera reaccionar del todo, y Francisco, que llevaba trece años entrenando el cuerpo para resistir precisamente ese tipo de impacto, sintió de todas formas cómo el aire se le escapaba de los pulmones de golpe.
Se defendió. Consiguió esquivar el segundo golpe, devolver uno propio que hizo tambalearse al más grande de los tres, ganar un segundo de ventaja que aprovechó para intentar abrirse paso hacia la calle principal.
Pero eran tres contra uno, y por muy bien que peleara Francisco, por mucha técnica que hubiera perfeccionado en años de sótanos y gimnasios, tres hombres decididos a dar una paliza de aviso tenían todas las de ganar contra un solo boxeador, por bueno que fuera.
Cayó al suelo después del cuarto o quinto golpe —perdió la cuenta en algún momento, entre el dolor y la adrenalina— y, una vez en el suelo, los golpes cambiaron de naturaleza: ya no buscaban derribarlo, sino asegurarse de que el mensaje quedara grabado en cada costilla, en cada músculo, en cada centímetro de su cuerpo que pudiera recordar, durante días, exactamente lo que significaba desafiar a Michele Ranieri.
—Dile a tu tío —le dijo el más grande, agachándose junto a él cuando terminaron, con la respiración apenas alterada, como si acabara de dar un paseo tranquilo en lugar de una paliza— que el señor Ranieri sigue esperando una respuesta a su propuesta.
Y que la próxima vez que alguien tenga que venir a recordártelo, no será tan considerado como hemos sido nosotros.
Se marcharon con la misma tranquilidad con la que habían llegado, dejando a Francisco tirado en el suelo del callejón, con la respiración entrecortada y un dolor que le recorría el cuerpo entero como una descarga eléctrica constante.
Consiguió llegar hasta el hospital por sus propios medios, cojeando, apoyándose en las paredes, hasta que un vecino que lo reconoció del barrio lo ayudó a subir a un taxi.
En Urgencias, la primera cara que vio, después de una espera que le pareció eterna, fue la de Valentina, con el uniforme sanitario puesto y la expresión descompuesta de quien encuentra a su propio hermano entre los pacientes que le tocaba atender esa noche.
—Cesco. Dios mío, Cesco, ¿qué te ha pasado?
—Estoy bien.
—No estás bien. Tienes al menos dos costillas fisuradas y la cara parece un mapa de carreteras. —Valentina llamó a un médico con una urgencia que dejaba claro que aquello, para ella, había dejado de ser una noche de trabajo normal—. ¿Quién te ha hecho esto?
Francisco no contestó de inmediato, y en ese silencio, Valentina, que llevaba semanas sospechando que algo grave estaba pasando en la familia sin que nadie se lo contara del todo, entendió la respuesta con total claridad.
—Es por lo de la deuda, ¿verdad? Lo de Nápoles.
—Valentina—
—No me mientas más, Cesco. No esta noche. No mientras te estoy limpiando la sangre de la cara.
Francisco cerró los ojos, agotado, derrotado no por el dolor físico sino por el peso acumulado de meses guardando secretos que ya no podía seguir guardando.
—Se llama Ranieri —dijo finalmente—. Y quiere algo que ni siquiera sé si podemos darle.
(Punto de vista: Paquita)
Llegó al hospital menos de una hora después, con el corazón latiéndole tan fuerte que apenas podía respirar, después de recibir la llamada de Valentina explicándole, entre lágrimas contenidas, lo que había pasado.
Encontró a Francisco tumbado en una camilla, con el torso vendado y un ojo tan hinchado que apenas podía abrirlo, y por primera vez desde que se conocían, Paquita sintió un miedo que no tenía nada que ver con su propia seguridad, ni con la investigación, ni con su padre.
Era, simplemente, el miedo de perder a alguien que se había convertido, sin que ella lo planeara del todo, en la persona más importante de su vida.
—Francisco.
—Estoy bien —dijo él, con una sonrisa torcida que le dolió al hacerla, tanto física como emocionalmente, porque incluso en ese estado seguía intentando protegerla de la preocupación—. Han sido más ellos que yo, pero estoy bien.
—No vuelvas a decirme que estás bien cuando no lo estás.
—Paquita se sentó en el borde de la camilla, tomándole la mano con un cuidado extremo, como si temiera romper algo que ya estaba lo suficientemente roto—.
Esto se acabó, Francisco. No podemos seguir esperando el momento perfecto.
Cada día que pasamos esperando, es un día más que te pueden hacer esto.
—¿Y qué propones?
—Propongo que dejemos de jugar a la defensiva.
—Paquita apretó su mano con una determinación que Francisco reconoció de inmediato, la misma tozudez que lo había atraído desde el primer día en la puerta de la Enoteca Ranieri—.
Propongo que vayamos a por ellos, con todo lo que tenemos, antes de que decidan que la próxima paliza no va a ser solo de aviso.
(Fin del capítulo 22 — continúa en el Capítulo 23, según el esquema de la biblia narrativa)