La jaula Capítulo 25 — La línea que no se cruza
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Capítulo 25 — La línea que no se cruza

(Punto de vista: Valentina)

Valentina salió del hospital a las tres de la madrugada, después de un turno de doce horas que la había dejado con los pies destrozados y la cabeza embotada de cansancio, y caminó hacia la parada de autobús con la misma rutina de siempre, sin prestar atención al coche gris aparcado en la esquina hasta que este arrancó y empezó a seguirla, muy despacio, manteniendo la misma distancia exacta durante las tres manzanas que separaban el hospital de la parada.

No fue paranoia. Valentina, que llevaba semanas viendo a su hermano llegar a casa con moretones y explicaciones cada vez más forzadas, reconoció de inmediato la sensación fría que le recorrió la espalda, la misma que Francisco le había descrito semanas atrás cuando le contó lo del hombre del traje caro.

Aceleró el paso. El coche también.

Sacó el móvil, con las manos temblándole más de lo que hubiera querido admitir, y marcó el número de Francisco mientras seguía caminando, sin girarse, intentando mantener la voz lo más tranquila posible.

—Cesco. Hay un coche siguiéndome.

—¿Dónde estás?

—Cerca del hospital. Voy hacia la parada del 149.

—No cojas el autobús. Ve a la comisaría más cercana, ahora mismo. Yo voy para allá.

Valentina cambió de dirección, casi corriendo ya, con el corazón latiéndole tan fuerte que apenas podía escuchar sus propios pasos sobre el asfalto, y el coche gris, en lugar de acelerar para alcanzarla, se detuvo, dejando bajar a un hombre que Valentina no había visto nunca, pero que reconoció al instante por la descripción que Francisco le había dado semanas atrás.

Marco Ferretti.

—Valentina Campi. —No era una pregunta—. Tranquila. No estoy aquí para hacerte daño. Solo quiero que le des un mensaje a tu hermano.

—Aléjate de mí.

—Dile que el señor Ranieri está perdiendo la paciencia.

Dile que la próxima paliza de aviso no va a ser para él.

—Ferretti dio un paso hacia ella, sin llegar a tocarla, pero lo suficientemente cerca como para que Valentina sintiera el olor a tabaco negro que Francisco también le había descrito—.

Va a ser para ti. O para tu madre. Depende de a quién considere más fácil de encontrar cuando decida que ya es hora.

Valentina sintió que las piernas le fallaban, pero se obligó a mantenerse firme, con la misma tozudez que caracterizaba a toda la familia Campi.

—Vete a la mierda.

Ferretti sonrió, sin ninguna maldad aparente, lo cual resultaba, como siempre, mucho más inquietante que cualquier amenaza gritada.

—Dile a tu hermano que tiene hasta fin de año. El señor Ranieri es un hombre paciente, pero hasta la paciencia más grande tiene un límite. Que no ponga a prueba dónde está ese límite.

Se marchó, con la misma tranquilidad exasperante con la que había llegado, dejando a Valentina temblando en mitad de la acera, sola, hasta que un taxi que pasaba por casualidad se detuvo al verla en ese estado y la llevó directamente a casa, sin cobrarle la carrera.

(Punto de vista: Francisco)

Francisco llegó a casa quince minutos después que su hermana, con el corazón todavía acelerado por la carrera que había hecho desde el gimnasio, y encontró a Valentina sentada en la cocina, envuelta en una manta, con Edith a su lado sosteniéndole las manos que no habían dejado de temblar desde el encuentro.

—¿Estás bien? ¿Te ha tocado?

—Estoy bien, Cesco. Solo asustada.

Francisco se arrodilló frente a ella, examinándola con la misma urgencia con la que ella lo había examinado semanas atrás en Urgencias, y algo dentro de él —algo que llevaba meses conteniendo con esfuerzo, capa sobre capa de paciencia forzada— terminó de romperse por completo.

—Se acabó.

—Francisco—

—No, Luis. Se acabó de verdad. —Se puso de pie, con una furia fría que Edith no le había visto nunca, ni siquiera en el peor de sus combates—.

Puedo aceptar que me peguen a mí. Puedo aceptar arriesgar mi propia vida en esto.

Pero no pienso permitir que le pongan una mano encima a mi hermana.

No pienso permitir que amenacen a mi madre.

—¿Y qué vas a hacer? —preguntó Edith, con una voz que mezclaba el miedo y el orgullo a partes iguales—. ¿Ir otra vez solo a enfrentarte a Ranieri? Ya viste cómo terminó eso la última vez.

Francisco se detuvo, con las palabras de su madre golpeándolo con más fuerza que cualquier puño de los que había recibido en el callejón días atrás.

—No —dijo finalmente, después de un largo silencio—. Esta vez no voy a ir solo.

Sacó el móvil y marcó el número de Paquita, con las manos todavía temblando de rabia contenida.

—Paquita. Han amenazado a Valentina. Han puesto un plazo: fin de año.

—Escuchó la respuesta al otro lado de la línea, breve, tensa, tan asustada como decidida—.

Necesitamos reunir a todos. A Vidal, a tu padre si está dispuesto a colaborar de verdad, a Luis, a quien haga falta. Se acabó esperar. Se acabó actuar solo.

Colgó el teléfono y se quedó mirando a su hermana, todavía envuelta en la manta, todavía temblando, y a su madre, sosteniéndole las manos con la misma fuerza silenciosa que había sostenido a toda la familia durante veinte años de secretos.

Por primera vez en su vida, Francisco entendió con total claridad que la pelea que tenía por delante no era una que pudiera ganar con los puños.

Era una que solo podría ganar si, por fin, aprendía a confiar en algo más que en su propia fuerza.

(Fin del capítulo 25 — fin de la primera mitad del Acto III. Continúa en el Capítulo 26, según el esquema de la biblia narrativa)