La jaula Capítulo 20 — El trato
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Capítulo 20 — El trato

(Punto de vista: Ignacio)

La invitación llegó de la manera más civilizada posible: una llamada de la embajada, mencionando de pasada que el señor Ranieri estaría encantado de invitarlo a una copa en la Enoteca, fuera del horario de apertura al público, para hablar de «un asunto de mutuo interés».

Ignacio Serrano sabía, en el instante en que colgó el teléfono, que aquella llamada llevaba diecisiete años de retraso y que ya no había ninguna manera elegante de seguir postergándola.

Fue solo, sin escolta, sin avisar a nadie de su entorno más cercano, y encontró a Michele Ranieri esperándolo en una mesa del fondo del local, con dos copas de vino ya servidas y una tranquilidad que a Ignacio le pareció, desde el primer segundo, mucho más aterradora que cualquier amenaza explícita.

—Ignacio. Gracias por venir.

—No parecía que tuviera muchas alternativas.

—Siempre hay alternativas. —Ranieri le indicó la silla vacía frente a él, con un gesto elegante que no admitía discusión—. Simplemente, algunas son más sensatas que otras.

Ignacio se sentó, sin tocar el vino, observando al hombre que llevaba casi dos décadas siendo una presencia fantasma en su vida: elegante, de voz suave, con el pelo completamente blanco peinado hacia atrás y unos ojos que parecían medir cada palabra ajena antes incluso de que terminara de pronunciarse.

—Vayamos al grano —dijo Ignacio—. ¿Qué quiere?

—Directo. Me gusta eso de usted, Ignacio.

Siempre me ha gustado. —Ranieri bebió un sorbo de su copa, saboreándolo con una lentitud que resultaba casi ofensiva dado el contexto—.

Lo que quiero es sencillo. Necesito que la gestión del puerto seco de Coslada se amplíe, en los próximos meses, para incluir una nueva línea de operaciones logísticas.

Contenedores especiales. Rutas concretas, con menos… inspección de la habitual.

—Está hablando de contrabando.

—Estoy hablando de logística, Ignacio. Lo que se transporte dentro de esos contenedores es un asunto que a usted, francamente, no le conviene conocer con demasiado detalle.

Ignacio sintió que el vaso de agua que finalmente se había servido le temblaba ligeramente en la mano.

—No puedo hacer eso. Habría inspecciones, auditorías, demasiados ojos puestos en una ampliación de ese tipo sin justificación clara.

—Por eso mismo necesito a alguien con su capacidad de generar «justificación clara», Ignacio.

Es exactamente para lo que sirve un hombre en su posición.

—Ranieri se inclinó levemente hacia adelante, y por primera vez en toda la conversación, su voz perdió parte de la cordialidad y dejó asomar algo mucho más frío debajo—.

A cambio, la deuda de la familia Campi queda saldada.

Completamente. Ni un euro más, ni una amenaza más, ni un solo hombre mío volviendo a aparecer en la puerta de ese gimnasio.

Ignacio se quedó paralizado, entendiendo de golpe la magnitud completa del chantaje: no se trataba solo de proteger su propia carrera, ni siquiera solo de proteger a su hija.

Se trataba de que su decisión, tomara la que tomara, iba a determinar directamente el destino de una familia entera que ni siquiera conocía hasta hacía unos meses.

—¿Y si me niego?

Ranieri sonrió, con una tristeza fingida que resultaba, de alguna manera, más terrorífica que cualquier expresión de rabia.

—Si se niega, Ignacio, la deuda de los Campi seguirá pendiente, y usted mismo se convertirá en una deuda pendiente también.

—Dejó la copa sobre la mesa, con un golpe seco que sonó, en el silencio del local vacío, como un disparo de advertencia—.

Diecisiete años de favores documentados.

Financiación irregular de campaña. Reuniones que usted nunca ha querido que salgan a la luz.

Todo eso puede aparecer, mañana mismo, en cualquier periódico de este país.

Incluido, quizás, el mismo periódico donde trabaja su hija.

—Deje a mi hija fuera de esto.

—Su hija ya está dentro de esto, Ignacio.

Lleva meses investigando exactamente lo que estamos hablando ahora.

—Ranieri se recostó en la silla, satisfecho de haber recuperado por completo el control de la conversación—.

Y también está saliendo con el sobrino del hombre que mató a mi hermano.

Así que, con todo respeto, no creo que esté usted en posición de decidir quién está dentro y quién está fuera de nada.

El silencio que siguió tuvo el peso de una sentencia.

—Necesito tiempo —dijo Ignacio finalmente, con la voz reducida a poco más que un susurro.

—Tiene hasta fin de año. —Ranieri se puso de pie, dando por concluida la reunión con la misma tranquilidad con la que la había empezado—.

Es una fecha generosa, Ignacio. Considérelo un último gesto de la paciencia que llevo veinte años practicando con esta familia.

No pienso extenderla más de lo necesario.

Ignacio se quedó sentado, solo, en la mesa del fondo de la Enoteca vacía, con la copa de vino todavía intacta delante de él, sintiendo que el suelo que llevaba diecisiete años pisando con relativa seguridad acababa de desaparecer bajo sus pies de una vez por todas.

(Punto de vista: Ignacio)

De vuelta en el ático, con el ultimátum resonándole en la cabeza como una campana que no dejaba de sonar, Ignacio se sirvió un whisky que tampoco llegó a tocar, y se quedó mirando por la ventana las luces de un Madrid que, por primera vez en toda su carrera política, ya no le pareció una ciudad conquistada, sino una jaula perfectamente decorada de la que no sabía cómo iba a conseguir salir sin destruir a todos los que amaba en el intento.

Pensó en Paquita, en su tozudez, en la misma valentía que él había tenido hacía diecisiete años y que había ido perdiendo, gota a gota, favor a favor, hasta convertirse en el hombre que ahora se escondía en su propio despacho, incapaz de contarle la verdad a su propia familia.

Pensó en Francisco Campi, un desconocido hasta hacía unos meses, ahora atrapado en la misma jaula que él, sin haber elegido estarlo, exactamente igual que Ignacio tampoco había elegido, del todo, la suya.

Y por primera vez en mucho tiempo, Ignacio Serrano se preguntó si todavía estaba a tiempo de elegir algo distinto.

(Fin del capítulo 20 — fin del Acto II. Continúa en el Capítulo 21, Acto III: “La amenaza”, según el esquema de la biblia narrativa)