Capítulo 19 — La inspectora
(Punto de vista: Paquita)
La mujer que la esperaba a la salida de la redacción, una tarde de noviembre ya fría, no llevaba uniforme, pero tenía esa forma de estar de pie, con el peso repartido entre ambas piernas, lista para moverse en cualquier dirección, que Paquita había aprendido a reconocer después de meses cubriendo temas de sucesos para el periódico.
—¿Paquita Serrano?
—¿Quién pregunta?
—Inspectora Elena Vidal. Unidad de Delincuencia Económica y Fiscal. —Le mostró una placa que Paquita examinó con más atención de la estrictamente necesaria, buscando algún indicio de que aquello no fuera lo que parecía—. ¿Tiene un momento?
Se sentaron en una cafetería cercana, con Vidal pidiendo un café solo que no llegó a tocar en toda la conversación, observando a Paquita con la misma atención clínica con la que un médico examina una radiografía.
—Llevo dos años investigando una red de blanqueo de capitales vinculada a organizaciones italianas asentadas en Madrid —empezó Vidal, sin rodeos, directa al grano de una manera que a Paquita, acostumbrada a la ambigüedad calculada del mundo de su padre, le resultó casi refrescante—.
Import Ranieri S.L. es una de las piezas centrales de esa red.
Y usted, señorita Serrano, lleva meses investigando exactamente lo mismo que yo, solo que por el lado periodístico.
—¿Cómo sabe eso?
—Porque su nombre ha aparecido tres veces en los registros de consultas del Registro Mercantil sobre las mismas sociedades que yo llevo investigando.
Y porque, francamente, no soy la única que se ha dado cuenta de sus búsquedas.
—Vidal se inclinó ligeramente hacia adelante—.
Alguien más las ha estado siguiendo. Alguien mucho menos amistoso que yo.
Paquita sintió que el estómago se le encogía, pensando en el mensaje anónimo, en las fotografías que había recibido su padre, en la advertencia de Ferretti sobre que «alguien se está encargando» de ella.
—¿Qué es lo que quiere de mí?
—Colaboración. —Vidal sacó una carpeta fina de su bolso y la deslizó sobre la mesa, sin abrirla del todo—.
Tengo pruebas de las operaciones de blanqueo.
Lo que no tengo es la conexión con el nivel político.
Sé que existe. Lo huelo en cada expediente que reviso.
Pero necesito algo más sólido que intuición para llevar esto ante un juez.
—¿Y cree que yo tengo esa conexión?
—Creo que usted es la hija del Secretario de Estado que firmó la adjudicación del puerto seco de Coslada a la UTE que incluye, entre sus subcontratas, a Import Ranieri S.L.
—Vidal la miró fijamente, sin ningún tipo de acusación en la voz, solo la constatación fría de un hecho—.
Y creo que eso la convierte, le guste o no, en la persona con más acceso a la pieza que me falta.
Paquita se quedó en silencio, con la mente dividida entre el instinto de protección hacia su padre y la certeza, cada vez más difícil de ignorar, de que aquella investigación había dejado de ser solo un reportaje hacía mucho tiempo.
—¿Está diciendo que quiere que investigue a mi propio padre?
—Estoy diciendo que su padre ya está siendo investigado, con o sin su ayuda.
La única diferencia es si esa investigación termina siendo justa, con matices, con la posibilidad de que él coopere y reduzca su responsabilidad si demuestra que actuó bajo coacción…
—Vidal hizo una pausa, dejando que la implicación calara— …
o si termina siendo un titular de portada sin ningún tipo de contexto que lo explique.
(Punto de vista: Paquita)
Esa noche, Paquita no pudo dormir. Se quedó despierta, dando vueltas en la cama, sopesando la propuesta de Vidal, el rostro asustado de su padre la noche de la prohibición, la advertencia sobre las «fuerzas moviéndose» que él nunca había terminado de explicarle.
Bajo coacción , había dicho Vidal.
Era la primera vez que alguien, fuera de la propia familia, sugería que Ignacio Serrano podía no ser simplemente un político corrupto más, sino un hombre atrapado, igual que Francisco, en una deuda que nunca había elegido contraer del todo.
Cogió el móvil y le escribió a Francisco, sin importarle que fuera ya la una de la madrugada.
Creo que acabo de conocer a alguien que puede ayudarnos a los dos.
La respuesta llegó pocos minutos después, con la inmediatez de alguien que tampoco estaba consiguiendo dormir.
Cuéntamelo todo mañana. Y Paquita… ten cuidado con quién confías. Ahora mismo, no sabemos quién está de qué lado.
Paquita se quedó mirando el mensaje un buen rato, pensando en la carpeta fina que Vidal le había dejado sobre la mesa, en la placa que parecía auténtica, en la sensación extraña, casi esperanzadora, de que quizás, por primera vez desde que todo aquello había empezado, alguien con el poder real de hacer algo estaba, de verdad, de su lado.
Pero Francisco tenía razón.
En una guerra donde nadie llevaba las cartas boca arriba, la confianza era el lujo más peligroso de todos.
(Fin del capítulo 19 — continúa en el Capítulo 20, cierre del Acto II, según el esquema de la biblia narrativa: Ranieri cita formalmente a Ignacio y le presenta el chantaje)