La jaula Capítulo 18 — La mesa de fórmica
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Capítulo 18 — La mesa de fórmica

(Punto de vista: Francisco)

—Voy a llevarte a casa —anunció Francisco un domingo por la mañana, con más nervios de los que había sentido antes de ningún combate—. A conocer a mi madre.

—¿Estás seguro?

—No. Pero prefiero no estar seguro contigo a mi lado que seguir escondiéndote de mi familia como si fueras un secreto vergonzoso.

Edith los recibió en la puerta con un delantal limpio —el mejor que tenía, el que reservaba para las visitas importantes— y una sonrisa que intentaba disimular, sin conseguirlo del todo, los nervios de conocer, por fin, a la mujer que llevaba semanas cambiando la forma de silbar de su hijo.

—Así que tú eres Paquita.

—Y usted debe de ser Edith. Francisco habla mucho de usted.

—Espero que solo cosas buenas.

—Sobre todo cosas que tienen que ver con comida —dijo Paquita, y Edith se rio, con esa risa fácil que solo aparece cuando alguien consigue, sin proponérselo, romper el hielo de la manera correcta.

Comieron en la mesa de fórmica de la cocina, la misma donde Francisco había crecido, la misma donde meses atrás su madre se había quedado paralizada ante la primera pregunta sobre 1998.

Valentina llegó a mitad de la comida, todavía con el pijama sanitario puesto, y se sentó junto a Paquita con la misma curiosidad directa que caracterizaba a toda la familia Campi.

—Así que tú eres la periodista que tiene a mi hermano suspirando como un adolescente.

—Valentina —protestó Francisco, con las orejas otra vez rojas, exactamente como le había pasado en el restaurante de Beppe.

—Es verdad, y lo sabes.

Fue una comida sencilla, ruidosa, llena de las bromas y las interrupciones habituales de una familia acostumbrada a hablar todos a la vez, y Paquita, que llevaba toda su vida sentada en mesas donde cada palabra se medía con precisión quirúrgica, se sorprendió disfrutando de aquel caos de una manera que no esperaba.

—Es la primera vez en meses que veo a Francisco reírse así de fácil —le dijo Edith a Paquita, en voz baja, mientras recogían juntas los platos—. Gracias por eso.

—No he hecho nada especial.

—Has hecho lo más difícil de todo: has conseguido que baje la guardia.

Ese chico lleva toda la vida creyendo que tiene que cargar con todo él solo.

—Edith se quedó mirando a su hijo, que en ese momento discutía con Valentina sobre algún programa de televisión con el entusiasmo despreocupado de alguien que, por unas horas, había conseguido olvidar todo lo demás—.

Cuídalo, por favor. Y deja que él te cuide a ti también. Los dos os merecéis eso.

(Punto de vista: Paquita)

De vuelta a casa, caminando de la mano por las calles de Tetuán con el sol de la tarde ya bajando, Francisco se detuvo de pronto, con una expresión seria que contrastaba con el buen humor de toda la comida.

—Hay algo más que necesito contarte. Sobre mi madre.

—¿Qué pasa?

—Ella estaba allí. En Nápoles. En el callejón donde murió Enzo Ranieri.

Paquita se detuvo también, sorprendida por la revelación.

—¿Lo vio todo?

—Vio la pelea. Vio cómo se descontroló. Pero también vio algo más.

—Francisco bajó la voz, aunque no había nadie cerca para escucharlos—.

Vio a una tercera persona en ese callejón esa noche.

Alguien que se marchó antes de que llegara la policía.

Alguien cuya identidad ha guardado en secreto durante veinte años.

—¿Y no te ha dicho quién es?

—Me ha pedido tiempo. Dice que cuando llegue el momento, me lo contará. Pero que tengo que prometerle que no haré ninguna tontería con esa información.

Paquita se quedó pensativa, con la mente periodística ya trabajando a toda velocidad, atando cabos, imaginando posibilidades.

—Francisco. Si esa tercera persona todavía está viva, y todavía tiene algún tipo de relación con Ranieri o con su organización…

—Lo sé. Podría ser la clave de todo esto.

—O podría ser alguien que preferiría mil veces que ese secreto siguiera enterrado, y que estaría dispuesto a hacer lo que fuera necesario para conseguirlo.

Se miraron, entendiendo sin necesidad de decirlo del todo, que aquel secreto que Edith llevaba veinte años guardando no era solo una pieza más del rompecabezas.

Era, probablemente, la pieza que lo cambiaba todo.

(Fin del capítulo 18 — continúa en el Capítulo 19, según el esquema de la biblia narrativa)