Capítulo 17 — Diecisiete años atrás
(Punto de vista: Paquita)
Encontró el hilo suelto por casualidad, como suele pasar con los hilos que terminan deshaciendo el jersey entero: buscando en las hemerotecas digitales una fecha concreta de constitución de una de las sociedades pantalla vinculadas a Import Ranieri, Paquita se topó con una noticia antigua, de hacía diecisiete años, sobre la primera campaña electoral de un joven concejal llamado Ignacio Serrano.
La noticia en sí no decía nada extraordinario: un mitin, un discurso sobre el futuro de la ciudad, una foto de un Ignacio mucho más joven y mucho más delgado sonriendo junto a un cartel electoral.
Lo que le llamó la atención a Paquita no fue el texto, sino un dato al pie, casi invisible, sobre la financiación de aquella primera campaña: una donación privada, dentro de los márgenes legales de la época, procedente de una empresa llamada Distribuciones Meridionales S.L.
El mismo despacho de abogados de la calle Velázquez que gestionaba, veinte años después, las sociedades vinculadas a Import Ranieri, aparecía también en el registro mercantil de Distribuciones Meridionales, como apoderado desde su constitución.
Paquita se quedó mirando la pantalla durante un buen rato, sintiendo que las piezas del rompecabezas, que llevaba meses intentando encajar sin conseguirlo del todo, empezaban por fin a formar una imagen que no le gustaba nada.
—Diecisiete años —murmuró, para sí misma, en la redacción vacía—. Llevan diecisiete años dentro de la vida de mi padre.
Siguió tirando del hilo durante horas, cruzando registros mercantiles, actas de constitución, cambios de administradores, hasta que consiguió reconstruir una cronología aproximada: Michele Ranieri había llegado a España pocos años antes de esa primera campaña electoral, con el dinero suficiente para empezar a establecer una red de empresas legales que servían de fachada a operaciones mucho menos legales.
Ignacio Serrano, entonces un político joven y ambicioso, con más ganas que recursos, había aceptado una donación que en su momento parecía simplemente generosa.
Nadie, en aquel entonces, se había preguntado de dónde salía exactamente ese dinero.
Diecisiete años después, esa donación se había convertido en una losa que Ignacio arrastraba sin poder deshacerse de ella, porque devolver el favor —o negarse a devolverlo— implicaba, en cualquiera de los dos casos, reconocer públicamente algo que podía destruir toda una carrera construida sobre la base de una reputación impecable.
(Punto de vista: Francisco)
Le contó todo a Francisco esa misma noche, en el parque de las Vistillas, con el cuaderno de notas abierto entre los dos, iluminado por la luz débil de una farola cercana.
—Entonces tu padre lleva toda su carrera atado a esta gente.
—Eso parece. Y ahora entiendo por qué se puso tan pálido cuando mencioné el nombre de Ranieri en la cena del embajador. No era la primera vez que escuchaba ese nombre. Llevaba diecisiete años escuchándolo, en voz baja, cada vez que necesitaba un favor de alguien que no podía negarse a devolvérselo.
Francisco se quedó mirando el cuaderno, con los nombres y las fechas escritos en la letra apretada de Paquita, y sintió una punzada extraña, un parecido incómodo entre la historia de su propia familia y la que Paquita acababa de descubrir sobre la suya.
—Es la misma historia —dijo, finalmente—. Solo que con trajes distintos.
—¿A qué te refieres?
—Mi padre aceptó dinero de esta gente porque necesitaba sobrevivir. Tu padre aceptó dinero de esta gente porque necesitaba ganar unas elecciones. Los dos pensaron que podían controlar la deuda. Los dos se equivocaron.
Paquita cerró el cuaderno despacio, procesando la comparación con una mezcla de tristeza y una especie de alivio extraño, el alivio de no ser la única persona cuya familia guardaba secretos que ahora amenazaban con salir a la luz de la peor manera posible.
—¿Qué hacemos con esto?
—Todavía no lo sé. Pero sí sé una cosa. —Francisco le tomó la mano, entrelazando los dedos con los suyos—. Sea lo que sea lo que decidamos hacer, lo decidimos juntos. Nada de que tú investigues sola por un lado y yo pelee solo por el otro. Se acabó eso.
Paquita apretó su mano, agradecida, aunque una parte de ella —la parte periodística, entrenada para desconfiar incluso de las certezas más reconfortantes— no pudo evitar pensar que, cuanto más se acercaban a la verdad completa, más peligroso se volvía cada paso que daban.
Y que, tarde o temprano, alguien —su padre, Ranieri, quizás los dos— iba a intentar detenerlos antes de que llegaran hasta el final.
(Fin del capítulo 17 — continúa en el Capítulo 18, según el esquema de la biblia narrativa)