La jaula Capítulo 16 — La sombra en el retrovisor
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Capítulo 16 — La sombra en el retrovisor

(Punto de vista: Francisco)

Lo notó por primera vez un martes, mientras hacía el reparto de Manolo por Chamberí: un coche gris, discreto, sin nada que llamara la atención salvo el hecho de que llevaba tres semáforos parándose exactamente donde él se paraba, manteniendo siempre la misma distancia prudente, ni tan cerca como para resultar evidente ni tan lejos como para perderlo de vista.

No dijo nada al principio. Se convenció de que era coincidencia, de que Madrid estaba llena de coches grises y de conductores con la misma ruta que la suya.

Pero al tercer día, cuando volvió a verlo aparcado frente al Gimnasio Nápoles, con un hombre al volante que no se molestó en disimular que lo estaba observando, Francisco entendió que ya no se trataba de coincidencias.

—Luis. Hay un hombre ahí fuera.

Luis se asomó a la ventana, con la cautela de quien lleva décadas aprendiendo a no mostrar nunca el miedo delante de un enemigo, real o imaginario.

—¿Lo conoces?

—No. Pero lleva tres días siguiéndome.

El hombre del coche gris —cuadrado, de espaldas anchas, con una cicatriz fina que le cruzaba la ceja izquierda de una forma que a Francisco le resultó incómodamente familiar, como mirarse en un espejo deformado— bajó del vehículo con parsimonia, se apoyó contra la puerta, y se quedó allí, observando la entrada del gimnasio con los brazos cruzados, sin ningún intento de ocultarse.

—Voy a hablar con él.

—Cesco, no.

—No pienso vivir con alguien vigilándome la puerta de casa, Luis. Prefiero saber a qué atenerme.

Salió del gimnasio con paso decidido, cruzó la calle, y se plantó delante del desconocido con la misma actitud que adoptaba antes de un combate: calculando distancias, ángulos, la posición de las manos del otro.

—¿Puedo ayudarte en algo?

—Marco Ferretti. —El hombre le tendió la mano, con una cordialidad fría que a Francisco le recordó dolorosamente al hombre del traje caro de semanas atrás, aunque este era distinto: más joven, más fuerte, con el porte de alguien que no se limitaba a dar mensajes, sino que también sabía, y probablemente disfrutaba, hacer cumplir lo que esos mensajes anunciaban—. Trabajo para el señor Ranieri.

Francisco no le estrechó la mano.

—¿Y qué quiere el señor Ranieri esta vez?

—De momento, nada. Solo observar. —Ferretti sonrió, con una calma que resultaba mucho más inquietante que cualquier amenaza gritada—. Peleas bien, Campi. Lo he visto con mis propios ojos, el sábado pasado, en el sótano de Manolo.

—¿Estuviste ahí?

—Cerca. El señor Ranieri prefiere que sea yo quien haga las visitas de cerca. Él ya tuvo suficiente con verte pelear una vez.

—¿Qué quieres, Ferretti?

Marco Ferretti se apartó del coche, dando un paso hacia Francisco que, sin llegar a ser una agresión directa, estaba calculado con precisión milimétrica para invadir el espacio justo necesario para intimidar sin cruzar la línea de lo que la ley podría considerar un ataque.

—Quiero que sepas que te estamos observando. A ti. A tu familia. —Bajó la voz, aunque no había nadie más cerca para escucharlo—. Y a la chica del periódico, claro. Aunque de ella ya se está encargando alguien más, así que no te preocupes demasiado por ese frente. De momento.

Francisco sintió que la sangre le hervía, pero mantuvo la calma con el mismo esfuerzo que le costaba aguantar un asalto entero contra un rival que le doblaba en peso.

—Si le tocáis un pelo a Paquita—

—Nadie ha dicho nada de tocarle un pelo.

—Ferretti levantó las manos, en un gesto de falsa inocencia—.

Solo digo que sabemos dónde vive. Dónde trabaja.

Con quién cena los domingos. La información es poder, Campi.

El señor Ranieri lleva veinte años acumulando ese tipo de poder mientras esperaba pacientemente a que la familia Campi decidiera saldar su deuda.

—No tenemos ninguna deuda con vosotros.

—Tenéis la deuda más grande de todas. —Por primera vez, la voz de Ferretti perdió parte de su cordialidad calculada, y algo mucho más personal, más oscuro, asomó debajo—.

Enzo Ranieri era mi tío, Campi. Yo tenía diez años cuando murió.

Así que perdona si no comparto la generosidad de espíritu del señor Ranieri respecto a cuánto tiempo más está dispuesto a esperar.

Francisco se quedó paralizado, procesando la información con una lentitud que el resto de su cuerpo no compartía, cada músculo tenso, preparado para una pelea que, por primera vez desde que todo aquello había empezado, no sabía si podría ganar solo con los puños.

—Dile al señor Ranieri —dijo finalmente, con la voz más firme de la que se sintió capaz— que si de verdad quiere hablar de esta deuda, que venga él en persona. Que deje de mandar mensajeros y sobrinos a asustar a la gente en la puerta de sus propios negocios.

Ferretti sonrió, con una satisfacción que a Francisco le heló la sangre más que cualquier amenaza explícita.

—Se lo diré. Le va a gustar tu actitud, Campi. El señor Ranieri siempre ha apreciado el valor. —Volvió al coche, sin prisa, y antes de arrancar, bajó la ventanilla una última vez—. Nos volveremos a ver pronto.

El coche gris se alejó calle abajo, dejando a Francisco solo en la acera, con el corazón latiéndole tan fuerte como después del combate más duro de toda su carrera.

(Punto de vista: Francisco)

Esa noche, Francisco llamó a Paquita antes incluso de quitarse la ropa de trabajo, todavía con el olor a gasolina de la furgoneta de Manolo pegado a la piel.

—Tienes que tener mucho cuidado los próximos días.

—¿Qué ha pasado?

Le contó todo: el coche gris, Marco Ferretti, la confesión sobre Enzo Ranieri, la advertencia velada sobre ella.

Al otro lado de la línea, el silencio de Paquita se extendió más de lo habitual, denso, cargado de una decisión que Francisco no pudo ver formarse en su cara pero que intuyó perfectamente por el tono con el que finalmente habló.

—Entonces ya no hay vuelta atrás.

—No, ya no la hay.

—Bien —dijo ella, con una firmeza que sorprendió incluso a Francisco, acostumbrado ya a la tozudez de Paquita—. Porque si van a jugar sucio de todas formas, prefiero mil veces jugar sabiendo la verdad que seguir fingiendo que puedo protegerme quedándome al margen.

Francisco sonrió, a pesar del miedo, a pesar de todo, porque en ese instante entendió con total claridad una cosa: fuera lo que fuera lo que Michele Ranieri estuviera planeando, se había equivocado gravemente si pensaba que amenazar a Paquita Serrano iba a conseguir que ella se echara atrás.

Se había equivocado en la misma medida en que se había equivocado, veinte años atrás, con la familia Campi.

(Fin del capítulo 16 — continúa en el Capítulo 17, según el esquema de la biblia narrativa)