La jaula Capítulo 15 — La rebelión de Paquita Serrano
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Capítulo 15 — La rebelión de Paquita Serrano

(Punto de vista: Paquita)

Su padre la esperó despierto, algo que no hacía desde que ella tenía diecisiete años y había llegado tarde de una fiesta con olor a alcohol en la ropa.

Estaba sentado en el sillón del salón, sin whisky esta vez, con las manos entrelazadas sobre el regazo y una expresión que Paquita reconoció de inmediato: la de un hombre que había pasado toda la fiesta ensayando exactamente lo que iba a decir.

—Siéntate.

—Papá, es tarde.

—Siéntate, Paquita. Por favor.

Se sentó, con el abrigo todavía puesto, preparándose para lo que sabía que venía.

—Quiero que dejes de ver a ese hombre.

—Ya hemos tenido esta conversación.

—La vamos a tener otra vez, porque esta vez no es una petición. —Ignacio se levantó, con esa rigidez que solo aparecía en él en los momentos más graves, los que ni siquiera reservaba para las sesiones más duras del Congreso—. Es una orden, y quiero que la sigas.

Paquita sintió que algo dentro de ella, algo que llevaba veintinueve años conteniendo por respeto, por cariño, por la costumbre de ser la hija que no discutía las decisiones importantes de la familia, se rompía de golpe.

—¿Una orden? Papá, no soy una niña de doce años a la que le prohíbes ver una película.

—Eres mi hija, y estás jugando con fuego sin tener ni idea de lo que ese fuego puede quemar.

—¡Pues cuéntame de qué fuego hablas! Llevas semanas diciéndome que hay «fuerzas moviéndose» y «cosas que no entiendo», y nunca me explicas nada. ¿Cómo esperas que deje algo cuando ni siquiera me dices por qué?

—Porque cuanto menos sepas, más segura estarás.

—¡Eso es mentira, y lo sabes! Cuanto menos sé, más peligro corro, porque no sé de qué protegerme.

—Paquita se puso de pie también, encarándolo con la misma firmeza que había heredado de él, aunque él se negara a reconocer el parecido en ese momento—.

¿Sabes qué he descubierto en mi investigación, papá?

He descubierto que una empresa llamada Import Ranieri está metida en un contrato del puerto seco de Coslada que tú mismo firmaste.

He descubierto que el dueño de esa empresa es la misma persona que amenaza a Francisco.

Y ahora resulta que tú también lo conoces.

¿Qué parte de esto esperas que yo no una, papá?

Soy periodista. Es literalmente mi trabajo unir las piezas.

Ignacio se quedó paralizado, con el rostro descompuesto de una manera que Paquita no le había visto nunca, ni siquiera en los peores momentos de su carrera política.

—No sabes lo que estás diciendo.

—Sé exactamente lo que estoy diciendo. Lo que no sé es por qué tú no me lo estás explicando tú mismo, en lugar de dejar que lo averigüe yo sola, arriesgándome cada día más.

—Porque si lo supieras, no podrías seguir mirándome de la misma manera que me miras ahora.

La confesión salió de él casi sin querer, en un susurro que sonó más a derrota que a advertencia, y Paquita sintió que el suelo del salón se movía bajo sus pies de una manera que ninguna otra revelación de las últimas semanas había conseguido.

—¿Qué has hecho, papá?

Ignacio no contestó. Se dejó caer de nuevo en el sillón, con la cabeza entre las manos, y por primera vez en toda la vida de Paquita, su padre —el hombre que siempre tenía una respuesta calibrada para cada pregunta, una sonrisa preparada para cada cámara— pareció, simplemente, un hombre viejo y asustado.

—Vete a la cama, Paquita. Por favor.

—Papá.

—Vete a la cama.

Paquita se quedó mirándolo un rato más, debatiéndose entre la rabia y una compasión que no esperaba sentir esa noche, y finalmente se dio la vuelta y subió las escaleras, dejando a su padre solo en el salón, envuelto en una oscuridad que parecía mucho más profunda que la simple falta de luz.

(Punto de vista: Francisco)

Al día siguiente, Paquita apareció en la puerta del gimnasio, sin avisar, con los ojos hinchados de una noche en la que apenas había dormido, y Francisco, en cuanto la vio, dejó las vendas a medio atar y salió a su encuentro sin necesidad de que ella dijera una sola palabra.

—Mi padre me ha prohibido verte.

—¿Y qué le has dicho?

—Que no tiene ningún derecho a prohibirme nada.

—Paquita se secó una lágrima con rabia, más enfadada consigo misma por llorar que por cualquier otra cosa—.

Pero, Francisco, hay algo más. Algo que no me esperaba.

Creo que mi padre sabe mucho más de lo que admite.

Creo que está más metido en todo esto de lo que ninguno de los dos imaginábamos.

Francisco la abrazó, allí mismo, en la puerta del gimnasio, delante de Luis y de los dos chavales que entrenaban en el ring, sin importarle quién los viera.

—Entonces lo averiguaremos juntos.

—¿Y si lo que averiguamos es que tu deuda y el trabajo de mi padre están conectados de una forma que ninguno de los dos quiere descubrir?

—Entonces lo enfrentaremos juntos también. —Francisco le levantó la barbilla con dos dedos, obligándola a mirarlo—. Paquita. Sea lo que sea lo que hay al final de esto, prefiero enfrentarlo contigo a mi lado que seguir fingiendo, como hasta ahora, que puedo resolverlo solo.

Era la primera vez que lo admitía en voz alta, ni siquiera delante de Luis, y las palabras le costaron más de lo que esperaba, porque iban directamente en contra de la única regla que su padre le había enseñado sin querer, la que decía que pedir ayuda era una forma de debilidad.

Pero mientras lo decía, sintió que, por primera vez en mucho tiempo, no se sentía débil en absoluto.

Se sentía, simplemente, acompañado.

(Fin del capítulo 15 — continúa en el Capítulo 16, según el esquema de la biblia narrativa)