Capítulo 13 — Sobremesa
(Punto de vista: Paquita)
La cena de los domingos en casa de los Serrano tenía un ritual tan fijo como una misa: mantel de hilo, la vajilla buena que Amparo solo sacaba para esa ocasión, y una conversación que discurría siempre por los mismos cauces seguros —el trabajo de Álvaro, los planes de verano, algún comentario general sobre la actualidad política lo suficientemente vago como para no comprometer a nadie—.
Esa noche, sin embargo, el ambiente tenía una tensión distinta desde el primer plato, una electricidad que ni siquiera Amparo, con toda su experiencia en desactivar tormentas familiares antes de que estallaran, conseguía disimular del todo.
—¿Va todo bien? —preguntó Álvaro, mirando alternativamente a su padre y a su hermana, con esa capacidad suya, entrenada durante años como abogado, para detectar cuándo dos personas en una misma sala están reteniendo información.
—Todo perfecto —dijo Ignacio, sirviéndose vino con una mano que no estaba tan firme como de costumbre.
—No lo parece.
—Álvaro —intervino Amparo, con ese tono suyo que servía tanto para pedir la sal como para ordenar el fin inmediato de una conversación—, come.
Pero Álvaro, que llevaba media vida perfeccionando el arte de no dejar pasar nada por alto, no comió. Se quedó mirando a su hermana, con esa mezcla de cariño y desconfianza profesional que Paquita conocía bien de toda la vida, y que solía preceder a las preguntas que menos le apetecía contestar.
—¿Sigues con esa investigación tuya? La del puerto.
Paquita sintió que el tenedor se le quedaba a medio camino del plato.
—¿Qué investigación?
—Vamos, Paquita. Sé que llevas meses con algo entre manos. Te conozco desde que naciste. Tienes esa cara que pones cuando estás a punto de meterte en un lío del que después no sabes cómo salir.
—No sé de qué hablas.
—Claro que lo sabes.
—Álvaro —dijo Ignacio, con una firmeza que sorprendió a todos en la mesa—, deja el tema.
El silencio que siguió tuvo la densidad de un aviso. Álvaro miró a su padre, sorprendido por la intensidad de su reacción, y algo en su expresión —una chispa de sospecha que hasta ese momento había estado dormida— pareció encenderse de golpe.
—¿Por qué te preocupa tanto que hable del tema, papá?
—No me preocupa. Solo creo que la cena no es el lugar para hablar de trabajo.
—Nunca te ha importado antes que habláramos de trabajo en la cena. De hecho, sueles ser tú quien más habla de trabajo en la cena.
Ignacio no contestó. Bebió un trago largo de vino, y por la manera en que evitó los ojos de su hijo, Álvaro entendió, con la misma claridad instintiva que usaba en los tribunales para saber cuándo un testigo mentía, que había algo debajo de aquella conversación que nadie en la mesa estaba dispuesto a nombrar en voz alta.
(Punto de vista: Álvaro)
Después de la cena, mientras Amparo recogía la mesa con la ayuda forzada de Paquita, Álvaro siguió a su padre hasta el despacho, donde Ignacio se sirvió otro whisky y se quedó de pie junto a la ventana, en la misma postura que había adoptado días atrás delante de su hija.
—Papá. ¿Qué está pasando?
—Nada que deba preocuparte.
—Llevas semanas raro. Y esta noche has estado a punto de perder los papeles delante de mamá por una pregunta inocente sobre el trabajo de Paquita. Eso no es «nada».
Ignacio se giró hacia su hijo, y por un instante, muy breve, pareció que iba a contarle la verdad.
Álvaro, que había pasado toda su carrera profesional aprendiendo a leer esos instantes exactos —el segundo antes de que un cliente decidiera confesar, el segundo antes de que un testigo decidiera mentir—, contuvo la respiración, esperando.
Pero el instante pasó, y con él, la oportunidad.
—Es un asunto complicado del ministerio. Nada que puedas resolver tú, ni que debas cargar en tus hombros.
—Soy tu abogado además de tu hijo, papá. Si hay un problema legal, quiero saberlo.
—Si llega el momento en que necesite un abogado, Álvaro, serás el primero en saberlo. Te lo prometo.
Álvaro se quedó mirando a su padre un rato más, sin creerse del todo la promesa, pero sabiendo también que insistir esa noche no iba a servir de nada.
Y mientras salía del despacho, no pudo evitar pensar en su hermana, en la evasiva incómoda de Paquita durante la cena, en la reacción desproporcionada de su padre.
Fuera lo que fuera aquello, decidió, involucraba a los dos.
Y si involucraba a los dos, tarde o temprano, le acabaría involucrando también a él.
(Punto de vista: Paquita)
Esa noche, ya en su habitación, Paquita recibió un mensaje de Francisco que le arrancó, por primera vez en todo el día, una sonrisa genuina.
¿Cómo ha ido la cena de domingo?
Como una operación de desactivación de explosivos , escribió ella. Todos fingiendo que no hay ningún explosivo.
Suena a mi casa, pero con menos cubertería de plata.
Paquita sonrió, tumbada en la cama, con las fotografías que le había arrebatado a su padre todavía guardadas en el cajón bajo llave, junto a la carpeta de Import Ranieri S.L.
Algún día tendremos que hacer una cena de los dos bandos juntos , escribió Francisco. A ver quién sobrevive.
Ese día , contestó Paquita, vamos a necesitar mucho más vino del que cabe en una sola caja.
Se rio sola, en la oscuridad de su habitación, y por un momento, breve pero real, consiguió olvidar el peso de todo lo demás: las fotografías, el mensaje amenazante, la mirada asustada de su padre.
El momento, como todos los momentos así, no duró mucho.
Pero mientras duró, fue suficiente.
(Fin del capítulo 13 — continúa en el Capítulo 14, según el esquema de la biblia narrativa)