La jaula Capítulo 12 — El sobre que no debía abrirse
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Capítulo 12 — El sobre que no debía abrirse

(Punto de vista: Ignacio)

Ignacio Serrano no era un hombre que confiara en las casualidades, y por eso, cuando su chófer de toda la vida —Emilio, que llevaba veinticinco años conduciéndolo y que había aprendido, con el tiempo, a ver sin mirar y a escuchar sin repetir— le comentó, como quien no quiere la cosa, que había dejado a la señorita Paquita dos veces esa semana en una esquina de Tetuán que no tenía nada que ver con la redacción del periódico, Ignacio archivó el dato en algún rincón de su cabeza, sin darle más importancia de la que en ese momento le pareció necesaria.

Hasta que llegó el sobre.

Se lo entregó su secretaria una mañana cualquiera, junto con el resto de la correspondencia, sin ninguna indicación especial más allá de que «lo había traído un mensajero a mano, sin remitente».

Dentro había tres fotografías, tomadas con teleobjetivo, en las que se veía con claridad a su hija caminando de la mano de un hombre joven, fuerte, con una nariz que parecía haber sido rota más de una vez, saliendo de un gimnasio de boxeo en un barrio que Ignacio Serrano jamás había tenido motivo de pisar en su vida.

No había ninguna nota. No hacía falta.

El mensaje estaba implícito en el simple hecho de que alguien hubiera considerado necesario que él viera esas fotografías, en ese momento exacto, mientras el nombre de Michele Ranieri empezaba a aparecer, cada vez con más frecuencia, en las conversaciones incómodas que Ignacio mantenía a puerta cerrada con gente que preferiría no volver a ver nunca.

Guardó las fotografías en el cajón inferior de su escritorio, bajo llave, y llamó a su hija esa misma tarde.

(Punto de vista: Paquita)

—Siéntate —dijo Ignacio, en cuanto Paquita entró en su despacho del ático, con la puerta cerrada a su espalda y esa tensión en el aire que ella reconocía desde niña como la antesala de una conversación que no iba a gustarle.

—¿Va todo bien, papá?

—Eso te iba a preguntar yo a ti.

Abrió el cajón, sacó las tres fotografías, y las dejó sobre la mesa, una junto a otra, con la ceremonia fría de quien presenta pruebas ante un tribunal.

Paquita sintió que la sangre se le helaba en las venas.

—¿Me estás vigilando?

—No te estoy vigilando yo. Alguien más lo está haciendo, y ha tenido la deferencia de compartir el resultado conmigo.

—¿Qué quiere decir eso?

—Quiere decir que alguien sabe que estás viendo a este hombre, y que ha querido que yo también lo sepa. Lo cual, hija mía, en el mundo en el que yo me muevo, nunca es una casualidad ni un gesto de buena voluntad.

Paquita se quedó mirando las fotografías, la imagen de Francisco saliendo del gimnasio con ella de la mano, capturada por un objetivo que ninguno de los dos había notado nunca, y sintió una mezcla de rabia y miedo que le costó controlar antes de contestar.

—¿Quién te ha mandado esto?

—No lo sé. Y eso es precisamente lo que me preocupa. —Ignacio se levantó, se acercó a la ventana, con las manos entrelazadas a la espalda en ese gesto suyo tan característico de político acostumbrado a pensar en voz alta delante de otros—. ¿Quién es este hombre, Paquita?

—Se llama Francisco. Es boxeador.

—¿Boxeador?

—Y buena persona. Mucho mejor persona que la mayoría de la gente con la que cenas los jueves, para que lo sepas.

Ignacio se giró hacia ella, con una expresión que Paquita no supo del todo cómo interpretar: no era solo desaprobación, aunque la desaprobación estaba ahí, evidente.

Había algo más. Algo parecido al miedo, aunque su padre llevara toda la vida entrenándose para no mostrarlo nunca delante de nadie, ni siquiera delante de su propia hija.

—¿Su apellido es Campi?

Paquita se quedó paralizada.

—¿Cómo sabes su apellido?

Ignacio no contestó de inmediato. Se sirvió un vaso de agua que no bebió, y por un instante, muy breve, Paquita vio en su padre algo que nunca había visto: la certeza absoluta de que las piezas de un tablero que llevaba meses temiendo se acababan de mover exactamente hacia donde él más temía que se movieran.

—Tienes que dejar de verlo, Paquita.

—¿Por qué?

—Porque no sabes en qué te estás metiendo.

—Explícamelo tú, entonces. Porque llevo semanas investigando un contrato firmado por ti que huele cada día peor, y ahora resulta que también conoces el apellido de un hombre al que se supone que no deberías conocer de nada.

Así que, papá, con todo el cariño del mundo: explícame tú, de una vez, en qué me estoy metiendo.

Ignacio la miró largamente, con esa mezcla de orgullo y terror que solo un padre acorralado puede sentir hacia una hija que ha heredado exactamente su misma tozudez.

—No puedo —dijo finalmente—. Todavía no.

—Entonces, hasta que puedas —dijo Paquita, levantándose y recogiendo las fotografías de la mesa antes de que su padre pudiera impedírselo—, no me pidas que deje de hacer algo que tú mismo no eres capaz de explicarme por qué debería dejar de hacer.

Salió del despacho con las fotografías apretadas contra el pecho, dejando a su padre solo, de pie junto a la ventana, mirando las luces de un Madrid que, por primera vez en su carrera política, empezaba a sentir completamente fuera de su control.

(Fin del capítulo 12 — continúa en el Capítulo 13, según el esquema de la biblia narrativa)