Capítulo 11 — Lo que se guarda en un cajón
(Punto de vista: Paquita)
Llevaban seis semanas viéndose, y en esas seis semanas Paquita había desarrollado una habilidad nueva que nunca había necesitado hasta entonces: la de mentir con total naturalidad sobre su propia agenda.
—¿Con quién has quedado esta noche? —le preguntaba Amparo, casi cada tarde, con esa curiosidad maternal que nunca terminaba de sonar inocente del todo.
—Con Marina. Trabajo del periódico.
—Llevas mucho trabajo últimamente con Marina.
—El periodismo es así, mamá. Nunca se acaba.
No era del todo mentira. Trabajaba, en efecto, más que nunca: la investigación sobre el puerto de Coslada avanzaba despacio, con cautela redoblada después del mensaje amenazante, cruzando datos en horarios extraños, guardando copias en sitios que ni ella misma recordaba después.
Pero las tardes que le decía a su madre que pasaba con Marina, en realidad las pasaba con Francisco: en el parque de las Vistillas, en el restaurante de Beppe, una vez incluso en el gimnasio de Luis, viéndolo entrenar desde el banco, fascinada por la disciplina silenciosa con la que se preparaba para cada combate.
—¿Por qué no le cuentas a tu familia que sales conmigo? —le preguntó él una noche, mientras caminaban de vuelta hacia el metro, con las manos entrelazadas de una manera que a ninguno de los dos le hacía falta ya justificar.
—Porque mi padre montaría en cólera.
—¿Por qué? ¿Porque no tengo apellido con abolengo?
—Porque en este momento de su vida, mi padre desconfía de cualquier persona nueva que entre en la mía. Y no sin motivo, últimamente. —Paquita apretó la mano de Francisco un poco más fuerte—. No es por ti. Es por todo lo demás.
—¿Y qué pasa cuando «todo lo demás» te obligue a elegir?
La pregunta se quedó flotando entre ellos, sin respuesta inmediata, porque ninguno de los dos tenía todavía muy claro cómo iba a resolverse aquello, ni siquiera si iba a resolverse de alguna manera que no implicara que alguien saliera perdiendo.
(Punto de vista: Francisco)
Del otro lado, Francisco tampoco había contado toda la verdad en casa.
Edith sabía que su hijo estaba «viendo a alguien», porque las madres siempre lo saben, aunque nadie se lo diga directamente, por el simple cambio en la forma de silbar mientras se afeitaba o en la frecuencia con la que de pronto le importaba qué camisa se ponía para salir un martes cualquiera.
Pero no sabía quién era ella. Ni a qué se dedicaba.
Ni, mucho menos, que el apellido de su nueva novia era el mismo apellido que aparecía firmado al pie de contratos que empezaban a oler a corrupción desde cualquier ángulo que se miraran.
—¿Cuándo la vamos a conocer? —preguntó Valentina un domingo, durante la comida familiar, con esa mezcla de curiosidad genuina y ganas de meterse con su hermano que solo una hermana pequeña sabe combinar en la misma frase.
—Todavía no.
—¿Por qué no?
—Porque es complicado.
—Todo lo tuyo es complicado últimamente, Cesco. —Valentina lo miró con una seriedad que no era habitual en ella—. Primero lo de la deuda, ahora esto. ¿Hay algo que no nos estás contando?
Francisco cruzó una mirada rápida con Luis, al otro lado de la mesa, y la conversación silenciosa de siempre —cejas levantadas, pequeños gestos de cabeza— terminó, una vez más, en la misma conclusión no verbal.
Todavía no. Pero pronto.
—Es solo que es reciente —mintió Francisco, a medias—. No quiero presentarla hasta que sepa que va en serio.
—¿Y va en serio?
Francisco se lo pensó, y por primera vez en toda la conversación, contestó sin ningún tipo de reserva, con una sinceridad que sorprendió a todos en la mesa, incluido él mismo.
—Va muy en serio, sí.
Edith, desde el otro extremo de la mesa, sonrió con una tristeza que nadie más notó, porque solo ella, entre todos los presentes, entendía de verdad la clase de peligro al que su hijo podría estar exponiéndose sin saberlo, enamorándose en mitad de una guerra que él ni siquiera había elegido empezar.
(Punto de vista: Paquita)
Esa misma noche, Paquita guardó en el cajón de su escritorio, junto a la carpeta de Import Ranieri S.L., una foto que se había tomado a escondidas de Francisco entrenando en el gimnasio, sudoroso y concentrado, ajeno a la cámara.
No sabía muy bien por qué la había guardado allí, en el mismo cajón donde escondía las pruebas más peligrosas de su investigación.
Pero, de alguna manera, le pareció el sitio correcto: la persona que más le importaba en ese momento y la verdad que más temía descubrir, guardadas una junto a la otra, esperando el día en que ya no pudiera seguir separándolas.
Cerró el cajón con llave, como hacía cada noche.
Y por primera vez, mientras lo hacía, sintió que no solo estaba protegiendo su investigación.
Estaba protegiendo, también, algo que había empezado a temer perder.
(Fin del capítulo 11 — continúa en el Capítulo 12, según el esquema de la biblia narrativa)