Capítulo 10 — El hombre en la última fila
(Punto de vista: Francisco)
El combate del sábado no era uno cualquiera.
Manolo lo había estado anunciando durante dos semanas como «la revancha del año» —aunque, en realidad, Francisco nunca había peleado antes contra Yusupov, el georgiano de metro noventa y dos que llevaba invicto los últimos ocho combates clandestinos del circuito madrileño—, y el sótano, esa noche, estaba más lleno de lo que Francisco lo había visto nunca: apuestas más altas, caras nuevas, un ambiente eléctrico que se notaba en el aire igual que se nota la tormenta antes de que caiga la primera gota.
—Cien mil euros en apuestas esta noche —le dijo Luis, mientras le vendaba las manos en el vestuario improvisado detrás de la cortina—. Manolo no cabe en sí de gusto.
—Cien mil euros que no van a mi bolsillo.
—Trescientos son para ti si ganas. Y si pierdes, doscientos, por el espectáculo. —Luis remató el último nudo del vendaje y le miró a los ojos, más serio de lo habitual—. Cesco. Esta noche, concéntrate solo en el combate. Nada más.
—¿A qué viene eso?
—A que he visto a gente rara entre el público. Gente que no suele venir a este tipo de sitios.
Francisco no tuvo tiempo de preguntar más, porque en ese momento Manolo asomó la cabeza por la cortina, con la excitación mal disimulada de quien está a punto de ganar mucho dinero gracias al esfuerzo ajeno.
—Cesco, ya. Te toca.
El sótano rugió cuando Francisco salió de detrás de la cortina, con la misma mezcla de aplausos y abucheos de siempre, pero esta vez con un volumen que hizo que algo dentro de su pecho —esa parte suya que llevaba trece años aprendiendo a controlar el miedo hasta convertirlo en combustible— se acelerara un poco más de lo habitual.
Yusupov era grande, más grande de lo que parecía en las fotos que circulaban por el circuito, y se movía con una calma inquietante para alguien de su tamaño, como si su propio cuerpo no le pesara lo que en realidad pesaba.
El primer asalto fue de tanteo. El segundo, de sangre: Francisco recibió un directo que le abrió otra vez la ceja de la cicatriz vieja, y sintió el calor familiar bajándole por el pómulo antes incluso de que el árbitro improvisado pudiera pararlo para comprobarlo.
—¡Sigue, sigue! —gritó Luis desde la esquina, golpeando las cuerdas con la palma de la mano.
Francisco siguió.
Fue en el tercer asalto, mientras esquivaba un gancho que le habría reventado la mandíbula si hubiera llegado un centímetro más cerca, cuando lo vio: un hombre sentado en la última fila, apartado del bullicio del resto del público, con un abrigo de lana oscura que desentonaba completamente con el ambiente del sótano, observando el combate con la misma expresión tranquila y estudiada de quien examina un cuadro en un museo, no de quien apuesta dinero por sangre ajena.
No aplaudía. No gritaba. Se limitaba a observar, con las manos cruzadas sobre el bastón que sostenía entre las piernas, como si el propio Francisco fuera el objeto de estudio y no el combate.
Francisco perdió una décima de segundo de concentración —solo una— y esa décima de segundo fue suficiente para que Yusupov le colocara un gancho al costado que le arrancó el aire de los pulmones y lo hizo doblarse sobre sí mismo.
—¡Cesco! —el grito de Luis lo devolvió al presente justo a tiempo de esquivar el siguiente golpe.
Se recompuso. Respiró. Y, por primera vez en toda su carrera, decidió pelear no solo por el dinero, ni por el orgullo, sino por algo mucho más simple y mucho más urgente: por demostrarle al hombre del abrigo de lana, quienquiera que fuese, que no estaba mirando a alguien fácil de intimidar.
El cuarto asalto fue el mejor combate de la vida de Francisco Campi.
Esquivó, contraatacó, encontró el hueco entre la guardia de Yusupov que llevaba tres asaltos buscando, y en el minuto final del quinto asalto, con el sótano entero puesto en pie, gritando su nombre en un rugido que Francisco sintió más en el pecho que en los oídos, conectó el gancho de derecha que envió al georgiano contra la lona, sin que se volviera a levantar antes de la cuenta.
El árbitro le levantó el brazo.
Francisco buscó, entre el caos de gente que se le echaba encima a felicitarlo, la última fila del sótano.
El hombre del abrigo de lana ya no estaba allí.
Encontró al camarero que solía servir las copas cerca de esa zona, todavía recogiendo vasos, con la excusa perfecta de preguntar por la limpieza.
—El hombre que estaba sentado ahí atrás. ¿Sabes quién es?
El camarero, un chico joven que trabajaba tres noches por semana en el sótano de Manolo para pagarse la universidad, se encogió de hombros.
—No lo había visto nunca. Ha pedido un agua con gas, ha pagado en efectivo, y se ha ido justo cuando has ganado. Muy raro, la verdad. Nadie viene aquí a pedir agua con gas.
—¿Ha dicho algo? ¿Ha preguntado algo?
—Solo una cosa, antes de irse. Me ha preguntado si sabía cuántos años tenías.
Francisco sintió que el frío que había empezado en la puerta del gimnasio, semanas atrás, con el hombre del traje caro, volvía a instalarse en su estómago con más fuerza que nunca.
Michele Ranieri había venido a verlo pelear en persona.
Y, por primera vez desde que todo aquello había empezado, Francisco entendió que ya no se trataba de una deuda antigua, ni de una advertencia velada, ni de cifras que alguien más decidiría por él.
Se trataba de que Michele Ranieri, después de veinte años de paciencia, había decidido, por fin, que quería conocer de cerca a la persona que iba a hacer pagar por la muerte de su hermano.
(Punto de vista: Paquita)
Esa misma noche, Paquita recibió un mensaje de un número que no tenía guardado, desde un teléfono que después, al intentar devolver la llamada, resultó estar ya desconectado.
Deja de investigar el puerto de Coslada. Es la última advertencia amable que vas a recibir.
Se quedó mirando la pantalla del móvil, sola en su habitación, con la carpeta de documentos escondida en el cajón del escritorio y el corazón latiéndole con una mezcla de miedo y algo mucho más terco que el miedo.
Guardó el mensaje. Hizo una captura de pantalla. Y, en lugar de borrar el número, lo etiquetó con un nombre provisional que resumía perfectamente lo que sentía en ese momento.
Ranieri (probablemente).
Fuera, Madrid seguía brillando con las luces de siempre, ajena por completo a que, esa noche, dos personas que apenas empezaban a conocerse acababan de cruzar, cada una por su lado, la misma línea invisible que separaba la curiosidad del peligro real.
El Acto de los comienzos había terminado.
Lo que venía después ya no tendría vuelta atrás.
(Fin del capítulo 10 — fin del Acto I. Continúa en el Capítulo 11, Acto II: “Dos mundos”, según el esquema de la biblia narrativa)