Capítulo 9 — Lo que Edith nunca contó
(Punto de vista: Francisco)
Al cuarto día, no aguantó más.
Encontró a Luis solo en el gimnasio, antes de la hora de apertura, reparando por enésima vez la misma grieta en la lona del ring con cinta americana que ya no disimulaba nada.
—Necesito que me cuentes el resto.
Luis no levantó la vista de la cinta.
—Ya te he contado suficiente.
—Me has contado que mi padre mató a un hombre. Eso no es «suficiente», Luis. Eso es apenas el título de la historia. Necesito el resto del libro.
—Hay cosas que es mejor no—
—No me digas que es mejor no saberlas. Llevo semanas con un hombre trajeado apareciendo en la puerta del gimnasio, amenazando a la mujer con la que estoy saliendo, hablando de una deuda que según él «no sé cuánto pesa». Tengo derecho a saber por qué.
Luis dejó la cinta americana sobre la lona y se sentó, con ese gesto suyo de hombre que ha cargado el mismo peso durante tanto tiempo que ya casi ha olvidado cómo era caminar sin él.
—El hombre que mató tu padre se llamaba Enzo Ranieri.
Francisco sintió que el suelo del gimnasio se movía ligeramente bajo sus pies, aunque no se había movido nada en absoluto.
—Ranieri.
—El hermano pequeño de Michele Ranieri, sí.
—Luis se frotó los ojos con las manos, como si el simple hecho de decirlo en voz alta le costara físicamente—.
Fue una pelea. No un asesinato a sangre fría, Cesco, quiero que lo tengas claro antes de que sigas escuchando.
Fue una pelea que se descontroló, en un callejón, después de un combate clandestino, muy parecido a los que tú das ahora.
Enzo había hecho trampa. Tu padre lo descubrió.
Se pelearon. Enzo se golpeó la cabeza contra el bordillo al caer y no se volvió a levantar.
—Un accidente.
—Un accidente que Michele Ranieri nunca ha aceptado como tal.
Para él, tu padre mató a su hermano con las manos, y las manos que lo hicieron eran las mismas manos que después entrenaron a un niño para que aprendiera a boxear.
—Luis miró a Francisco directamente por primera vez desde que había empezado a hablar—.
Por eso nos fuimos de Nápoles. Por eso tu padre pasó los últimos años de su vida pagando lo que él llamaba «la deuda», aunque nunca fue solo dinero.
Era una manera de comprar tiempo. De comprar que Michele Ranieri no viniera a buscarnos.
—¿Y ahora ha decidido dejar de esperar?
—Ahora tiene un motivo nuevo para acercarse.
Un boxeador con el mismo apellido, en el mismo negocio en el que murió su hermano.
—Luis negó con la cabeza, despacio—. No creo que esto sea solo por dinero, Cesco.
Creo que Michele Ranieri lleva veinte años esperando la oportunidad de hacerte pagar algo que tú ni siquiera hiciste.
Francisco encontró a su madre esa misma tarde, en la cocina, preparando la cena como cada día, con la radio puesta bajita y el delantal manchado de tomate de tantos años de uso que ya no se distinguía el color original de la tela.
—Mamá.
—Ya casi está la cena.
—Mamá, necesito que me hables de Enzo Ranieri.
Edith se quedó completamente quieta, con la cuchara de madera suspendida sobre la sartén, exactamente igual que semanas atrás, cuando Francisco le había preguntado por primera vez si su padre tenía deudas en Nápoles.
Pero esta vez no dijo «come, que se te enfría».
Esta vez, muy despacio, apagó el fuego, se quitó el delantal, y se sentó frente a su hijo en la misma mesa de fórmica donde llevaban comiendo desde que él tenía memoria.
—¿Quién te ha hablado de Enzo?
—Luis. Me ha contado lo del callejón. Lo de la pelea.
Edith cerró los ojos un instante, y cuando volvió a abrirlos, Francisco vio en ellos algo que no había visto nunca en su madre: no tristeza, exactamente, sino una especie de cansancio antiguo, acumulado durante décadas de fingir que aquello no había ocurrido.
—Tu padre no era un asesino, Francisco. Quiero que lo tengas muy claro, antes de que sigas escuchando cualquier otra versión de esta historia. Era un hombre bueno al que un mal día se le fue de las manos algo que nunca debió empezar.
—Lo sé, mamá. Luis me lo ha contado así.
—Lo que Luis quizás no te ha contado —dijo Edith, y por primera vez en toda la conversación, su voz sonó a advertencia, no a explicación— es que yo estaba allí esa noche.
Francisco se quedó helado.
—¿Qué?
—Estaba en ese callejón. Vi cómo empezó todo.
Vi la trampa que hizo Enzo, vi cómo tu padre lo confrontó, vi cómo la pelea se descontroló.
—Edith se llevó una mano a la boca, como si las palabras, después de veinte años calladas, quisieran salir todas de golpe y su propio cuerpo intentara contenerlas—.
Y también vi algo que tu padre nunca supo que yo vi.
—¿Qué viste?
—Vi a alguien más en ese callejón, Francisco. Alguien que se marchó antes de que llegara la policía. Alguien que, durante veinte años, ha dejado que Michele Ranieri crea una versión de esa noche que no es del todo cierta.
—¿Quién?
Edith negó con la cabeza, con los ojos llenos de lágrimas que no llegaron a caer, contenidas por la misma fuerza de voluntad que la había mantenido callada durante dos décadas.
—Todavía no, hijo. Esa parte todavía no puedo contártela. Pero prométeme una cosa.
—¿Qué?
—Prométeme que cuando llegue el momento de contártela, no vas a hacer ninguna tontería con lo que sepas.
Francisco no pudo prometerlo. Y por la forma en que su madre bajó la mirada, entendió que ella tampoco había esperado, en realidad, que lo hiciera.
(Fin del capítulo 9 — continúa en el Capítulo 10, según el esquema de la biblia narrativa)