La jaula Capítulo 8 — Esto no es una cita
20%

Capítulo 8 — Esto no es una cita

(Punto de vista: Paquita)

—Esto no es una cita —aclaró Paquita, en cuanto se sentaron a la mesa del restaurante, antes incluso de que el camarero les hubiera dejado la carta.

—No he dicho que lo fuera.

—Lo has dicho. Por teléfono. Has dicho «te invito a cenar».

—Y no he dicho «a una cita». Son cosas distintas.

—Son exactamente lo mismo, Francisco.

—En italiano no. En italiano invitare a cena es mucho más inocente que en español. Es casi de cortesía.

—No estamos en Italia.

—Ya lo sé. Por eso te lo estoy explicando en español, para que veas que hasta traduciéndolo sigue sin ser una cita.

Paquita puso los ojos en blanco, pero no pudo evitar que se le escapara una sonrisa detrás de la carta, que sostenía como un escudo mucho más eficaz contra la vergüenza que contra el hambre.

El restaurante era pequeño, italiano de verdad —«no como la Enoteca esa, que es más fachada que trattoria», había aclarado Francisco por teléfono, sin que ella supiera todavía interpretar del todo la diferencia que él marcaba entre ambos lugares—, con manteles de cuadros rojos y blancos y un dueño que saludó a Francisco por su nombre y le dio un abrazo que casi lo levanta del suelo.

—Cesco! Da quanto tempo!

—Troppo tempo, Beppe. Esta es Paquita.

—Ah, la fidanzata! —El dueño le tomó la mano a Paquita con una ceremonia exagerada, casi teatral, y la besó con un gesto que en cualquier otro contexto habría resultado ridículo y que allí, de alguna manera, resultaba entrañable—. Bienvenida, bienvenida, la mesa del rincón, la mejor de la casa.

—No es mi novia, Beppe —aclaró Francisco, con las orejas visiblemente rojas.

—Claro que no, claro que no —dijo Beppe, sin dejar de sonreír, sin creerse ni una palabra, guiándolos hacia la mesa del rincón con el aire de quien lleva cuarenta años viendo a la gente enamorarse en su restaurante y reconoce las señales antes de que los propios interesados las reconozcan.

Cenaron pasta que Francisco insistió en pedir por los dos, ignorando las protestas de Paquita, que aseguraba tener paladar propio y criterio suficiente para elegir su propia comida.

—Confía en mí —dijo él—. Es lo único en lo que de verdad sé más que tú.

—Qué modesto.

—No he dicho que sepa más que tú en general. He dicho que en esto, específicamente, sí.

—¿Y en qué más crees que sabes menos que yo?

Francisco se lo pensó un momento, con esa seriedad exagerada que usaba cuando quería hacerla reír sin admitirlo del todo.

—En política. En periodismo. En saber qué tenedor usar en una cena de embajadores.

—¿Cómo sabes tú que yo sé qué tenedor usar en una cena de embajadores?

—Lo intuyo. Tienes esa cara de haber crecido rodeada de manteles con más cubertería de la necesaria.

Paquita se quedó callada un instante, sorprendida de lo cerca que había estado él de la verdad sin siquiera saberlo, y decidió, por primera vez desde que se conocían, no corregirlo.

—¿Y tú? —preguntó ella en cambio—. ¿Qué tenedor usas tú en las cenas de embajadores?

—Yo uso las manos, directamente. Menos protocolo, más eficiencia.

—Eso no es verdad.

—No, no lo es. Mi madre me hubiera matado.

—Se rio, y por un instante, el gesto le suavizó del todo la cara, la nariz torcida, la ceja con la cicatriz, todo—.

Pero suena mejor que decir la verdad, que es que nunca he estado en una cena de embajadores y que probablemente no sabría ni por dónde empezar.

—Yo tampoco sabía, la primera vez. Mi madre me hizo practicar durante una semana con la cubertería de la vitrina del salón, como si fuera un examen.

—¿Y aprobaste?

—Aprobé el examen de los cubiertos. Suspendí el examen de no decir lo que pienso delante de la gente equivocada. Ese lo sigo suspendiendo, de hecho.

Francisco la miró con algo parecido a la admiración, algo que Paquita no estaba del todo acostumbrada a recibir de nadie que no fuera Marina o su propio reflejo en el espejo, animándose a sí misma antes de una entrevista difícil.

—Me gusta que lo sigas suspendiendo —dijo él.

—A mi padre no le gusta tanto.

—Tu padre no te conoce lo suficiente, entonces.

Paquita no contestó enseguida. Removió la pasta en el plato, pensando en el documento guardado en tres sitios distintos, en el nombre de su padre al pie de un contrato que olía cada vez más a podrido, en la distancia enorme que empezaba a abrirse entre la hija que su padre creía conocer y la mujer que se sentaba, en ese preciso instante, en la mesa del rincón de un restaurante italiano de verdad, con un boxeador que la hacía reír sin proponérselo.

—Puede que tengas razón —dijo finalmente.

(Punto de vista: Francisco)

Al salir, ya con la calle vacía y el frío de octubre empezando a notarse de verdad, caminaron sin rumbo fijo durante un rato, sin que ninguno propusiera hacia dónde ir, simplemente alargando el momento antes de que la noche terminara de verdad.

—Esto ha sido bonito —dijo Francisco, deteniéndose en una esquina cualquiera, sin ninguna razón concreta salvo que le pareció el momento de decirlo—. Para no ser una cita.

—Para no ser una cita, ha estado bien, sí.

—¿Repetimos? Lo de no tener citas, quiero decir.

Paquita lo miró, con esa mezcla de ironía y algo mucho más suave debajo, que él ya empezaba a reconocer como su expresión favorita de todas las que le había visto hasta entonces.

—Podría repetirse, sí.

—¿Y esta vez lo llamamos cita, o seguimos con la ficción?

—Sigamos con la ficción un poco más —dijo ella, dando un paso hacia él sin terminar de decidir del todo si era buena idea—. Es más divertida.

Francisco sonrió, y por un instante que ninguno de los dos prolongó lo suficiente como para convertirlo en algo más, estuvieron lo bastante cerca como para que ambos entendieran, sin necesidad de palabras, que la ficción se les estaba empezando a quedar pequeña.

Pero no pasó nada más esa noche. Solo un «buenas noches» dicho dos veces, con una sonrisa cada uno, y la certeza compartida, silenciosa, de que aquello —fuera lo que fuera, se llamara como se llamara— acababa de dejar de ser una casualidad para convertirse en una elección.

(Fin del capítulo 8 — continúa en el Capítulo 9, según el esquema de la biblia narrativa)