La jaula Capítulo 7 — Preguntas que llegan a oídos que no deberían
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Capítulo 7 — Preguntas que llegan a oídos que no deberían

(Punto de vista: Paquita)

Se vieron a las ocho de la mañana, antes de que Francisco tuviera que empezar el reparto y antes de que Paquita tuviera que fichar en la redacción, en un banco del parque de las Vistillas desde el que se veía media ciudad todavía envuelta en la neblina fina de un octubre que empezaba a asomar.

Francisco llegó con dos cafés de máquina en vasos de plástico, porque no había tenido tiempo de nada mejor, y se los tendió sin preámbulos, directo al grano, como hacía todo.

—Alguien me abordó anoche a la salida del gimnasio.

—¿Qué clase de «alguien»?

—Un hombre. Traje caro, modales tranquilos, la clase de tranquilidad que da más miedo que un grito. —Francisco le dio un sorbo al café malo y torció el gesto, aunque no estaba claro si por el sabor o por el recuerdo—. Trabaja para alguien llamado Ranieri.

Paquita sintió que el estómago se le encogía, aunque llevaba días esperando, en el fondo, que aquella conversación acabara llegando a ese nombre.

—Continúa.

—Me dijo cosas de mi familia. Una deuda vieja, de antes de que yo naciera, de cuando mi padre todavía vivía en Nápoles. —Francisco se pasó una mano por el pelo, incómodo, como si contar la historia en voz alta la hiciera más real de lo que ya era—. Y me dijo algo de ti.

—¿De mí?

—Me dijo que le dijera a «la chica del periódico» que tuviera cuidado con las preguntas que hace. Que Madrid es una ciudad pequeña y que algunas preguntas llegan a oídos que no deberían.

El silencio que siguió fue distinto a los demás silencios que habían compartido hasta entonces —los de la cafetería, los de la acera manchada de vino—. Este era un silencio con peso, con consecuencias, el tipo de silencio que ninguno de los dos supo cómo llenar durante varios segundos.

—¿Cómo saben que estoy investigando algo? —preguntó Paquita finalmente, más para sí misma que para él—. Ni siquiera he publicado nada. Ni siquiera se lo he contado a mi editor todavía.

—No lo sé. Pero si te están vigilando lo suficiente como para saber quién eres, quizá deberías dejarlo.

—No pienso dejarlo.

—No he dicho que lo dejes. He dicho que quizá deberías.

—Es lo mismo, dicho con más rodeos.

Francisco sonrió, a su pesar, porque incluso en mitad de aquella conversación que debería haberle borrado cualquier gana de reír, Paquita conseguía hacerle sonreír sin proponérselo siquiera.

—Eres muy cabezota.

—Tú te has plantado delante de un tipo con traje caro sin saber ni siquiera si iba armado, y luego has venido a las ocho de la mañana a contármelo en vez de olvidarte del tema. No creo que estés en posición de darme lecciones de prudencia.

Tenía razón, y Francisco lo sabía, así que no dijo nada más, y durante un rato se quedaron los dos en silencio, mirando Madrid despertar debajo de ellos, compartiendo sin decirlo el peso de un nombre que ya no era solo suyo, sino de los dos.

Esa misma tarde, de vuelta en la redacción, Paquita hizo algo que llevaba semanas evitando por miedo a lo que pudiera encontrar: cruzó, en la misma tabla de Excel, el nombre de Import Ranieri S.L. con los expedientes de adjudicación pública que su padre firmaba en el Ministerio.

Tardó menos de una hora en encontrarlo.

Import Ranieri S.L. figuraba como subcontrata de una UTE —una unión temporal de empresas, tres nombres distintos, tres domicilios fiscales distintos, todos ellos unidos por el mismo despacho de abogados en la calle Velázquez— que había ganado, hacía dos años, la gestión de un puerto seco en Coslada.

Un contrato de logística de mercancías por valor de varios millones de euros.

Firmado, en última instancia, por la Secretaría de Estado de Infraestructuras y Puertos.

Firmado por su padre.

Paquita se quedó mirando la pantalla durante lo que le pareció una eternidad, con el cursor parpadeando sobre el nombre de Ignacio Serrano en el pie del documento oficial, sintiendo que algo dentro de ella se partía en dos direcciones distintas al mismo tiempo: la periodista, que reconocía en esas líneas la mejor historia de su carrera, y la hija, que solo quería cerrar el portátil y fingir que no había visto nada.

—¿Va todo bien? —preguntó Marina, notando algo en su cara que no había visto antes.

—Sí —mintió Paquita—. Solo cansada.

Guardó el documento en tres sitios distintos —el portátil del trabajo, un disco duro externo que llevaba siempre en el bolso, y una carpeta encriptada que ni ella misma recordaba cómo había aprendido a crear— y se quedó allí, sentada frente a la pantalla mucho después de que Marina se hubiera despedido, pensando en la advertencia de Francisco, en el hombre del traje caro, en la sonrisa calibrada de su padre en la cena del embajador.

Pensando, sobre todo, en que ya no había vuelta atrás.

(Punto de vista: Francisco)

Esa noche, cuando Luis cerró el gimnasio y se quedaron los dos solos recogiendo las cosas, Francisco por fin se atrevió a preguntar lo que llevaba días queriendo preguntar.

—Luis. ¿Qué pasó en Nápoles en 1998?

Su tío se quedó paralizado un segundo, con la fregona a medio camino del suelo, y por la forma en que sus hombros se hundieron un poco, Francisco entendió que la respuesta, fuera cual fuera, no iba a ser fácil de escuchar.

—¿De dónde has sacado esa fecha?

—Me la ha dado un hombre que trabaja para Ranieri. Dice que tú sabes exactamente de qué habla.

Luis dejó la fregona apoyada contra la pared, se sentó en el banco de siempre —el mismo donde se había sentado semanas atrás para contarle la versión a medias de la historia— y se quedó mirando el suelo durante un buen rato antes de hablar.

—1998 es el año en que tu padre mató a un hombre, Cesco.

Las palabras cayeron en el gimnasio vacío con un peso que ni el saco más pesado había producido nunca.

—Y es el año en que empezamos a huir.

(Fin del capítulo 7 — continúa en el Capítulo 8, según el esquema de la biblia narrativa)