Capítulo 6 — El hombre del traje equivocado
(Punto de vista: Francisco)
Lo reconoció antes de que abriera la boca, por la sencilla razón de que nadie en el barrio de Tetuán llevaba un traje como aquel para pasear un jueves cualquiera a las nueve de la noche.
Era un hombre de unos cincuenta años, bajo, ancho de espaldas, con el pelo gris cortado casi al cero y unas manos que, a pesar del traje impecable, tenían los nudillos hinchados de alguien que en algún momento de su vida también había aprendido a resolver las cosas a golpes, aunque hiciera tiempo que hubiera dejado de necesitarlo.
Estaba apoyado contra la pared de enfrente del Gimnasio Nápoles cuando Francisco salió, con las manos todavía calientes del último entrenamiento y la bolsa de deporte al hombro.
—Francisco Campi.
No era una pregunta.
—¿Y usted es?
—Un mensajero. Nada más.
Francisco se detuvo a un par de metros, calculando de forma automática —era un reflejo, después de tantos años en el ring— la distancia, el ángulo, qué mano usaría el hombre si las cosas se torcían.
El hombre no se movió. No hizo ningún gesto amenazante.
Se quedó allí, con las manos cruzadas por delante, tan tranquilo como si estuviera esperando el autobús.
—Pues dígale a quien le haya mandado que la próxima vez venga él mismo.
—El señor Ranieri no viene él mismo a ningún sitio, hijo. Para eso me tiene a mí.
El nombre, pronunciado en voz alta por primera vez delante de él, cayó sobre Francisco con un peso extraño, como si llevara semanas esperando ese momento sin saberlo.
Recordó la voz de Paquita en la cafetería, la pregunta que había hecho como quien no quiere la cosa, la mentira que él le había devuelto sin pensarlo dos veces.
—No sé quién es ese hombre.
—Claro que no lo sabes. —El desconocido sonrió, sin ninguna maldad aparente en el gesto, lo cual resultaba, de alguna manera, más inquietante que si hubiera sonreído con maldad—.
Tu tío sí lo sabe. Pregúntale a él esta noche, cuando llegues a casa.
Pregúntale qué pasó en Nápoles en 1998, y por qué tu familia lleva veinte años viviendo en Madrid gracias a la paciencia de un hombre al que no habéis pagado ni un solo euro.
—Mi familia no le debe nada a nadie.
—Tu familia le debe a Michele Ranieri más de lo que puedas imaginarte, chaval.
Y Michele Ranieri es un hombre razonable.
Paciente. Lleva veinte años siendo paciente.
—El hombre se separó de la pared, ajustándose la chaqueta del traje con un gesto casi tierno, como quien se prepara para una reunión de negocios cualquiera—.
Pero hasta la paciencia más grande tiene un fondo, y el señor Ranieri ha decidido que ya es hora de empezar a hablar de números concretos.
—¿Qué números?
—Eso se lo dirá él mismo, cuando decida que ha llegado el momento.
Por ahora, solo quiere que sepas que existe.
Que te ha visto pelear —el hombre señaló con la barbilla hacia la puerta del gimnasio, como si acabara de salir de allí, como si llevara semanas sentado entre el público de los sótanos de Manolo sin que Francisco lo hubiera notado nunca—.
Peleas bien. Es una pena que tanto talento se desperdicie pagando una deuda que ni siquiera es tuya.
—No tengo ninguna deuda.
—La tienes. Lo que pasa es que todavía no sabes cuánto pesa.
El hombre empezó a alejarse calle abajo, con las manos otra vez en los bolsillos, con la misma tranquilidad exasperante con la que había llegado, y solo se detuvo un instante, a media distancia, para lanzar por encima del hombro una última frase que Francisco tardaría días en dejar de escuchar en su cabeza cada vez que cerraba los ojos.
—Ah, y una cosa más. La chica del periódico con la que te has estado viendo.
—El hombre se giró lo suficiente para que Francisco viera, por primera vez, algo parecido a una advertencia real en sus ojos, más allá de la cordialidad fingida—.
Dile que tenga cuidado con las preguntas que hace.
Madrid es una ciudad pequeña, y algunas preguntas llegan a oídos que no deberían.
Y se marchó, dejando a Francisco parado en mitad de la acera, con la bolsa de deporte todavía al hombro y una sensación fría instalándose en el estómago que ningún gancho al hígado le había producido nunca.
Entró en casa sin hacer ruido, aunque su intención inicial había sido despertar a Luis directamente y exigirle respuestas.
Pero encontró la cocina en silencio, la luz del pasillo apagada, y a Edith dormida ya en su habitación, con la puerta entreabierta como siempre la dejaba, «por si alguno de mis hijos me necesita en mitad de la noche», decía ella, aunque sus hijos llevaran años siendo adultos.
Se sentó a la mesa de fórmica de la cocina, solo, con las manos todavía vendadas a medias, y por primera vez en mucho tiempo sintió algo que no había sentido desde niño: la certeza incómoda de que había piezas de su propia vida que se estaban moviendo sin que él las controlara, como fichas de un tablero que alguien más había empezado a jugar mucho antes de que él supiera siquiera que estaba sentado a la mesa.
Pensó en Paquita. En la advertencia sobre ella, pronunciada con esa cordialidad falsa que resultaba más amenazante que cualquier grito.
Sacó el móvil y escribió un mensaje que borró tres veces antes de decidirse a enviarlo:
¿Tienes un minuto mañana? Necesito hablar contigo de algo.
La respuesta llegó más rápido de lo que esperaba, casi como si ella también hubiera estado despierta, con el móvil en la mano, esperando una excusa cualquiera para escribirle.
Claro. ¿Va todo bien?
Francisco miró la pantalla un buen rato antes de contestar, pensando en cómo explicarle, sin explicarle del todo, que un desconocido con traje caro acababa de amenazarla sin conocerla siquiera, solo por el simple hecho de haberse cruzado con él en la puerta equivocada de una tienda de vinos.
No lo sé todavía , escribió finalmente. Por eso necesito hablar contigo.
(Fin del capítulo 6 — continúa en el Capítulo 7, según el esquema de la biblia narrativa)