Capítulo 5 — Casualidades planificadas
(Punto de vista: Francisco)
No fue casualidad.
Francisco se lo repitió a sí mismo varias veces mientras cambiaba dos veces su ruta habitual de reparto para pasar por la cafetería de Gravina donde se habían sentado tres días antes, y en las tres ocasiones se convenció de que lo hacía porque el café de allí era mejor, no porque tuviera la más mínima esperanza de encontrarse con una mujer de la que ni siquiera sabía el apellido.
Al cuarto día, la encontró.
Paquita estaba sentada en la misma mesa, con el mismo tipo de gabardina fuera de temporada —esta vez gris, no beige, como si tuviera todo un armario dedicado a pasar desapercibida sin conseguirlo del todo— y un cuaderno abierto donde escribía con una letra pequeña y apretada que parecía más un código que caligrafía normal.
—Vaya —dijo Francisco, deteniéndose junto a la mesa con la bolsa de reparto todavía al hombro—. Otra vez tú.
—Es una cafetería pública, no es propiedad de nadie.
—No he dicho que lo fuera. Solo he dicho «vaya».
—Pues tu «vaya» ha sonado con mucha intención.
Francisco se sentó frente a ella sin que nadie lo invitara, dejando la bolsa en el suelo con un gesto que decía, sin palabras, que pensaba quedarse un rato le apeteciera a ella o no.
—¿Puedo?
—Ya te has sentado.
—Es verdad. Costumbres de familia. Primero actuamos, luego pedimos permiso.
Paquita cerró el cuaderno, no sin cierta brusquedad, y Francisco tomó nota mental —él también sabía leer una escena, aunque su ring fuera otro— de que fuera lo que fuera lo que escribía, no quería que él lo viera.
—¿Sigues investigando enotecas sospechosas? —preguntó, con la sonrisa medio torcida que usaba cuando quería parecer más despreocupado de lo que estaba.
—¿Sigues repartiendo vino que luego rompes?
—Toco madera, hoy no he roto nada. Todavía.
El camarero se acercó, y por primera vez desde que se conocían, hicieron algo parecido a algo normal: pidieron dos cafés, discutieron sobre si el azúcar moreno era mejor que el blanco (Francisco, categóricamente a favor del moreno; Paquita, indiferente pero dispuesta a defender el blanco solo para llevarle la contraria), y durante casi veinte minutos, ninguno de los dos mencionó ni la Enoteca Ranieri ni ninguna de las mil preguntas que ambos se estaban haciendo por dentro sobre el otro.
—¿A qué te dedicas, aparte de repartir vino accidentalmente? —preguntó ella finalmente, removiendo el café con más atención de la que el gesto necesitaba.
—Boxeo.
—¿Profesional?
—Depende de a quién le preguntes. Para mí, sí. Para la Federación, técnicamente no siempre. —Se encogió de hombros—. Peleo donde me pagan. A veces es un club con licencia. A veces es un sótano con más humo que ventilación. El dinero vale lo mismo en los dos sitios.
Paquita lo miró con una curiosidad genuina que no intentó disimular.
—¿Y no te da miedo? Pelear así, quiero decir. Sin… red.
—Todo el mundo tiene miedo antes de subir.
El truco no es no tenerlo. El truco es que no se te note en la cara antes de que suene la campana.
—Francisco le dio un sorbo al café y añadió, con ese humor suyo que aparecía justo cuando la conversación se ponía seria—: ¿Y tú?
¿A qué te dedicas tú, aparte de fotografiar tiendas de vino con gabardinas que no pegan con la temperatura?
—Periodismo.
—¿De qué tipo?
—Del tipo que hace demasiadas preguntas y consigue muy pocas respuestas.
—Me suena. Yo hago pocas preguntas y consigo, sobre todo, golpes en la cara.
Paquita se rio —una risa corta, casi sorprendida de sí misma, como si no estuviera acostumbrada a reírse así de fácil delante de un desconocido— y por un instante, breve pero real, la tensión que ambos llevaban arrastrando desde la Enoteca se disolvió en algo mucho más simple: dos personas de mundos completamente distintos, descubriendo que se caían bien contra todo pronóstico.
(Punto de vista: Paquita)
—¿Puedo preguntarte algo? —dijo Paquita, cuando ya llevaban los cafés terminados y ninguno de los dos había hecho el más mínimo gesto de irse.
—Puedes preguntar. No prometo contestar.
—¿Conoces a alguien llamado Ranieri?
La pregunta salió antes de que pudiera pensarla del todo, con esa impulsividad que su editor solía llamar «tu mejor virtud y tu peor defecto, en ese orden según el día».
Vio cómo la cara de Francisco cambiaba, apenas un instante, lo suficiente para que ella, entrenada en detectar el momento exacto en que alguien empieza a mentir, lo captara sin ninguna duda.
—No —dijo él—. ¿Debería?
—Es el dueño de la Enoteca donde te encontré.
—Ah. No, no lo conozco. Solo hice un reparto.
Mentía. Paquita estaba segura, tan segura como de que el sol saldría al día siguiente por Madrid, de que Francisco Campi acababa de mentirle a la cara con una tranquilidad que solo se consigue con mucha práctica o con mucho miedo.
Y sin embargo —esto fue lo que más la sorprendió de sí misma esa tarde, mientras caminaba de vuelta a la redacción con el cuaderno apretado contra el pecho— no sintió el impulso de presionar, de investigarlo, de tratarlo como una fuente más a la que había que sacarle información con paciencia profesional.
Sintió, en cambio, curiosidad de la otra clase. La clase que no tiene nada que ver con el trabajo.
—Nos vemos —dijo Francisco al despedirse, con las manos en los bolsillos y esa sonrisa medio torcida otra vez en la cara.
—Puede.
—¿Puede como «sí» o puede como «no»?
—Puede como «puede».
Se separaron por segunda vez sin girarse, y por segunda vez, ambos se giraron en cuanto pensaron que el otro ya no podía verlo.
(Punto de vista: Francisco)
Esa noche, en el gimnasio, mientras se vendaba las manos para el último entrenamiento de la semana, Luis lo observó con esa mirada suya que llevaba treinta años detectando cuándo su sobrino tenía la cabeza en otro sitio que no era el ring.
—¿Qué te pasa hoy?
—Nada.
—Cesco. Tienes la misma cara que ponías de crío cuando te gustaba una chica y no querías que nadie lo supiera.
—No tengo esa cara.
—Tienes exactamente esa cara.
Francisco no contestó, pero mientras golpeaba el saco esa noche, con más ritmo y menos rabia que la vez anterior, no pudo evitar pensar que Luis, como casi siempre, tenía razón.
Lo que no le dijo a su tío —lo que ni siquiera se atrevía a decirse del todo a sí mismo— era que la mujer que le había robado la concentración durante un entrenamiento entero también había pronunciado, en voz alta y sin rodeos, el mismo nombre que llevaba dos semanas apareciendo en llamadas anónimas al gimnasio.
Ranieri.
El mundo, decidió Francisco esa noche, tenía muy mal sentido del humor.
(Fin del capítulo 5 — continúa en el Capítulo 6, según el esquema de la biblia narrativa)